Entrevista a nuestros docentes: Sebastián Grimberg

Por Hernán Carbonel

Sebastián Grimberg nació en Buenos Aires en 1977. Publicó los libros de cuentos: Cada siete segundos (2014), Segundo Premio Municipal de Literatura Ciudad de Buenos Aires, bienio 2014/2015; La mirada del asesino (2015), Premio Bienal Federal del Consejo Federal de Inversiones; Los perros (2025), Tercer Premio en categoría Cuento, del Fondo Nacional de las Artes 2022; y las novelas La guerra de los secadores (2021); El guardián de los cerdos (2022), Beca Creación 2017 del Fondo Nacional de las Artes; Vistamar XI (2024); y Morsa (2026).

Lleva adelante la clínica de escritura La línea invisible en Fundación La Balandra desde 2021. En esta charla ahondamos en sus métodos de trabajo, lo que implica estar al frente de un grupo de escritura y corrección, y demás cuestiones alrededor de la temática.

-¿Cómo surgió el taller La línea invisible? (Si no me equivoco, hay cuento tuyo con ese título.)

-Así es, hay un cuento mío con ese nombre que se publicó, precisamente, en La Balandra, en la sección “Nuevos narradores” de la revista, en 2015. Cuando me convocaron para dar el taller, se me vino ese cuento a la cabeza y me pareció que era un buen nombre para un taller online, creo que da cuenta del vínculo que se establece entre los participantes. 

-¿Cómo describirías brevemente el proceso de trabajo? ¿Con qué métodos trabajás? 

-Mi forma de trabajo es casi una copia (autorizada de forma tácita) del taller de Vicente Batistta, al que asistí durante varios años. Hay algunas variaciones, claro. Allí, cada miércoles, leíamos el cuento o capítulo de novela que alguno de nosotros llevaba, y luego lo comentábamos. Yo empecé con algo así, con lectura durante el encuentro, cuando hice Clínicas para La Balandra, pero para el taller decidí, luego de esa experiencia, y por distintas razones, que cada uno leyera en su casa. Una de las razones principales es que en la lectura en vivo se pierde mucho tiempo. Estoy a favor de esa lectura en voz alta, pero en soledad. Al leer en voz alta se nota la puntuación, si es acertada o no, y el ritmo. Uno nota si fluye. Textos de tres páginas llevaban casi quince minutos. Considerando que vemos tres textos en dos horas, se perdía mucho. Por otro lado, a veces, en la lectura en voz alta, la entonación o el estilo de lectura puede hacer creer que en el texto hay cosas que, realmente, no están. Y un texto se tiene que defender solo, el autor no va a estar junto a cada lector, para leerle. Entonces enviamos los textos en la semana y cada participante lee antes del encuentro. Cuando nos reunimos los vamos comentando. Qué funciona, que no. Cuáles son las mejores opciones de reescritura. Según el texto pensamos en estructura, verosimilitud, estilo, narrador, ritmo, construcción de oraciones. Tratamos de verlo de punta a punta. La idea, siempre, es ayudar al autor a que su texto crezca. 

-¿Hay participantes que continúan de un año al otro, sirve esa continuidad para el asistente?

-Yo creo que sí, lo noto en la evolución de la escritura de quienes están desde el inicio del taller o quienes se sumaron en los últimos años. A corregir no se aprende sólo al trabajar sobre textos propios, también al trabajar sobre textos de otros. Uno va viendo en los señalamientos de los textos de los demás, qué se puede mejorar, y luego lo tiene en cuenta en sus propios textos. Además, se va generando un vínculo de confianza, me atrevería a decir que de amistad que, además de enriquecernos a cada uno, porque a mí también me pasa, ayuda a que las intervenciones sean más profundas, los participantes se involucran más. Si bien se escribe en soledad, se corrige de manera social y, si en ese proceso, está involucrada la amistad, mucho mejor. Por otro lado, esa grupalidad, ese poder compartir tiempo con gente a la que le apasiona lo mismo que a nosotros, es un refugio del mundo. Para mí, por ejemplo, durante esas dos horas, no existe nada más que el taller. 

-¿Los participantes suelen ser porosos a las críticas, las asumen con total naturalidad, o hay cierta renuencia?

-Se dan todas las circunstancias, y está bien que así sea. Hay algo que aclaro siempre en el taller, la lectura es subjetiva y cada uno tiene sus gustos y preferencias. El objetivo es, siempre, ayudar a cada autor a que su texto mejore, y eso no puede hacerse sino desde una postura consensuada. Uno suele esperar, en un texto, ciertas cosas: verosimilitud, por ejemplo, o alguna cualidad que nos dé ganas de seguir leyendo, como puede ser tensión, intriga, manejo del lenguaje, etc. Pero, de pronto, puede haber algún participante que reniegue de estas ideas, y está bien que así sea, se respeta. Creo que la literatura tiene que ser un espacio de libertad. ¿Para qué escribir, si no? Algo que también tengo presente es que, para la mayoría, la escritura es una pasión. Y cuando nos apasionamos, no somos lógicos. 

-¿Qué significa para vos, personalmente hablando, estar al frente de un grupo de gente que busca mejorar su escritura?

-Es un desafío y una responsabilidad. Me costó bastante tiempo animarme a coordinar un taller. Me preguntaba qué tenía para decirle a alguien que quisiera mejorar su escritura. Pero algunos amigos me hicieron notar que yo llevaba varios años en un rol similar. Primero en el taller de Batistta, porque los últimos tres años que asistí no llevé textos propios sino que me ocupé de leer los de mis compañeros, después porque había trabajado como prejurado en varios concursos, y porque, durante mucho tiempo y hasta ahora, revisé cuentos y novelas de escritoras y escritores amigos. Pensé que el proceso en el taller iba a ser algo similar, y así fue.  

-¿Alguna perlita o anécdota en ese ida y vuelta con los alumnos que se pueda contar?

-Retomando lo que hablamos sobre la disposición o no a los comentarios, a veces pasa que veo, en el taller, la cara de la autora o autor del texto que se está trabajando y veo que las devoluciones no le están gustando nada. Es lógico, uno, cuando manda un texto, la mayoría de las veces, espera que le digan que está buenísimo, que acaso hay que cambiar una coma aquí, un punto allá. Que tal título sería mejor. Lo sé porque a mí, aún hoy, me pasa. Le mando un texto a un amigo y cruzo los dedos para que me diga que es genial, que no toque nada. No sucede nunca. Hoy, después de tantos años, lo acepto enseguida y me pongo a ver cómo resolver las cuestiones que me marcaron. Sin embargo, no siempre fue así, y esto es lo que cuento en el taller: los primeros años, con Batistta, cuando me hacían devoluciones, yo las aceptaba en silencio, anotaba puntualmente cada cosa que me decían pero, en realidad, hervía de bronca. Volvía a mi casa con esa efervescencia en el cuerpo, hasta la comida me caía mal. Me acostaba rumiando lo que me habían dicho. Por supuesto, no podía dormir. En algún momento el enojo se me pasaba y, por fin, podía pensar, con claridad, por qué me habían dicho esto o aquello. Muchas veces concluía que tenían razón y me ponía a pensar cómo resolver los problemas de mi texto. Cuando lo hacía, así fueran las tres de la mañana, me levantaba a escribirlas, a anotar qué era lo que tenía que hacer. Entonces podía volver a la cama y me dormía feliz, aunque me quedaran pocas horas de sueño. 

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