El hombre que leía sin pararse

Me encantaría saber qué estaría pensado en este momento –no importa sobre qué: qué estaría pensando, sencillamente, si estuviera vivo– Roberto Bazlen, alias Bobi, el hombre al que las lecturas nunca se le terminaban. Bobi. Epítome del autor sin obra, uno de esos trajes que nos hubiera encantado ponernos a los que alguna vez quisimos ser autores de algo. Bobi. El que se ocupaba de no escribir. El que pensaba que era hermoso hacerlo, aunque no lo hiciera. El que, vaya a saber por qué, fue un Bartleby más. Porque lo que quería Bobi Bazlen era leer. ¿Se dan cuenta de eso, del poder de la lectura por sobre el de la escritura? ¿No quisimos siempre eso, y no otra cosa, desde Alonso Quijano para acá?

Culto, curioso, apasionado y al mismo tiempo perezoso, filoso en sus definiciones, contundente en sus informes, crítico aleccionador, cada texto producido por Bazlen parecía llevar “al grado cero del fragmento: la frase, que termina por adquirir relieve individual”. 

Después de leerse todos los libros de su casa se convirtió en “el niño mimado de todas las buenas bibliotecas particulares en Trieste” –donde había nacido en 1902– según escribió alguna vez Juan Forn. Como un preludio de Onetti, pasaba horas enteras en la cama: leía, fumaba, recibía gente, escribía cartas a amigos o a editoriales de media Italia que le solicitaban asesoramiento para sus futuras traducciones, algunas que él mismo emprendería firmándolas con seudónimo. “Ya no se pueden escribir libros, sólo se puede escribir notas a pie de página”, dijo, como parafraseando, sin saberlo, a aquella novela eterna de Macedonio, el famoso cuento de Walsh o los prólogos anotados de Jeanmaire. Porque lo cierto es que, como ya se sabe, nunca publicó nada de su autoría. “Quizá sólo era de aquéllos que no saben engañarse, y los que no se saben engañar no pueden escribir”, dijo para explicarse. Piglia utilizó su figura para hablar de Norberto Soares, “un autor que durante años anuncio a sus incrédulos amigos literatos su decisión de escribir el mejor libro posible y que al final (…) logró escribir un libro mejor que el que había imaginado para ellos”.

Con Eugenio Montale retroalimentaron sus búsquedas literarias constantemente. El gran poeta italiano le obsequió a Bobi unos versos póstumos: “Así se hizo de ti / una leyenda superficial y vana. Dicen / que eres un maestro no escuchado, tú / que a demasiados maestros escuchaste / y no has desconfiado de ellos. Confesor / inconfesado no podías dar nada / a quien ya no estuviera en tu camino”. Indaguen, cuando puedan, en el germen de los versos de “Dora Markus” uno de los poemas más reconocidos de Montale, inspirado en una foto (una foto de las piernas de Dora Markus) que Bazlen le enviara, invitándolo a que se inspirara con ella. 

Uno de los últimos textos de Roberto Calasso, que se publicó al día siguiente de su fallecimiento a través de Adelphi –la casa editorial milanesa de la cual Calasso fue director–, estaba dedicado a Bazlen. Allí decía Calasso: “Era una suerte de huracán silencioso”; “marcaba la diferencia entre el mundo en el que nació (…) y aquel anónimo del momento en el que se encontraba escribiendo”; “con él, por primera vez, tuve la impresión de alguien que había logrado deshacerse de todas las ideas al uso”. “¿Qué cosa hacía el primo Bobi? Nadie podía decirlo. Pero ciertamente estaba un paso más allá de todos”. Bazlen, el que escribió que “el peor enemigo es el enemigo que tiene nuestros argumentos”.

Daniele Del Giudice lo homenajeó también en su primera novela, El estadio de Wimbledon, publicada en 1983. Un “libro insólito”, en palabras de Ítalo Calvino, que gira en torno al vacío que provocan –otra vez– las preguntas sin respuesta. 

Hay que reafirmarlo: Bazlen tuvo el privilegio de leer los mejores libros de la literatura europea de la segunda mitad del Siglo XX, muchos de ellos desde los originales.

Escribió a Luciano Foà, de editorial Einaudi, en su informe sobre El hombre sin atributos de Musil: «un fragmento de dos mil páginas»; “en cuanto al nivel, es indiscutible”; “merece publicarse con los ojos cerrados”; “es muy discutible, en cambio, desde el punto de vista editorial-comercial. Aquí debo hacer de abogado del diablo. Y como abogado del diablo, tengo cuatro argumentos. La novela es: 1) demasiado larga 2) demasiado fragmentaria 3) demasiado lenta (o aburrida, o difícil, o como quieras llamarla) 4) demasiado austríaca.”

Y escribió, al mismo editor, en su informe sobre Ferdydurke de Gombrowicz: “¡Diría que sí, absolutamente!”; “me divertí como loco; es uno de los aliados más honestos que podemos tener en la verdadera revolución contra el amor, el arte, los principios inmortales y todas las tonterías de siempre”; “hay también algo hipercomplejo aun en la ingenuidad, de inasible en lo obvio, de refinadísimo en lo mecánico”.

Mucho de esto se encuentra en Informes de lectura / Cartas a Montale, publicado por La Bestia Equilátera, recopilación de su escasa producción escrita, que no tuvo la intención de la escritura, sino que fue una consecuencia propia de la lectura. Habrá que leerlo y releerlo, entonces, con el mismo ojo avizor con que Bazlen leía, y que esa lectura dure y dure, y que al final podamos decir que fue hermoso mientras duró.

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Descubrimiento

Gracias Hernán por tu nota. Siempre descubro algo nuevo en ellas.

Hermosas las citas escogidas para ejemplificarnos el pensamiento de Bobi.

María Teresa Espona

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