Ahí estábamos otra vez, nuevas fiestas en familia, o en lo que quedaba de nuestra familia. Mi
hermana vendría del sur para reunirnos en el chalet de Necochea, esa casa que yo ocupaba
desde hacía un par de semanas. El plan era pasar acá el fin de año, alquilarla en enero y
febrero y ponerla en venta en marzo. Patricia abrió con su llave: una columna de luz naranja
entró en el living. Al verme se quedó parada en el umbral. El bolso de viaje que cargaba en su
hombro derecho le deformaba un poco la postura.
—Hola —dije.
Fui hacia ella y la abracé; su campera de jean retenía la humedad aceitosa de la costa: había
pasado por la playa. Sus brazos apenas me rozaron la cintura y enseguida cayeron, pesados, a
los costados del cuerpo.
—Llegaste un día antes —dije.
—Sí —se soltó el pelo.
—Igual, mejor —reconocí—. En cualquier momento empezaba a hablar con las paredes.
Levanté su bolso del piso. La correa se tensó y se me clavó en la palma de la mano; pesaba
mucho más de lo que parecía. Si hubiéramos tenido diez años menos hubiese hecho el chiste
de si traía un muerto; ella se habría reído, y enseguida empezaríamos a armar la lista de
candidatos merecedores de una tumba; pero miré su cara, pálida bajo la luz fluorescente de la
cocina que alcanzaba hasta el living, y elegí mantenerme callada.
—¿Dónde vas a dormir? —pregunté—. Yo estoy en la cucheta de abajo, en la pieza nuestra.
Podés ir a la grande.
Daniela se sacó la campera y la dejó sobre el respaldo de una silla. Negó con la cabeza.
—Me tiro en el sillón y listo.
—No seas grasa.
—A la habitación de mamá no voy a ir —dijo. Miró hacia la puerta cerrada al final del pasillo.
—Quedate en la cucheta, y voy yo.
Se encogió de hombros.
Esa noche comimos pizza de la rotisería de la calle 6. Puse la caja directamente sobre la mesa
ratona. Daniela separó una porción con la mano. El queso formó un hilo largo que se cortó y
cayó sobre su plato.
—Después de cenar podríamos empezar a desarmar la habitación.
—Ya fui guardando cosas —reconocí.
Levantó la vista y asintió, masticando despacio.
—Veo todo tan quieto acá. —dijo—. Como estancado.
Miró la pila de revistas, el televisor apagado, las cortinas pesadas que cubrían el ventanal. No
le respondí. No tenía sentido discutir, y tampoco preguntarle cómo se sentía. Nunca había
conocido al marido. Se habían casado después de un noviazgo breve, en una boda a la que no
fui. Cuando me contó sus planes, le dije que era una locura dejar todo para instalarse en Villa
no sé cuánto.
—Villa Traful —completó y me cortó el teléfono.
Tardó dos meses en volver a comunicarse. Me mandó un mail: decía que estaba bien y que me
extrañaba. Retomamos el diálogo por escrito; la pantalla de la computadora amortiguaba las
cosas. Daniela solía ahogarse en un vaso de agua, pero allí, sentada frente a mí en la
penumbra del chalet, habitaba su primera tempestad. La muerte de papá y, a las pocas
semanas, la de mamá sucedieron a su tiempo. Eran grandes cuando nacimos; nadie se
sorprendió. De alguna manera nos encontrábamos preparadas. Lo de su marido fue otra cosa.
La viudez le cayó encima de golpe. Le ofrecí viajar al sur para hacerle compañía. Dijo que no.
Sin embargo, empezamos a escribirnos más seguido y, por fin, a hablar por teléfono. Se
quejaba de cosas puntuales: el clima, los trámites, el precio del alquiler ahora que vivía sola. La
escuchaba en el juego que me salía fácil, consolarla, hacer de mayordoma de sus fatigas.
Llegamos a las vísperas del nuevo milenio con ganas de renovarnos. Yo necesitaba efectivo
después de mi divorcio y la única forma de conseguirlo era vendiendo el chalet. Daniela, por su
parte, pensaba en un viaje; no el que había planificado en su breve vida de casada, sino al
norte de Europa, Islandia, que es ir más que al fin del mundo, a su comienzo.
—Debo empezar de nuevo —reconoció, al final de la llamada en que decidimos vender la casa.
Doblé el cartón de la pizza por la mitad y lo metí en la bolsa de consorcio negra. Daniela se
había quedado parada en el medio del living; sus ojos iban de un mueble a otro, registrando las
cosas que yo había ido dejando tiradas por ahí.
—¿Y esto? —señaló el aparato plateado sobre la mesa ratona.
—Un Minidisc —dije—. Es digital. Se escucha mejor que los casetes y no salta como los CDs.
Lo levantó. La luz de la lámpara se reflejó en la carcasa metálica.
—¿Es caro?
—Supongo… me lo trajo Gustavo. Lo compró en la gira de España.
—¿No te jode tener cosas de tu ex?
—Qué sé yo… es un buen aparato, suena lindo…
Me miró un segundo y volvió a dirigir su vista hacia el living.
—¿Dónde lo ponemos?
Le hice un gesto con la mano. Fui hasta la habitación. El placard de mamá olía a naftalina y
madera vieja. Saqué una caja de botas vacía del estante de arriba y volví.
—Acá—dije.
Metió el Minidisc. Le sumamos dos CDs, los anteojos de sol, un par de hebillas, dos libros de
Emecé, una revista Gente con la tapa doblada y tres videocasetes grabados de la tele, sin
etiqueta.
—¿Queda algo tuyo en la cocina? —se pasó el antebrazo por la frente; hacía calor adentro con
todo cerrado.
—La minipimer. Pero la necesitamos mañana —dije—. Te conté que vienen los chicos, ¿no?
Daniela se quedó quieta.
—¿Los chicos?
—Mica, Osvaldo, el Duende. Capaz Patricia si zafa temprano del trabajo.
—¿A cenar?
—Sí. Es mejor no estar solas el 31.
Desvió la vista hacia la oscuridad del pasillo. Parecía estar calculando algo, o simplemente
cansada.
—Nos va a venir bien —insistí—.
—Puede estar bueno —estiró los labios en una sonrisa breve mientras abría una de las puertas
de la alacena. Las bisagras chillaron.
—De ahí nada —le advertí—. A los turistas hay que dejarles vajilla. Platos, ollas, vasos.
Soltó el picaporte y se sentó en la banqueta alta, junto al desayunador. Apoyó los codos en la
mesada. Tenía ojeras oscuras bajo los ojos.
—Es verdad —dijo—. Mejor lo hacemos en marzo.
—En marzo…. si la temporada acompaña.
Se bajó de la banqueta.
—Vamos a tirar dos colchones en el living —dijo—. Abajo del ventilador.
Me despertó el sol de la mañana, su luz y calor. La musculosa se me había pegado a la
espalda. Miré hacia arriba. Las paletas de madera del ventilador permanecían quietas.
—Yo no lo toqué —dije.
—Yo tampoco —Daniela, a mi lado, tenía la vista clavada en el techo.
—Fantasmas…
Me pegó un golpe seco en el brazo.
—No jodas.
En la cocina, puse la pava al fuego. Daniela se apoyó contra la mesada.
—Tengo que decirte algo —su tono asumió una sequedad protocolar—. Javi tuvo una epifanía
antes de morir.
—¿Qué cosa?
—Dijo que para Año Nuevo iba a encontrar la forma de hacerse presente.
Me volví hacia ella: observaba, abstraída los azulejos de la cocina.
—Le dije que esa noche la íbamos a pasar juntos. —siguió—. Él me agarró de la muñeca y me
apretó fuerte. “Esto es serio”, me dijo.
Hizo una pausa. Saqué la pava del fuego y empecé a cebar el primer mate. Se lo pasé: lo
agarró, pero no tomó.
—Él practicaba reiki, ¿sabías?
Negué con la cabeza.
—Bueno, sí: hacía reiki. Tenía un ángel que le seguía sus pasos. Y me dijo que cuando
terminara su ascensión, me mandaría un mensaje. Un mensaje que abriera el umbral al nuevo
milenio milenio.
—Qué flashero…
—Sí.
—¿Por qué esperar al 31?
—Le pregunté lo mismo. Dijo que el reiki iba a ser la religión del siglo XXI y que algo nuevo
estaba por nacer —me puso una mano encima de la mía. Tenía la palma húmeda. Con la otra
mano sostenía el mate, inclinado, cerca de la boca.
——Dale, tomalo —reclamé.
Le dió un sorbo rápido.
—¿Vos practicabas…?
—¿Reiki? —completó—. No, pero lo escuchaba. Ya sabés cómo somos. Recién después de
que murió contacté a su maestro. Supongo que me sirvió. Me dio la idea de que podía haber
algo más. Pero ahora… no sé si estoy preparada para este tipo de cosas.
—Ay, boluda…
—Ya sé, ya sé. Por eso me vine. No quiero paranoiquearme, pero necesitaba decirlo en voz
alta.
—Hacés bien —dije—. Si el fantasma aparece esta noche, le pisamos la sábana.
Se rió. Fue un reacción automática, como cuando te lloran los ojos al picar cebolla. Duró un
segundo. Después la cara le volvió a quedar inexpresiva.
Al mediodía salió. Regresó dos horas después. Traía tres bolsas y una caja larga bajo el brazo.
Sacó un arbolito de navidad, de no más de cuarenta centímetros, y lo apoyó sobre la mesa
ratona. Las ramas de plástico verde brillante se aplastaban contra el alambre central.
—Ayudame a poner las lucecitas —pidió.
Me senté en el suelo y agarré el cable verde con la intención de desarmar la maraña. Ella
empezó a desplegar las ramas una por una.
—¿Cómo está el Duende? —preguntó.
—Se separó.
—Ah, mirá.
—No te lo vayas a garchar —le advertí.
Sonrió sin mirarme, concentrada en doblar la punta de una rama de plástico.
Busqué la última cerveza en la heladera. Era una botella de litro, marrón, transpirada por el
cambio de temperatura. La abrí con el encendedor y serví en dos vasos descartables. Nos
sentamos en el living. El único sonido era el zumbido constante del ventilador de techo y la voz
de la radio de fondo. El locutor hablaba de la amenaza del Y2K y de los sistemas informáticos.
—Por culpa de esa boludez no viene Patricia —dije—. Está en el equipo de contingencia de la
Cooperativa. Por si se cagan las computadoras.
—Mirá… —respondió, indiferente. Nunca se llevaron bien. En realidad eran amigas y algo
pasó, una boludez, un vestido de fiesta que Patricia le devolvió con una mancha de vino. No es
que se odien, pero mucho no se bancan.
—Nosotras haciéndonos problema justo cuando se viene el fin del mundo —choqué mi vaso
contra el suyo.
Miré alrededor. Las paredes del chalet necesitaban una mano de pintura; había humedad
subiendo desde los zócalos. Diez años atrás, cuando vivíamos acá, no pensábamos en la
humedad, ni en las cuentas, ni en nada. El futuro era algo que le pasaba a la gente grande. Un
día sos joven y al otro tenés la edad de Cristo y más de una cruz en la espalda.
—Te faltó el pesebre —dije.
—Y los regalos —se quedó quieta en el sillón, con los brazos colgando a los costados, como si
se le hubiera acabado la batería.
—Por suerte ya pasó Navidad.
Me levanté. Le saqué el vaso de la mano y junté el mío. Metí tres envases vacíos en la bolsa.
El vidrio tintineó.
—Me voy a comprar chupi para la noche —dije.
Cuando volví, en la casa no volaba ni una mosca. La puerta de la habitación permanecía
cerrada. Dejé las botellas en la heladera y me tiré en el sillón. El ventilador de techo zumbaba
arriba mío, cortando el aire caliente en fetas.
Al despertar tenía la boca seca. Tardé unos segundos en reconocer los muebles, el olor a
encierro, el contorno del arbolito de plástico sobre la mesa. Me senté despacio y levanté la
cabeza. El ventilador estaba nuevamente apagado. Las aspas inmóviles juntaban polvo en los
bordes. Miré hacia el pasillo. La puerta de la habitación, abierta.
—¿Dani? —carraspeé.
—Dani —insistí.
—¿Sí? —su voz venía de afuera.
La encontré sentada en los escalones de cemento de la entrada, de espaldas a la puerta. Tenía
una latita de cerveza en la mano, condensada por el frío.
La levantó sin darse vuelta.
—Compré dos packs —dijo—. Hay más en la heladera.
Volví a entrar. Fui a la cocina, saqué una lata fría y regresé al living. Al pasar por la mesa
ratona, frené. Abajo del arbolito había tres paquetes envueltos con hojas de la revista Gente.
Salí y me senté a su lado. El cemento retenía el calor del día.
—¿Y esos paquetes? —pregunté.
—Son para los chicos…
—¿Qué te hacés la Mamá Noel? —sonreí.
Se encogió de hombros.
—¿A qué hora caen?
—Tipo diez. Tengo que ir a buscar el pollo y las ensaladas a la rotisería.
—¿Pediste empanadas?
—No, no son muy ricas. Pero si queda, compramos una bandeja de vitel toné.
—Dale —dijo.
Se levantó, puso la lata de cerveza vacía en el escalón de cemento y la pisó. Entramos.
Daniela enchufó el arbolito y las luces de colores intermitentes mancharon las paredes del
living. Prendí el ventilador. Estuve a punto de preguntarle si había sido ella la que lo había
apagado antes, pero me callé. Miré las aspas girando y decidí no decir nada.
—Estaba pensando —dijo Daniela, y se paró en seco en medio de la vereda. Volvíamos de la
rotisería.
Di dos pasos más antes de frenar y darme vuelta.
—¿Qué?
—Nada —dijo—. Pensaba que si Javi apareciera, como anunció, sería una buena noticia, ¿no?
—¿En qué sentido?
—Una prueba. De que hay algo más
En el suspiro, aspiré el olor a pollo al spiedo que salía de la bolsa de plástico.
—Sí, supongo —dije—. Pero no te hagas la cabeza. Cuanto más en pedo estemos, mejor.
Asintió y mantuvo, durante el resto del recorrido, la mirada clavada en el piso.
Al entrar al chalet, una ola de aire caliente nos golpeó la cara. El ventilador de techo giraba a
máxima velocidad. Todo el aparato se sacudía en el eje, dibujando un círculo irregular en el
aire, como si estuviera a punto de desatornillarse y caer.
Daniela apoyó las bolsas en la mesa, fue hasta la pared y giró la perilla al cero. Las aspas
perdieron inercia hasta detenerse. Se dio vuelta y me miró, enmudecida.
—¿En serio pensás que es él? —dije, yéndome hacia la cocina.
—No sé, pero esto es raro ¿no?
Abrí la heladera: en el estante de abajo se había formado un charco de agua.
—¿La cerraste mal? —protesté.
—¿Qué cosa?
—La heladera, boluda.
—Ah, no sé.
—Decí que no había comprado helado. —Metí la mano, toqué el vidrio—. Las cervezas se
calentaron.
Empujé la heladera hacia atrás. El motor hizo un ruido sordo, como un gruñido, y volvió a
arrancar.
—Qué cagada. No podemos alquilar la casa con la heladera rota.
—¿Ahora funciona?
—Parece que sí.
Acomodamos las bandejas de ensaladas en los estantes y saqué el pollo de la bolsa, lo corté
en trozos y lo puse en dos platos grandes.
Media hora después comprobamos que el freezer ya había empezado a hacer escarcha.
—Pedile a tu marido que joda con el ventilador, pero no con la heladera —dije.
Daniela se rió. Una carcajada abierta como un pasacalle que me contagió al instante.
Lloramos, pero de risa, hasta desahogarnos. Así, livianas, recibimos a nuestros amigos. Mica y
Osvaldo llegaron con carne fría, pan y un pack de cerveza. El Duende apareció con
almendrado y un champagne barato para el brindis. Llevaba una camisa blanca recién
planchada y perfume. Demasiado perfume.
Mica y Osvaldo esperaron a que termináramos de comer para contar algo que yo sabía, pero el
resto, no.
—Estamos embarazados —dijo él.
El Duende dejó el vaso en la mesa y empezó a aplaudir. Nos sumamos. Fue un estallido breve;
pese a que ya habíamos pasado los treinta, ese certificado de vida adulta no era algo que,
creo, nos terminara de convencer.
—Che, ¿Patricia no viene? —pregunté para romper un silencio que se había instalado como un
mantel sobre nuestras cabezas.
—Seguro cae después de las doce —respondió Osvaldo—. Al pedo la hacen quedarse.
El Duende abrió la boca para decir algo, pero un ruido mecánico lo tapó. El ventilador se
aceleró de golpe. El zumbido grave se transformó en un chirrido agudo y las aspas se
desdibujaron por la velocidad. El eje metálico empezó a cabecear violentamente contra el
techo. Nos levantamos de las sillas al mismo tiempo. Fue un movimiento sincronizado, de
huída. Corrí hasta la pared y volví la perilla a cero. El motor se apagó. Las aspas siguieron
girando por inercia unos segundos más, cortando el aire caliente, hasta que se frenaron.
—Nos querés matar —dijo Osvaldo. Se rió, mientras pasaba su dedo índice por la garganta.
Busqué a Daniela con la vista. Permanecía quieta junto a la mesa ratona, ajena al susto.
—Tengo regalos —señaló los paquetes bajo el arbolito—. Elijan.
—¿Posta? —preguntó Mica.
—Sí. Posta.
Me miró y juntó las manos en un gesto breve, casi imperceptible, de disculpa.
—Vos no —articuló con la boca.
El Duende se adelantó. Agarró el paquete más grande y rompió el papel de la revista. Apareció
un aparato plateado.
—Un Minidisc —dijo—. Buenísimo.
Mi Minidisc.
Mica ya había desenvuelto el suyo. Tenía mis anteojos de sol en la mano. Se los probó. Le
quedaban grandes.
—Che, yo re salí perdiendo —se quejó.
—¿Y yo? Peor —dijo Osvaldo.
Tenía un libro en la mano. Autoayuda, de Lorrie Moore.
—¿Cuándo me vieron leer algo a mí? —preguntó, dándole la vuelta al libro para chusmear la
contratapa.
Me volví hacia Daniela: sostuvo su mirada sin parpadear.
—¿No les vas a decir que es una joda? —mi voz salió demasiado alta en el silencio del living.
—Son solo cosas materiales —dijo ella.
—Mis cosas ma-te-ria-les.
—La mayoría te las regaló tu ex. Estás estancada, Ali. La energía tiene que fluir
Di un paso hacia ella. Sentí el calor subiéndome por el cuello.
—Basta, Daniela.
El Duende se interpuso entre nosotras y me extendió el aparato.
—Tomá —dijo.
Agarré el Minidisc.
—Buen chiste, Dani —el Duende, girándose hacia ella—. Te pasaste.
Nadie se rió. Daniela miraba un punto en la pared, por encima de la cabeza de Mica, como si
estuviera escuchando una frecuencia que nosotros no captábamos.
—Faltan diez minutos —Osvaldo señaló su reloj pulsera.
—Voy a buscar el champagne —dije.
Necesitaba moverme. Mica vino atrás mío.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—No sé —dije—. Tengo ganas de matarla. Fueron dos días de mierda.
Mica me puso una mano en el brazo. Abrí la heladera. Toqué la botella de champagne:
temperatura ambiente. Busqué la caja de Almendrado en el congelador. Al apretarla, el cartón
cedió bajo mis dedos.
—Nos quedamos sin postre —dije.
—Debe ser la cooperativa de mierda… En casa también anduvo mal la tensión todo el día.
—No tenemos con qué brindar. —sentí el calor en los ojos y las lágrimas salieron de golpe. Me
pasé el dorso de la mano por la cara, rápido, secando la humedad antes de que bajara por las
mejillas. Respiré hondo.
—Ay, amiga —Mica me abrazó.
Me solté suavemente.
—No la aguanto más —reconocí—. Y encima el marido le dijo antes de morir que le iba a
mandar un mensaje en Año Nuevo. Que se iba a hacer presente.
—Me jodés.
El Duende asomó la cabeza por el marco de la puerta.
—Faltan dos minutos —anunció.
Volvimos al living. Mica repartió las copas vacías.
—Se rompió la heladera —informé con parquedad funeraria.
—Hay que dejar atrás… —empezó a decir Daniela. Miraba el arbolito.
—Diez —ahora era el Duende el que mostraba la muñeca donde llevaba el reloj.
Osvaldo se sumó al conteo.
—Nueve, ocho, siete…
Daniela permaneció quieta, con los brazos cruzados mientras los demás gritaban los números.
—…tres, dos, uno. ¡Feliz Año Nuevo!
Nuestras voces rebotaron en las paredes.
Entonces, se cortó la luz.
Fue instantáneo. Y justo después, el sonido: pla, pla, pla. Las bombillas de las lámparas
estallaron una tras otra por el pico de tensión. Cayeron fragmentos de vidrio caliente sobre la
mesa y el piso.
—Buen comienzo de milenio —la voz del Duende emergió desde la sombras.
—¿Tenés velas? —preguntó Mica. Tanteaba algo en la oscuridad.
—Ni idea —dije—. Creo que no.
Entonces oímos el ruido. Un zumbido eléctrico grave, imposible sin corriente. El aire se movió
encima de nuestras cabezas. El ventilador empezó a girar. Primero lento, con un chirrido de
metal oxidado, después aceleró de golpe. Las aspas cortaban el aire con violencia.
—Javi —dijo Daniela. Le hablaba al techo—. ¿Sos vos? ¿Viniste?
Hubo un crujido de mampostería: el aparato se desprendió. Cayó con todo su peso sobre la
mesa, reventando los platos, los vasos, las botellas. El golpe hizo vibrar el piso de madera.
—¿Están bien? —preguntó Osvaldo.
—¿Están todos bien? —siguió el Duende.
—Sí —dijo Mica.
—Sí —dije.
Busqué en la oscuridad hasta encontrar el hombro de Daniela. Seguía parada en el mismo
lugar.
El Duende abrió la puerta. Entró una claridad difusa.
—Che, vengan —gritó—. Tienen que ver esto.
—Pará —dije—. Acá es un desastre.
Osvaldo y Mica salieron. Tiré del brazo de Daniela:
—¿Estás bien?
—Era él —dijo—. Fue Javi. Volvió.
Sentí un frío repentino en la nuca. Le agarré la mano para sacarla de ahí. La tenía blanda,
como si los músculos hubieran perdido consistencia. Tiré de ella, pero no se movió. Era un
peso muerto plantado en el parquet. La solté y salí. No había luces en la calle, ni en las
ventanas de las casas, pero sí algunos fuegos artificiales. Miré hacia la costa y después hacia
el centro viejo de Necochea. Apagón total. Sonaban alarmas de casas y de autos, una música
mecánica, aleatoria y rota. En la esquina había un Fiat Regatta cruzado sobre la vereda, con la
puerta del conductor abierta y las luces de posición parpadeando débilmente. La gente se
asomaba en silencio, con los brazos cruzados, mirando hacia el cielo negro.
—Pasó —dijo el Duende.
—Pasó —reafirmó Osvaldo.
—¿Qué pasó? —preguntó Mica.
—El Y2K —confirmó Osvaldo—. Se cayó todo.
—Pasó —repitió el Duende.