Lejos de cualquier camino hay una casa.
Blanca, de techos verdes, respira bajo los árboles
que la protegen como si fuese un secreto.
Las aves la observan en silencio,
esperan que algo despierte.
Un viejo de tiza vaga por sus galerías.
Al caminar, deja un leve polvillo
que el viento recoge para dibujar otras sombras.
En sus ojos caminan roedores diminutos,
y un silbido, nadie sabe de dónde,
lo arranca cada madrugada de un sueño sin forma.
Habla con los sapos, que le responden en susurros;
las ranas intentan dormirlo con un canto lento,
pero él se niega a esas voces
que parecen venir de un tiempo antes del suyo.
A veces duerme en la puerta,
como si aguardara a un viajero que jamás pasa.
Los hombres que andan el camino
no ven la casa:
solo sienten un temblor leve en el aire.
Él sabe que allí, en esa quietud, hay un mundo;
pero ese mundo no sabe que él permanece.
Su única compañera es una danza
vieja como sus uñas,
una melodía que tararea para sostener
las horas que se dilatan hasta desvanecerse.
En la llanura, el ocaso cae con pesadez,
y no hay tiempo para olvidar
cuando la luz se vuelve un animal cansado.
Lejos de cualquier camino hay una casa,
o tal vez solo la memoria de una casa.
Está habitada por un hombre de tiza
que busca un día exacto en el universo,
un día que lo nombre,
para partir al lugar donde, por fin,
el ocaso pueda ser soportado.
¿Qué sería de Bragado sin los tilos?
Bragado se amodorra; la llanura reverbera
como un metal al sol: sin prometer abrigo.
El silencio toma las calles.
El sol despedaza los sueños.
En la plaza, los tilos resisten:
soldados en la trinchera,
se abrazan, crujen, tensan la corteza,
clavan sombra como una bandera.
Es la hora de morir. grita uno.
Y me lo dice.
Pero ellos
saben del pulso lento de la tierra,
del tiempo que se parte en estaciones
y vuelve.
Llegaron en algún barco alemán.
Una mano bondadosa los arrancó del descarte.
Su destino era otra ciudad, de signos y escuadras,
pero se perdieron
entre rieles y rastrilladas.
Y aquí quedaron:
héroes mansos en tierra indómita.
El sol es cruel, y a veces piadoso,
pero en verano la pampa grita fuego.
No estaba en su derrotero
perecer en este rincón del mundo.
Y sin embargo, cada enero,
se quedan.
Son el remanso de los amores,
el rumor del aire,
el canto de los pájaros
cuando todo lo demás arde.
¿Qué sería de Bragado sin los tilos?
Un páramo sitiado
por bañados salitrosos.
Cuando la tarde zarpa hacia el horizonte,
un murmullo puebla las veredas.
Los tilos, de pie,
se reconcilian con la tierra que habitan:
persisten.