La lectura primero y la escritura, después, le dieron aire a la dura vida de Walter Lezcano. En esta charla, y también en Marrón cabeza, su nuevo libro, refiere sus pasiones y piensa cómo es crecer en un país que discrimina por el color de piel.

Por Alejandro Duchini
Marrón cabeza (Planeta) se titula el nuevo libro de Walter Lezcano, poeta y escritor nacido en Goya, Corrientes, en 1979. El título viene a colación de un tema recurrente en nuestro país: el racismo. En este caso, en primera persona. Lezcano cuenta cómo padeció socialmente el color de su piel.
Hay una anécdota en Marrón cabeza que impacta: pleno centro de Buenos Aires, Lezcano cruza la 9 de julio y un taxista que se ve obligado a cederle el paso le grita que es un negro de mierda. Esa expresión, ese ataque, cuenta el autor, lo sufrió desde siempre. Así como recuerda su infancia y la violencia con la que creció, también ensaya sobre cómo es convivir en una sociedad racista. Su madre es el personaje permanente del libro. Quien intentó protegerlo de esas parejas que descargaban frustraciones en él. Cuando eso se volvía insoportable, cambiaban de casa y de vida y volvían a empezar. Fueron los libros, al principio prestados, los que lo salvaron del infierno.
¿Cuándo empezaste a escribir Marrón cabeza?
-Hacía muchos años, te diría casi diez años, que venía pensando cómo escribir sobre mi familia. Tengo una familia de tres hermanos de diferente padre. A mí me crió mi vieja, yo no conozco a mi papá. Ella también tiene una relación muy difícil, distante con su padre y su mamá, mis abuelos: tampoco los conozco. La mía es un tipo de familia para mi gusto demasiado particular y siempre buscaba la forma de contarla. Había probado poemas, había probado cuentos, había esbozado alguna suerte de novela, también algo en relación a la crónica. Charlando con Ana Ojeda, la editora de Marrón Cabeza a quien admiro como escritora y como editora, surgió la posibilidad de escribir este libro. Yo no sabía que iba a tener esta forma que tuvo finalmente, esta especie de ensayo autobiográfico que también está, digamos, puntuado por las entrevistas a mi vieja.
-¿Qué te llevó a escribir Marrón cabeza?
-Eso lo fui descubriendo sobre la marcha, mientras lo escribía. Eso hizo que cuando lo terminé me dí cuenta de que había podido hacer un libro que era bastante deforme, como que no tenía una forma clara, no tenía un único género, y eso me gustó mucho. Entonces, en términos, digamos, de sensibilidad con el libro, lo vengo escribiendo de distintas maneras desde, no sé, una década. Pero la versión final fue escrita a lo largo de todo el 2025, cuando no paré ni un segundo. Desde la primera versión hasta la última fue un trabajo intenso de escritura y de pensar bien el montaje, la arquitectura interna del libro. Si bien el material es mi propia vida, yo quería que el libro tuviese una forma particular, que se volviese una maquinaria estética. Esa era mi ilusión.
-Sobre el final de Marrón cabeza hacés una denuncia en primera persona contra el racismo. ¿Te salió sola o la venías pensando ya como cierre?
-Una de las cosas que no quería a lo largo del tiempo que vengo escribiendo y teniendo la suerte de sacar algunos libros era fagocitar de entrada mi historia familiar. Porque empezar publicando algo autobiográfico, que a veces es la única historia que tenemos, la propia, lo veía como una especie de condena. Sentía que necesitaba curtirme mucho en la escritura y tratar de explorar todo lo que pudiese. Por eso la poesía, los cuentos, las novelas, los ensayos de música, las notas. Después de casi una década y media de tener la suerte de sacar algunos libros, me pareció que era un buen momento de mirar atrás sin rencor y tratar de explorar eso. Cuando digo eso me refiero a la relación con mi mamá, porque hay mil cosas que ella no me había contado, pensar en mi linaje, pensar en algo que ya también está en otros libros y que me interesa mucho, que es la relación con mi generación, con mi clase social. Combatir esta cuestión que a mí me interesa explorar desde la literatura, desde la militancia y también desde la confrontación, que es el racismo en Argentina. Había como muchos ríos de sentido traccionándome para escribir un libro.
-Y ahora lo hiciste con toda la fuerza posible…
-Sí, lo del racismo lo vengo laburando hace tiempo en forma literaria. También hay una confrontación en redes sociales que yo hago: las utilizo a veces para picantearla, para tirar bombas de confrontación sobre el tema, pero es algo que vengo laburando de distintas maneras: personajes marrones en mis historias, esa cuestión en relación a la clase social. Además es un tema que de forma autodidacta vengo estudiando. Desde la fundación de Argentina como país, la independencia, la mal llamada conquista del desierto. El racismo que venía dando vueltas en mi cabeza y en mi cuerpo hace bastante tiempo. Desde la escritura, desde el pensamiento, desde el estudio. Que exista una agrupación como Identidad Marrón, con la cual hicimos algunas cosas juntos, fue también un gran momento en mi vida. Pensar al racismo desde ese lugar. El tema está presente en Marrón Cabeza. Es un problema negado en la Argentina.
-¿Qué opinión tenés de las acusaciones internacionales sobre que Argentina es racista?
-En el Mundial hubo una campaña anti-Argentina que la venía percibiendo en redes sociales. Obviamente, como argentino me molesta, pero también por otra parte sé todas las cosas que sufrí, padecí, estudié, pensé y recibí en Argentina por ser marrón, por mi color de piel. Me lo hicieron sentir, me lo dijeron de muchas maneras y lo vi en muchos lugares. Tuve la suerte, gracias a la literatura, de viajar por todo el país y he visto mucho de eso. Tiene que ver con eso de que el elefante sigue en la habitación. El racismo sigue siendo ese problema que Argentina se niega a aceptar, a ver, a mirar para trabajarlo, combatirlo y solucionarlo.
-En Marrón cabeza no aparece tu papá ¿Pudiste averiguar algo sobre él?
-Sí, pude saber varias cosas de mi viejo. Hace unos años me invitaron a la Feria de libros de Goya, en la provincia de Corrientes, y ahí está toda la familia de mi viejo. Conocí a mi tía, a mi tío, a mis primos, y me fui enterando de cosas de ese costado familiar que no me había llegado por haberme criado con mi vieja. Ahí aparece un punto de fuga que en algún momento voy a tener que enfrentar para poder resolver muchas cuestiones.
-¿Cómo te sentiste al terminar este libro?
-El año pasado fue un momento económico muy duro, para mí y para todos. Fue muy complejo llegar a fin de mes, con el alquiler y todo lo que implica ser un adulto en Argentina en este momento histórico. Este momento del capitalismo asesino que estamos viviendo. Entonces, hacer el tiempo para escribir Marrón cabeza fue sacarle tiempo a otras cosas y también tomar esa decisión de jugártela por tu texto y poner toda la carne al asador. Fueron momentos también de abismo, de desolación, porque me estaba enterando de un montón de cosas de mi viejo, un montón de cosas de mi historia, un montón de cosas que mi mamá nunca me había contado. Entonces era todo muy traumático, muy fuerte a nivel emocional, psíquico, espiritual. Así que haberlo terminado, porque a veces sentía que era demasiada información que no podía procesar de la mejor manera, fue de algún modo como mi regreso a casa. Y sentí también felicidad, porque uno no sabe si el libro que tiene entre manos lo va a terminar o va a ser otro más de esos proyectos abandonados en cajones que no se abren más. Terminarlo significó una entrega total.
-¿Por qué sentís que la lectura y la escritura te salvaron?
-La lectura, primero, y después la escritura, me dieron una vida. Vinieron a darme algo propio, algo personal, que es la aventura de toda una vida. Yo sabía que en todo lo que estaba viviendo, por más terrible, doloroso, precario que fuera, estaban la lectura y la escritura. En ese sentido tenía siempre puesto mi norte en ese lugar, el lugar al cual va a parar todo lo que vivís, lo que pensás, lo que soñás, lo que imaginás, tus decepciones, tus dolores máximos y hasta algunos extremos, dolores terribles. Para mí funciona como la mayor exploración y el destino, el destino que yo elegí para mí está alrededor de eso, alrededor de leer y escribir.
-¿Solés imaginar qué hubiese sido de tu vida sin los libros?
-Ya no, pero antes sí hacía ese ejercicio. Crecí con vidas muy extremas y no tengo ninguna duda de que mi vida sin los libros ni la escritura hubiese ido por el lado de las drogas, el rock and roll y la muerte violenta joven. Creo que ese era mi destino si no me hubiese cruzado con los libros y la escritura, porque realmente tuve muchas amistades que terminaron así.
-¿Cuántos libros leés en promedio?
-Soy docente de Literatura y además hago periodismo cultural y también escribo. Gracias a eso tengo la suerte de que muchos amigos que van sacando sus libros me los regalan o me los pasan, así que realmente estoy leyendo todo el tiempo que puedo. Es el laboratorio mental más hermoso que encontré y por suerte lo puedo llevar adelante. No tengo un promedio numérico, pero te puedo decir que leo muchísimas horas por día y dialogo mucho sobre los libros en mis trabajos. Desde que tengo 8 o 9 años estoy con entre dos y tres libros en la mochila. Siempre me hago un tiempo para leer.
-¿Qué leés?
-Géneros distintos a la vez. Un ensayo histórico, un libro de cuentos y un poemario. En la pandemia no podía leer otra cosa que no fuera poesía. Últimamente vengo leyendo ensayos históricos sobre Marx, sobre Rusia, sobre política internacional. También leo de algunas pequeñas bibliotecas que me armo: ahora terminé un libro de poesía sobre Mark Fisher, entonces me armé mi bibliotequita Mark Fisher y eso también me ayuda a organizarme. Tengo la biblioteca de títulos y autores que me ayudan a escribir mis libros. Acabo de terminar un libro sobre la obra cinematográfica de Wes Anderson para una editorial chilena y el libro se llama Superficie sensible: para hacerlo, junté seis o siete libros de ensayos sobre cine, sobre directores que me acompañaron para pensar ese lenguaje. Leo todos los géneros posibles. Algo que me pasa desde chico es que si me obsesiono con alguien leo todo, absolutamente todo, de ese autor o de esa autora.
-¿Cómo te organizás para escribir?
-El único horario fijo que tengo es el de dar clases en secundaria a la tarde, así que para lo demás me organizo de forma muy caótica entre esto que te decía antes, la lectura y la escritura. Porque además están las notas que escribo para distintos medios, que a veces surgen de un día para el otro y tenés que dejar de lado cosas que venías haciendo para hacerlas. Hay que acomodarse a lo que sale, porque a fin de mes tengo que pagar el alquiler.



