Miro hacia arriba, aguantando lo más que puedo la respiración. El reflejo movedizo, turquesa y cristalino me hace pensar que estoy bajo un mar tropical. Las partículas que flotan y se desplazan por el mínimo oleaje parecen peces multicolores que nadan en torno a mí. La luz del sol se
descompone en rayos concéntricos cuando atraviesa el agua, parece una imagen religiosa, la representación de un milagro en una estampita.
Suelto el último aire que me queda y subo impulsándome con los pies hacia la superficie. Doy una bocanada rápida y eficaz, llenando bien mis pulmones, y vuelvo a hundirme, hasta sentir mi cuerpo chocar contra el suelo.
Agito mis brazos como si fuera un vuelo invertido, para mantenerme en el fondo. El movimiento hace pequeños remolinos que remueven los peces. Hay naranjas, verdes, rojizos, pardos; algunos son como una baba traslúcida que se va desintegrando suavemente. Me recuerdan a las medusas
que vimos una vez en el acuario de Miami; me hubiera quedado horas mirándolas desplazarse, como bailando en cámara lenta, con una luz tenue que las hacía fosforescentes. Pero tuvimos que salir corriendo porque a Malena le dio uno de sus ataques de ansiedad. Con el apuro y la penumbra me tropecé y me raspé las rodillas contra el alfombrado azul de la sala.
El leve murmullo entre Isabel y Martín fue despertando a Federico de su profunda siesta. El calor intenso le impedía moverse. Estaba en ese estadio en que los sonidos se entremezclan con la última veladura de los sueños, hasta que la realidad termina por imponerse.
—Ahí todavía queda un poco, sacalo.
—¿Dónde?
—Allá, cerca del borde, ¿no ves?
—Uf, no se termina más esto.
—Dame, yo sigo. Andá a prepararle la leche a Fede que se está despertando.
El diálogo de los hermanos se apagaba cada vez que Malena se reía. Ellos la ignoraban y seguían compenetrados en su tarea. Federico fingía dormir; sabía que, de lo contrario, lo harían trabajar también a él.
—Dale, Fede, no te hagas el dormido.
—Sí, estoy durmiendo —protestó—. Y no quiero la leche.
—Entonces vení y ayudanos con esto.
—Ufa, hace mucho calor —se quejó, refregándose los ojos.
—Dale, así queda limpio antes de que lleguen papá y mamá. Vos mirá bien y avisanos si ves algún pedacito flotando.
—Sí, allá hay uno —dijo, señalando algo medio amarillito que flotaba en la mitad de la pileta.
—Pero la puta madre… ¿Qué comió anoche? Es un diente de choclo; no puede comer choclo Malena, ¿quién le dio?
Malena, tirada como una chancha, bajo la escasa sombra de un álamo, sobre un pareo percudido, se reía a carcajadas.
—Mamá fue muy clara: ni choclo, ni verduras de hoja, ni mayonesa; todo eso la descompone.
—Anoche se quedó con Leticia; capaz que no se dio cuenta y algo de la comida tenía choclo.
—¿Comiste choclo, Malena? Vos sabés que eso te hace mal. ¿Por qué no le avisaste a Leti?
Pero Malena seguía riéndose, con sus ojos chinos y su cara de galleta.
Vuelvo a impulsarme a la superficie para respirar. Cuando subo, tengo la impresión de que puedo retener más el aire, como si mis pulmones se agrandaran. Pareciera que los peces se disuelven poco a poco, pero es porque hay menos luz. Logro permanecer más tiempo bajo el agua. Cada
inmersión un poco más que la anterior.
Se me arrugan las yemas de los dedos. Repito la maniobra varias veces. Aprieto los puños y siento las manos como las de una anciana. Lo mismo que mis pies. Vuelvo a tomar aire y siento que afuera empieza a refrescar. Querría no volver nunca más a la superficie.
—Paremos un rato; no doy más de calor. Voy a buscar una Coca y después seguimos.
—¿A qué hora llegan papá y mamá?
—No sé, como a las seis dijeron, según cómo esté la Panamericana.
Los tres hermanos estaban en la cocina haciendo una pausa. De pronto escucharon un chapuzón que venía de la pileta.
—Pero la puta madre —dijo Martín y salió corriendo—. ¡Vengan! ¡Se tiró sin flotadores!
Los dos salieron corriendo atrás de Martín. Malena chapoteaba con torpeza en lo hondo, hundiéndose y tratando de salir a la superficie.
Isabel gritaba: —¡Agarrala que se está ahogando!
Se tiraron todos al agua. Martín logró sujetar a Malena de los pelos y la arrastró hasta donde hacían pie. Allí, sin soltarla, le sacudió la cabeza con furia mientras le gritaba:
—¡Mogólica de mierda! ¡No podés tirarte al agua sin tus flotadores!
Pero Malena no paraba de reírse; se atoraba con su propia carcajada y tosía por la cantidad de agua que tragaba. Martín la seguía sujetando de los pelos.
—Bueno, basta —intervino Isabel—, ya sabés que no es su culpa.
—¡¿Mirá si se ahogaba de verdad?! ¡Qué hubiera pasado si no estábamos acá! ¡¿Qué les íbamos a decir a mamá y papá cuando llegaran?!
—¡Uy, se cagó de nuevo! —dijo Isabel con asco, mientras veía una nube marrón en torno a Malena.
—Ay, la puta madre que la parió —gritó Martín—. A veces te ahogaría en serio.
—¿Qué hora es?
—Las cinco menos diez. Hay que apurarse antes de que lleguen. Vos andá a lavarla y cambiála; yo voy a encender un rato el filtro, y con Fede sacamos lo más que se pueda con la red.
Desde que éramos chicos somos un equipo para cuidar a Malena. Ahora tenemos seis, trece y diecinueve; Malena tiene veintiséis.
Para nuestros amigos era como un monstruo. Nadie quería venir a jugar a casa. A veces la encerrábamos en su cuarto, pero si oía que había gente gritaba como loca para que la dejáramos salir. Si salía, todo era peor: se les tiraba encima a los amigos, los tocaba, los babeaba, los abrazaba tan fuerte que había que forcejear para que los suelte. Era como esos perros cargosos que no te podés sacar de encima. Después nunca más volvían a visitarnos.
Poco a poco nos fueron excluyendo de todo. A las reuniones de colegio evitaban avisarnos; también dejaron de invitarnos a los cumpleaños, ni venían a los nuestros.
Mamá estaba acostumbrada a disculparse y explicar a la gente su problema. No había nada que explicar; era más que evidente. Todos se hacían los comprensivos, pero después no volvían a aparecer.
Hubo una época en que la medicaron, pero fue peor; se quedaba como una zombi, con la mirada perdida, la mandíbula colgando y babeándose.
No solo la vida social nos arruinó Malena, también cualquier proyecto de viaje o vacaciones. Por eso nos mudamos a Pilar. Pensaron que en un barrio cerrado, con espacio verde y pileta, podíamos tener una mejor calidad de vida sin tener que alejarnos de Malena. Al fin de cuentas, todas las decisiones se toman en torno a ella. Nosotros tenemos que adaptarnos a ella y ser comprensivos, ayudar y cuidarla en todo momento. Es el precio que nos tocó por ser sanos y normales.
Esa misma tarde los padres, Mauro y Silvana, llegaron como a las seis y media. Hacía mucho calor.
Venían de hacer trámites en el centro. Últimamente iban muy seguido al centro y siempre en el auto de él. Silvana ya no quería manejar. Tampoco jugaba más al tenis los sábados con sus amigas.
Algo inusual pasaba y ellos lo percibían.
Ni bien llegaron se pusieron sus trajes de baño y se tiraron al agua. Por suerte habían podido limpiar todo lo mejor que pudieron justo antes de que lleguen.
Isabel miraba a su madre nadar por el fondo de la pileta como una sirena. Su pelo suelto se ondulaba con el movimiento del agua y su figura parecía fragmentarse como un acordeón. Rogaba para que no se le pegue ningún sorete que hubiese quedado flotando por ahí. Cuando llegó al otro extremo, se acodó junto a su esposo en el borde.
—¿Cómo estuvo todo por aquí?
—Bien, tranqui.
—¿Malena? ¿Duerme?
“Malena está con diarrea, se cagó dos veces adentro de la pileta y, además, casi se ahoga”, pensó Isabel para sí, pero en cambio le contestó:
—Sí, todo bien; hace un rato la bañé, seguro que ya baja.
—¿No nos traés un par de cervecitas, mi amor? —le pidió a su hija.
Mientras iba a buscarlas a la heladera, oyó que su padre le decía algo acerca de tomar alcohol.
Cuando les alcanzó las latas, vio cómo su madre, mirando alrededor, decía:
—Se puso medio turbia el agua, ¿no? Será por el calor.
—Esta noche le vacío un bidón de cloro y listo —dijo su padre, mientras le salpicaba la cara haciéndole “sapito” con una sola mano. Isabel nunca había logrado hacerlo con una mano. Era una de esas habilidades completamente inútiles con las que presumía su padre.
Martín los miraba reír en el borde de la pileta: parecían adolescentes en la edad del pavo. Él nunca se pudo permitir hacerse el pavo; sentía que había nacido adulto. Esperaba algún día poder conocer alguna chica con quien poder pasarla así de bien.
Al rato llegó Leticia, la señora que ayuda en la casa.
—Buenas, buenas, ¿cómo están? ¿Cómo les fue por la capital? ¿No los agarró ningún corte?
—No, por suerte zafamos.
—Bueno, ¿qué van a querer comer hoy?
—Pregúntele a los chicos a ver qué quieren; yo no tengo hambre, me arreglo con un tecito o un yogur, no se preocupe, Leti.
—¿Cómo que no va a comer nada, señora? Usted tiene que alimentarse, está cada día más flaca.
¿Preparo un pollito al horno con papas, quiere?
—Sí, Leti, hágalo que yo me encargo de que coma —intervino el marido—.
—No podés seguir sin comer nada, mi amor —le dijo por lo bajo a su mujer.
No sé qué hora es ni cuánto tiempo llevo acá abajo, en mi refugio celeste.
“El estado de la paciente es precario”, sentenció la doctora.
¿Nadie se da cuenta de que no estoy? Afuera empieza a oscurecer. El agua me parece ahora tibia y agradable, como si hubiese vivido siempre acá en el fondo. Como un feto que levita en su placenta.
Por eso soy feliz cuando me sumerjo.
Pasó todo muy rápido; nunca hubiésemos llegado a tiempo. Sabíamos secretamente que era lo mejor, aunque no vayamos a librarnos nunca de éste peso.
Las últimas semanas nuestros padres iban y venían todo el tiempo a Capital. Nos decían que tenían un montón de trámites que hacer en el centro, pero yo sospechaba. Estaba segura de que Martín sabía algo más, pero también nos lo ocultaba. Mamá llegaba siempre cansada y se iba directo a la cama. Casi nunca bajaba para cenar ni para ver alguna peli juntos antes de irnos a dormir.
La casa se fue volviendo un caos poco a poco. El piletero y el jardinero ya no venían más; se cansaron de que Malena se les tirara encima cada vez que podía y se frotara contra ellos, aullando como un oso en celo. Las tareas de mantenimiento recayeron sobre nosotros. Además de cuidar a Malena, limpiarle el culo, secarle la baba, estar pendientes de que no haga una macana, también teníamos que cortar el césped, mantener la pileta y podar la ligustrina.
Después de Tatú, no pudimos tener más perros en casa. Nos lo habían traído de cachorrito, pero Malena lo asfixió sin querer, de bruta nomás. Lo mismo pasó con un hámster que la abuela le regaló a Fede: Malena lo pasó a mejor vida en un descuido.
El estado de Silvana fue empeorando paulatinamente. Los médicos concluyeron que, en su caso, lo mejor sería hacer directamente un trasplante de médula ósea, y la más indicada para ser donante era Malena por su compatibilidad.
El 2 de marzo Mauro y Martín se llevaron a Malena muy temprano. Silvana hacía una semana que estaba internada. Le estaban haciendo los últimos estudios.
Salieron antes de que amanezca. Ese día se quedaron Isa y Fede solos en la casa. La noticia se la habían hecho saber un par de días antes; era un 29 de febrero. Si no hubiera sido un año bisiesto, quizás ese día nunca hubiese existido, pensó Isabel.
Por primera vez en mucho tiempo podían hacer lo que quisieran, pero no tenían ganas de nada.
“Recen por mamá”, les dejó escrito Martín, agarrado con un imán sobre la heladera, pero ninguno de los dos sabía hacerlo.
Se quedaron casi toda la tarde panza arriba mirando el cielo; esa era su manera de rezar. Leticia fue al mediodía para hacerles de comer. El teléfono no sonó en toda la tarde. De pronto, escucharon a Leti hablando con su padre desde la cocina.
Ahí fue que Isabel se dio cuenta de que se había olvidado el celular en su cuarto. Subió a buscarlo:
había como veinte mensajes de Martín y de su padre.
—Vamos, chicos, vístanse pronto, que su papá los está esperando en el sanatorio para que vean a su madre. Parece que la operan hoy mismo. Ya pedí el remis y está viniendo. Arriba están las camisas planchadas para Fede. Apúrense. ¡Ah! Y llévense una muda, por las dudas se tengan que quedar allá alguna noche.
—Yo ya estoy —dijo Fede.
—¿Vas a ir así?
—Sí, ¿qué tiene?
—Bueno, pero apurate que está llegando el remís.
Isa pasó por delante del cuarto de sus padres: estaba en penumbras y con la cama tendida; del placard asomaba la manga de un abrigo de su madre, como saludándola. Se acercó para acomodarlo y se detuvo a mirar toda su ropa: sus zapatos, sus vestidos de salir, su ropa de entrecasa. Miró todo como despidiéndose. Se llevó a la cara una de sus camisas: tenía olor a ella.
Toda su ropa colgada le pareció “envases de madre”, ridículamente vacíos.
Leticia gritó desde la puerta: —¿Qué estás haciendo, Isa? Está el auto esperando en la puerta para llevarlos.
Cerró el placard y bajó corriendo.
La única vez que Martín escuchó llorar a Malena fue durante la intervención. Sus gritos parecían el aullido lúgubre de un animal herido.
Durante la espera, Martín fijaba la vista en el linóleo amarillo patito del piso. Estaba en bastante buen estado a pesar del continuo tránsito. Se preguntó: “¿Por qué habrán elegido ese color?”. Una sombra avanzó detrás suyo: era su padre.
—Vamos a la planta baja, hay una cafetería; tienen para rato todavía.
—¿Cómo está mamá?
—Bastante débil; en ese estado no la van a poder intervenir. Vení, vamos a tomar un café.
—¿Pero qué dicen los médicos, va a zafar?
Su padre agachó la cabeza, presionándose el entrecejo entre el índice y el pulgar; Martín conocía bien ese gesto.
La puerta del ascensor se abrió. Un grupo de personas subió y ellos bajaron.
—Un café doble, por favor. ¿Vos, Martín, qué vas a pedir?
—No, nada.
—No podés no comer nada; ¿compartimos un tostado, querés?
—No, no, no quiero nada —repitió.
—Pedite un jugo, al menos —insistió su padre.
—Bueno, tráigame un agua sin gas.
—Los chicos ya salieron para acá.
—¿Cuándo se lo van a decir?
—¿Qué cosa? ¿Lo de mamá o lo de Malena?
—Todo, desde el principio. ¿O pensaban seguir engañándonos toda la vida?
—No los estábamos engañando, Martín. Intentábamos protegerlos. Mamá tenía terror de que rechazaran a Malena; después de que murieron sus padres, ella quedó sola a cargo de su hermana. Malena se aferró más que nunca a ella: naturalmente pasó a ser como una hija más.
—¿Qué? ¿Me vas a decir que sería normal que yo ande diciendo por ahí que soy el padre de Fede?
¿O de Isabel?
—¡¿Pero qué decís, Martín?! No digas disparates, hijo. No se pueden comparar con Malena.
Ustedes son sanos, van a tener un futuro; ella no. ¿Acaso alguna vez les faltó algo a ustedes tres?
—No me refiero a eso. Pero teníamos derecho a saberlo, ¿o no? Nunca supimos si estábamos limpiándole el culo a una hermana o a una tía, porque no es lo mismo. Pero no nos dieron opción.
Nos mintieron todos estos años; me mintieron desde que nací.
Martín agarró la botella de agua sin abrir y salió enfurecido de la cafetería. Fue a la habitación donde estaba su madre. Estaba lista para recibir sus últimas sesiones antes del trasplante de médula. Su madre dormitaba recostada y no lo oyó entrar. Se sentó en el borde de la cama; ella entreabrió los ojos y le tomó la mano. Estaba ojerosa y con un tono grisáceo.
Martín se recostó en su regazo y se puso a llorar. La botella de agua cayó al suelo y rodó a lo largo de la habitación. Ella le acariciaba el pelo, como cuando era chico, y le decía que todo iba a salir bien.
Fede y yo llegamos justo cuando se la llevaron. No pudimos verla. Papá estaba más serio que nunca. Me sentí culpable por no haber llegado a tiempo.
—¿La viste a mamá? —le pregunté a Martín.
—Sí, le di un beso de parte de ustedes. ¿Por qué tardaron tanto?
—No sé, el tráfico y el remis que tardó en llegar —mentí.
—Bueno, pero van a estar para cuando salga —nos consoló.
Mientras papá hacía trámites en el mostrador de entrada y hablaba con supervisores, Martín nos llevó a un McDonald’s que había cerca del sanatorio. Fede, ajeno a todo, no paraba de jugar al Roblox en su celular.
No me acuerdo qué hora era ni cuánto tiempo estuvimos esperando; daba lo mismo que fueran veinte horas o quince minutos. Salimos para volver al sanatorio; caminábamos lento y callados, demorando la llegada. Todavía no había novedades. Fede seguía sin despegar la vista del celular; durante las dos cuadras de trayecto se llevó por delante a dos señoras y pisó mierda de perro.
—Ay, sos tarado, Fede, ¿por qué no mirás por dónde caminás?
No contestó y siguió como si nada.
—Ahora no vas a poder entrar al hospital con la suela cagada.
En eso sonó el celular de Martín: papá nos avisaba que ya habían terminado con Malena.
Aceleramos un poco la marcha. Fede frotaba la suela de su zapatilla contra el cordón de la vereda; después repitió la maniobra en un pedazo de pasto que crecía al pie de un árbol. Había empezado a oscurecer.
Ya en la planta baja me pareció ver algunas caras conocidas.
—Ahí llegaron los chicos, Mauro —gritó una gorda bien vestida.
Se nos acercó y nos besuqueó. Yo sabía que era un familiar, pero no ubicaba quién. Después empezaron a aparecer más parientes y amigos. La sala de espera se convirtió en un mar de congojas y frases hechas.
—¿Cómo está Malenita? Pobre ángel. Qué suerte que ustedes están siempre tan unidos. Dios los bendiga. Mamita va a estar bien. ¡Qué grandes que están los chicos! Martín es el calco de Silvana.
¿Te acordás de mí, tesoro? Tía Nelda soy. Cuiden mucho al papi que está muy preocupado. Todo va a salir bien, van a ver. Lo último que se pierde es la esperanza. ¿Dónde estaba toda esta gente durante todos estos años?
Tenía ganas de mandarlos a todos a la mierda. El Big Mac que acababa de comer me subió por la garganta como una pasta inmunda y dulzona hecha de Coca-Cola, pan y carne; igual que toda esa masa de parientes de los que no tenía ningún recuerdo.
Corrí al baño a vomitar. Nadie se dio cuenta. Seguía el show de la congoja. Fede no apartaba la vista de su smartphone ignorando a todos; papá hablaba un poco con cada uno; Martín, serio como de costumbre, miraba todo desde un rincón sin decir nada. Volví a encerrarme en el baño y me metí los dedos en la garganta para largar lo que quedaba de la hamburguesa. Aproveché para llorar sin que nadie me viera, pero no pude, como si estuviese seca, y sin derecho a mi propio dolor.
Abrí los ojos y no supe dónde estaba. De pronto me sentí en el fondo de una pileta en penumbras.
No reconocía nada a mi alrededor, salvo papá, que dormía en un sofá al lado mío. Yo estaba en una especie de cama improvisada con almohadones. Me ardían los ojos, igual que con el cloro de la pileta.
—Pá, ¿dónde estamos? —le pregunté, pero no me respondió. Oí su respiración lenta y pausada, que me dio la pauta de que estaba vivo.
En eso se acercó la supuesta tía Nelda.
—Buen día, preciosa —me dijo en voz baja—. ¿Pudiste descansar algo? Vení, que te preparo el desayuno.
—¿Qué te gusta, café con leche o té? Tengo unas galletitas y mermelada también.
Después fue a su cuarto a buscar un par de toallas.
—Ahí al fondo del pasillo está el baño, tesoro, por si querés darte una ducha. Tu papá se tomó una pastillita para poder dormir. En un rato salimos para el sanatorio a ver cómo sigue tu mami.
—¿Salió bien la operación? —le pregunté, pero su cara falsa y fea me hizo desconfiar.
Me dio un beso en la frente la muy tarada y me dijo que mamá estaba “delicadita”.
“Delicadita”: qué palabra de mierda.
El baño era todo celeste, igual que la pileta. Estaba atiborrado de cosméticos y productos de belleza. Me di una ducha rápida y fui a la cocina.
—¿Y mis hermanos?
—Se quedaron en lo de Raúl, un amigo de tu papá. Nos repartimos así para que no tuvieran que volverse hasta Pilar. Vos te quedaste dormida; por eso no te acordás de nada.
Con el tiempo le fui perdiendo el asco al vómito. También aprendí a llorar bajo el agua. Es raro, pero se puede. Ahora entiendo bien el significado de “precariedad”. Descubrí que hay palabras que nadie te enseña y, sin embargo, con el ejemplo se aprenden para siempre. Y que “para siempre” no
existe: es una ilusión, una ilusión precaria, un consuelo para tontos. “Delicadita” también es una palabra estúpida y espantosa. A veces solo quiero olvidar. No sé qué busco aquí, en lo hondo, si de todas formas ella me hubiera perdonado. No tenía maldad.
Exhalé mi última bocanada de aire y subí. Empecé a tiritar. Salí de la pileta y vi mi casa iluminada desde afuera. Ya era de noche. Parecía la escena de una película, o de una publicidad: un hogar en armonía, luces cálidas y una familia feliz. Nada que ver con la realidad. Me acerqué, caminando encogida por los chuchos de frío, para ver si en una de esas era cierto.
Aquella tarde, después de la extracción, a Malena la trajeron en silla de ruedas. Todavía estaba medio somnolienta por la anestesia; el camisolín se le había corrido y le asomaba media barriga y una teta. A mamá la tuvieron que dejar en terapia intensiva hasta el día de la intervención. Yo sentía
vergüenza por la semidesnudez de Malena.
—Con un buen plan de rehabilitación, probablemente vuelva a caminar. Es lógico que esté dolorida un tiempo. Tiene que hacer reposo y eviten que se mueva por unos días.
No podía soportar que los médicos hablaran con tanta naturalidad con Malena dopada y medio desnuda. Intenté acomodarle el camisolín para cubrirla un poco.
Mientras tomaban la muestra de médula ósea, Malena hizo un movimiento brusco del que nadie reaccionó a tiempo. Ya estaban terminando con la extracción y, de imprevisto, se alteró por algo y empezó a patalear como loca; su torpeza natural, más el efecto de los sedantes, la hicieron caer de la camilla. Todo su peso muerto sobre la espalda le provocó una parálisis.
Salió todo mal.
“El estado de la paciente es precario”, dijo la doctora refiriéndose a mamá.
Nos quedamos dos noches más en capital. Ya estábamos asqueados de comer hamburguesas, empanadas o pizza; también al zapallo hervido que se huele en los pasillos del sanatorio.
Por fin volvimos a casa. La obra social nos dejó en consignación una silla para Malena. Nos aconsejaron atarla para evitar otro exabrupto y que se vuelva a caer. La intervención de mamá se reprogramó para unos días después.
Esa madrugada sonó el teléfono varias veces. Serían como las cinco. Papá respondió y después hubo un silencio demasiado prolongado.
Malena empezó a llorar como si lo hubiese sabido. Repetía “maita, maita”, como un mantra desconsolado. Así la llamaba ella a mamá. Me acerqué y la abracé. Estaba toda húmeda y pegajosa. Su cara hinchada por el llanto me rompió el corazón y lloré con ella. Le corrí el pelo de la cara y la besé en la mejilla. Estaba salada. Martín entró al cuarto, con una expresión desencajada: venía a darnos la noticia.
Le dije al oído a Malena: —Mamita ya está en el cielo.
Ella siguió repitiendo su mantra entre sollozos.
Martín me dijo:
—No está diciendo “mamita”; dice “hermanita”.
Yo no quise ver a mamá muerta; preferí aferrarme a su mejor recuerdo. Fede se animó a ver su primer muerto. “Parecía dormida”, dijo.
Malena todavía no volvió a caminar. En menos de una semana ya se cayó dos veces de la silla.
Tenemos que asistirla todo el tiempo y estar siempre muy atentos.
El fin del verano esta vez fue más triste que nunca. Todavía no me acostumbro a pensar que Malena es mi tía. Ella, a diferencia nuestra, siempre lo supo, pero nunca nos lo pudo hacer saber.
Había llovido toda la noche; cuando me levanté todavía goteaba por el alero. El sol de la mañana iluminaba las gotitas como diamantes. La lluvia había formado algunos charcos sobre el césped.
Un pajarito se bañaba en uno de ellos, agitando sus alas y hundiendo su cuerpito una y otra vez. Estábamos desayunando cuando la vimos acercarse con la silla de ruedas al borde de la pileta.
Seguía atada, pero las manos se las dejábamos libres para que pudiera desplazarse. Papá había salido y no sabíamos a qué hora volvería. “Tarde —dijo—. No me esperen a cenar”.
Martín subió el volumen de la radio y los tres seguimos desayunando en la cocina, callados e inmóviles.