Opinión: Por qué y cómo editar

El oficio de escribir no suele tener sentido si nuestra producción no es leída y apreciada por otros. Esto no es una cuestión de vanidad, sino que hace a la esencia de la ficción. Nuestra capacidad de crear ficciones –crear y creérnosla– es, según el historiador Yuval Noah Harar, en su famoso libro “De animales a Dioses”, lo que nos ha llevado a ser lo que somos, ya que bajo el paraguas de esa ficción compartida actuamos como sociedad. Paralelamente a esta condición exclusiva, los humanos descubrimos que podíamos ejercitar ese poder para nuestro placer. Así surgieron primero las historias orales y luego la literatura en un proceso que tiene casi tanto como el ser humano en la tierra. Descubrimos que podíamos entrar y salir de la ficción, que podíamos suspender nuestra incredulidad, nuestro sentido de la realidad –poniéndola en debate, en todo caso– y disfrutar de una historia, para salir de ella y volver a nuestro sistema de creencias a las cuales les damos la denominación de realidad. 

Las dos modalidades de creencias, la que consideramos realidad y la que producimos sin esa pretensión, están siempre dirigidas a los otros; siempre los otros están presentes en nuestra ficción, se escribe pensando en un lector. Cada escritor pone lo mejor de sus conocimientos del “oficio,” se esmera en usar técnicas de escritura conocidas y recursos propios para hacer más interesante la obra a ese otro, tal vez imaginario. No sería así, si solo se tratara de por ejemplo un diario personal, que no estuviese destinado a ser leído.

Hasta finales del siglo pasado la mejor forma trascender era la publicación escrita. Publicar un libro significaba la posibilidad de ser leído a una escala mucho mayor que la de los simples borradores, y de superar la limitación temporal, habilitando a que generaciones futuras pudiesen acceder a la obra. El libro impreso adquirió de este modo un fuerte valor simbólico y de conservación. 

A partir de la creación de la prensa de imprenta moderna con tipos móviles, de Johannes Gutemberg, los libros evolucionaron; se multiplicó la producción y amplió el universo de lectores. Fue Aldo Manuzio, a fines del siglo XV, quien desarrolló el libro tal como lo conocemos en la actualidad. A él le debemos el formato portable, el prefacio, la puntuación y muchas cosas más. El objeto icónico que tanto valoramos y difundimos. 

Con la irrupción del sentido comercial del libro se crearon diversos sistemas de resguardo del contenido y del derecho de autor. En Argentina uno de los principales instrumentos de preservación es el ISBN, acrónimo de “International Standard Book Number”. Tener un libro editado, con su correspondiente ISBN termina funcionando como un certificado de pertenencia al círculo del oficio, es por eso, que el único requisito que se exige para integrar el Registro de Escritores, es precisamente ese. 

A finales del siglo XX. Surgieron otros formatos y medios de publicación: blogs, ebooks, redes sociales. Sin embargo, la trascendencia simbólica de una edición en papel sigue siendo la de mayor reconocimiento y valor.

Estamos de acuerdo en las razones que tiene cualquier escritor para desear ver su obra publicada, más allá de la comprensible satisfacción que otorga saber que otros disfrutan de su obra, pero también somos conscientes que hay muchísimos escritores y que son muy pocos los que tendrán la oportunidad de ser editados por alguna editorial comercial, Queda sin duda la posibilidad de obtener el reconocimiento de la obra en alguno de los concursos en que pueda participar, pero aquí también las posibilidades son muy reducidas. De modo que la obra de un escritor puede permanecer eternamente inédita, e inclusive perder en algunos casos su temporalidad. 

Ante tanta dificultad, resulta plenamente razonable, que un escritor tenga el derecho de editar su obra, ya sea por su cuenta o a través de pequeñas editoriales que brindan ese servicio. Dicho así, parece que todo se reduce a cumplir una formalidad, que cualquier autor, puede escribir cualquier cosa, editarla, registrarla y automáticamente convertirse en un escritor. Plantear las cosas de este modo resulta poco menos que una exageración en el uso de la lógica y un seguro desconocimiento de la naturaleza del oficio.

Quienes dedican un tiempo a la escritura, tiene una vivencia especial, muy distinta de la que se percibe en el tiempo dedicado a otras tareas. Esta vivencia no tiene origen en su condición psíquica o física, sino más bien es consecuencia de la naturaleza de la tarea autoimpuesta. 

Hay otras actividades que también generan este tipo de vivencias y qué en ese sentido, tienen algo en común con la escritura; la pintura, la música, el deporte amateur o los hobbies, desatan un proceso similar en el cerebro. La neurociencia puede explicar los mecanismos internos que generan ese estado de bienestar y sensación de libertad al realizar determinadas actividades que, como cualquier otra, demandan de atención, esfuerzo y hasta cierto padecimiento. Lo que está más allá de esta explicación es la causa, de que ello suceda.

Quizás, para explicar esta causa, debamos buscar en algunas viejas ideas. Los griegos, 400 años antes de nuestra era, ya tenían una clasificación interesante de las actividades humanas; las dividían en dos El oikos y la polis La primera correspondía a todo aquello que hacía a la supervivencia del individuo, trabajar, alimentarse, reproducirse, criar los hijos, vestirse, etc.  Por otro lado, estaba la polis que solo tenía que ver con lo público, con lo no “práctico”, de eso público, actividad que se llevaba a cabo en el agoras. Solo en ese espacio podían responderse las preguntas esenciales, como “quien soy”, o sobre “la naturaleza de las cosas”. Esta es la clave: la libertad de pensar, se da entre “hombres libres” solo cuando se han emancipado de los menesteres básicos. (Los griegos no habían todavía incorporado a las mujeres a ese nivel).

Marx, en el siglo diecinueve, hablaba del estado de necesidad y del reino de la libertad, el segundo era aquel al que se accedería cuando todas las necesidades básicas estuvieran resueltas, cuando trabajar fuera una decisión personal. Estado al que se arribaría en algún momento mediante el desarrollo de los medios de producción y la igualdad social que sería consecuencia de una revolución. Los griegos habían resuelto este problema mediante la esclavitud, y la subordinación de la inmensa mayoría de habitantes que quedaba excluida del agoras; ni esclavos, ni, como ya se dijo, mujeres y tampoco extranjeros. 

Escribir y filosofar es un espacio ganado a la realidad, donde usando los mismos recursos del cerebro que nos han sido tan útiles para la vida, disfrutamos básicamente de la libertad. 

Pero hay además una diferencia importante con otras actividades que se realizan en ese espacio ganado a la necesidad, la literatura “ficciona”, transgrede los límites de la ficción “oficial” aun cuando la pueda reconfirmar;.- se permite manipularla, desacralizarla, cosa que no sucede con el deporte amateur y si con la pintura.  Esto le otorga un segundo y superior sentido de libertad, lo que sin duda explica su opuesto, la censura, se aplique o no.

Ningún escritor se dedica al oficio por simple simulación salvo casos que pueden lindar con lo patológico, lo hacen porque sienten el imperioso deseo y el vértigo de escribir. Si alguno está dotado de mayor o mejor imaginación, si posee mejor técnica narrativa, es secundario, toda obra será escrita con pasión. 

Curiosamente, y sin negar que existan vasos comunicantes entre la realidad y la literatura, se suele asimilar el éxito literario al éxito comercial. Si la edición la lleva a cabo una editorial reconocida, que mediante un hábil trabajo de mercadeo la impone, se consagra al escritor, sin pensar que su éxito está determinado, en gran parte, por circunstancias ajenas a la naturaleza de la literatura. Esto no les quita valor literario a dichas obras, simplemente, se les ha sumado un efecto.

Buscar exclusivamente editar bajo estas dos condiciones, de valor literario y suplemento comercial, como ya se dijo, puede resultar un imposible, por lo que, es más que razonable editar bajo la primigenia condición con que un libro fue escrito; la razón literaria.

Es por estas consideraciones que a continuación hemos desarrollado una pequeña guía, no exhaustiva de los pasos a seguir para todos aquellos que deseen autopublicarse.

La publicación de un libro encierra muchos saberes que no se pueden adquirir de un momento a otro, ni se justifica el tiempo y el esfuerzo que ello demandaría, es conveniente depositar la confianza en uno o varios profesionales que se ocupen de seguir estos pasos. En nuestra Página de Servicios Societarios podrá encontrar todo tipo de ayuda para lograr su objetivo.

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