Jacobo Bergareche: “Todos nos hemos reído en los velorios”

El escritor español Jacobo Bergareche destaca la importancia de salirse, aunque sea en unas líneas, de “ese sentimiento bastante tóxico” que es la nostalgia: “La cortesía del que va a hacer un drama es ofrecer un poquito de humor para que te lo tragues con un poquito menos de dolor”.

Una pareja en crisis, el paso del tiempo, las rutinas y el aburrimiento son la base de Los días perfectos (Libros del asteroide), la novela del escritor español (nacido en Londres en 1976) Jacobo Bergareche que durante este verano tuvo una adaptación teatral de primer nivel. Se la pudo ver a sala llena en todas sus funciones en el Teatro Cervantes, en Buenos Aires. Monólogo de perfección a cargo del actor argentino Leonardo Sbaraglia. Adaptación y dirección de Daniel Veronese: “Lo que hizo fue brillante”, sintetiza el escritor desde Madrid en diálogo con Azimut.

Bergareche publicó el año pasado el ensayo Amistad junto al neurocientífico argentino Mariano Sigman. Y acaba de entregar un libro de no ficción “muy diferente a los anteriores” en base a una historia real: “Es de viajes, de migración, de duelo, es la historia real de un chico de 12 años que conocí de Guinea-Conakry que tardó cuatro años en llegar a España, cruzó el desierto solo, se murieron unos amigos suyos por el camino. Es una historia homérica, de esas que uno ha leído en La odisea y que pensábamos que ya no le pasaban a la gente, pero le siguen pasando. Y me fui con este chaval de vuelta a su casa, a la aldea donde salió en Guinea, y fuimos reconstruyendo partes del viaje juntos”, anticipa lo que se presume será un gran relato.

Pero cuando habla de ese libro estamos con las sensaciones aún frescas del teatro. El 1 de febrero fue la última función en Buenos Aires. Desde el 9 de enero, Los días perfectos se presentó con localidades agotadas de miércoles a domingo. Bergareche presenció algunas de esas funciones que terminan, inequívocamente, a puro aplauso hacia Sbaraglia. Quien después de poco más de una hora se despide con una canción hermosa: Himno de mi corazón, con la voz de Miguel Abuelo rondando entre los interrogantes que deja la historia.

El autor le dice a este portal que dio total libertad a Veronese para que adapte su Los días perfectos. El monólogo “tenía que ser circular, que no se vaya por las ramas”, indica. Es por eso que, a diferencia del libro, en el escenario no se mencionó a la amante del protagonista. “Veronese ha sacado muy inteligentemente un material que le permite hacer una cosa que pueda ser defendida en escena, porque a veces no toda la obra es aprovechable en formato teatral”, reconoce Bergareche. “Y fue un gran acierto: el teatro se llenó todos los días”, sonríe.

Cuenta que se emocionó al ver su historia interpretada por Sbaraglia. A la vez, señala la contrapartida que se produce por el hecho básico de que “la novela es una cosa que se escribe en soledad y que el lector disfruta en soledad. Es como la unión de dos soledades que no terminan nunca de verse, y sin embargo el teatro tiene presencialidad, y de hecho el teatro sobrevivirá al cine en el sentido de que es un espectáculo plenamente presencial, grupal, que busca una cierta catarsis y un sincronizar a todo el mundo en un mismo sentimiento”.

El relato melancólico de Los días perfectos no refleja una supuesta melancolía en el autor: “Todo lo contrario: creo que el arte es triste y la vida alegre, y yo lo vivo así”, dice Bergareche. La fórmula de su trabajo es ser alegre pero a veces dejarse someter por la tristeza o la nostalgia. “A veces hay que someter el alma a la melancolía, uno o dos minutos, y salir de ahí rápido y reforzado”.

Aunque en Los días perfectos hay por momentos desesperanza y hasta escenas nostálgicas, Bergareche descree de la nostalgia (“sentimiento bastante tóxico”) y, por el contrario, cree que siempre se pueden sacar luces del pasado e iluminar así el futuro: “La nostalgia es una manera muy negativa de mirar al pasado, porque ese pasado parece negar cualquier posibilidad de que el presente o el futuro ofrezcan algo mejor”.

Una de sus maneras de despojarse de esas sensaciones es la escritura: siente que escribir es una forma de alejar los temores a las pérdidas. “Y si no aleja, al menos hay un cierto consuelo en la escritura”. Cuando escribe, Bergarche apunta a atrapar “la memoria de las cosas, o al menos intentarlo”. Sin embargo, destaca que al fin de cuentas no sabe en realidad por qué o para qué escribe. Escribe, y punto.

Para escribir Los días perfectos, hizo un trabajo descomunal. Primero, revisó en el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, las cartas de amor originales que el escritor William Faulkner le envió a su amante Meta Carpenter durante casi 30 años. Luego, cerca de un año le llevó conseguir la aprobación de los herederos de Faulkner para trabajar sobre ellas. Y recién después la escritura. “Habría que establecer dónde está el comienzo de una obra. Las novelas no suelen surgir por generación espontánea. Las novelas tardan mucho cociéndose en zonas a lo mejor menos conscientes de la mente, y un buen día uno encuentra un hilillo, empieza a tirar y vamos…”. 

En medio de la historia agridulce, Bergareche introdujo algunas dosis de humor. “Creo que la cortesía del que va a hacer un drama es ofrecer un poquito de humor para que te lo tragues con un poquito menos de dolor”, se justifica. Si en el teatro los espectadores ríen, a los lectores nos pasa lo mismo al leer Los días perfectos: “Qué razonable sería sustituir en las bodas la palabra muerte por la palabra tedio, ¿no crees? El mundo sería un sitio más alegre y sobre todo, más comprensible y comprensivo. Observa cómo cambiaría la cosa, imagínatelo dicho frente a un altar: prometo serte fiel y respetarte, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que el tedio nos separe”.

“Pues al menos te ríes un poco por el camino, eso a mí me gusta, porque nunca las cosas vienen con la tristeza absoluta, y además, en el fondo de la tragedia pues las cosas pierden tanto sentido que uno hasta se ríe, todos nos hemos reído en los funerales”, dice al recordar ese momento del libro.

El escritor español Pedro Salinas es uno de sus preferidos, pero sí o sí en su lista de autores están Shakespeare (“lo he leído de arriba abajo”), Cervantes, Quevedo, Montaigne y Salinger. Pero también “los gigantes”, que para él son los griegos: “Platón, Aristóteles, Sófocles, Eurípides, Homero… todos llevamos dando vueltas a lo mismo desde hace 3.000 años. El amor, la muerte, el regreso, la paternidad, la venganza, el perdón, no nos hemos inventado nada nuevo”.

Responde que se trata de “una auténtica indiscreción” la pregunta acerca de si vive en pareja, pero igual responde: “Llevo 30 años casado, o sea, no hay que confundir al autor de un libro con el protagonista de un libro, pero bueno, que sí, estoy felizmente casado”. Tiene tres hijas que, supone, dejarán la casa para “irse a estudiar a la universidad”. Y no le gusta exponer a nadie de su círculo íntimo. De hecho, es activo en redes sociales sólo para cuestiones laborales. Cada tanto, sin embargo, se toma un respiro y las suspende: “Las apago en los meses de verano, de junio a septiembre, y luego también desde Navidad hasta el Día de Reyes. Lo hago por salud, es un ayuno digital”. Después regresa a ellas: “Porque también me ocurren muchas cosas buenas a través de las redes, como por ejemplo la obra de teatro, cuya propuesta de adaptación me llegó a través de un mensaje directo de Julieta Novarro (productora de Los días perfectos)”.

Si no leyeron el libro, se recomienda su lectura. Les tiro un anzuelo para incentivarlos; es de una de las últimas líneas de Los días perfectos: “No te estoy diciendo que tenemos que separarnos, que he conocido a otra, que ya no aguanto más contigo. Me pregunto si te habré hecho reír y si te habré hecho llorar, si te habré tocado la fibra. Habré fracasado si no lo he conseguido…”.

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