El poema más conocido de John Donne −sabemos− es su Meditación XVII, aquel que comienza:

Ningún hombre es una isla,
entero en sí mismo;
cada hombre es un pedazo del continente,
una parte de la tierra firme.

Y termina:

la muerte de cualquier hombre me disminuye,
porque estoy involucrado en la humanidad,
y por lo tanto nunca preguntes por quién doblan las campanas;
doblan por ti.

John Donne fue el poeta metafísico inglés por excelencia en las épocas de Isabel I, Jacobo I y Carlos I. Había nacido en Londres en 1572, y allí murió, en 1631. Sus poemas fueron y vinieron en manuscritos entre los más cercanos, pero se publicaron en libro recién dos años después de su muerte, gracias a una edición preparada por su hijo homónimo.

Se habrán dado cuenta: de aquellos últimos versos extrajo Ernest Hemingway el título para una de sus novelas más conocidas. Por quién doblan las campanas, publicada en 1940, es una pintura de la Guerra Civil Española, donde Papá Hem había participado como corresponsal. El personaje, Robert Jordan, un profesor proveniente de EE.UU., trabaja como experto en explosivos para los republicanos, por lo que le encargan que vuele un puente −recuerden por favor esa palabra−. Como en el poema de Donne, la multiplicidad del ser, su individualidad y su don colectivo, un hombre único constituido por todos los hombres. La humanidad. La muerte de cualquier sujeto debería ser motivo de pesar para cualquiera de nosotros, porque ese todo ha perdido una parte de sí. En fin: porque ningún hombre es una isla.

(Es cierto que quizás no tenga nada que ver, pero cuando leo o escucho John Donne −quizás por fonética, quizás por afasia−, recuerdo la película Seven: pecados capitales. Allí, el personaje encarnado por Kevin Spacey, el asesino, se hace llamar John Doe, denominación que se utiliza en “el vientre del monstruo”, al decir de José Martí, para referirse a las personas no identificadas. Nadie y todos a la vez. Es probable que todos podamos ser John Donne y John Doe y nosotros mismos y otro al que desconocemos y nadie al mismo tiempo. Quién sabe.)

La idea está, también, en una hermosa canción de Estelares que se llama, justamente, “Islas”: “Yo sé que estás cansada, que no logras entender / Que vives cavilando si quedarte o correr / Que solo tengo prisa, incendio a la mar / Que rompo las canciones, que escribo sin cesar / Yo sé que hay algo cierto en cada temporal / Que suenan mil campanas, que al fin se afinarán Que somos como niños correteando en el jardín / Que nos asusta un poco el precio de vivir / El día que dijimos que para qué pelear / La vida es tan esquiva si no logras amar / La habitación es doble en el Raddison Hotel / Se alcanza a ver el puerto desde el piso 16 / Tenés en tu regazo las flores que compré / A una jovencita que se rio al ver / Que somos como niños correteando en el jardín / Que nos asusta un poco el precio de vivir / Como islas / No seamos islas / Armemos un puente / Juguemos mi amor / Hagamos una fiesta, invitémoslo a Dios / Islas / No seamos islas / Tendamos un puente, bailemos, mi amor / Hagamos una fiesta en la casa del sol”.

Ahí está, esa palabra, como en Hemingway: puente. Y ahí está esa palabra, como en Donne: campana. 

“La muerte de cualquier hombre me disminuye, / porque estoy involucrado en la humanidad”, dice Donne. En “Los que abandonan Omelas”, de Ursula Le Guin, basta el sufrimiento de un solo sujeto para justificar la felicidad del resto de la comunidad. Daniel Moyano cierra su cuento “La lombriz” diciendo que “nada podía valer un cielo para unos pocos elegidos, porque sería un lugar lleno de remordimientos. Cómo gozar del cielo cuando había un infierno. Y bastaba el dolor de un solo hombre para impedir la alegría”. Borges dijo en sus diálogos con Osvaldo Ferrari que “basta con que un solo hombre muera para que las cosas sean terribles”. 

Cómo medir el dolor del mundo, entonces, al menos desde la palabra, cuando un –un– hombre sufre o muere. Lo dijo San Francisco de Asís: cada criatura en desgracia tiene el mismo derecho a ser protegida.

*Imagen generada por Inteligencia Artificial

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