
Por Hernán Carbonel
Una vez más, las indecisiones. Esa luna en capricornio, esa trampa, ese lastre. Entre volver a una vieja novela de Eduardo Blaustein, las Clases de literatura argentina de Sarlo, una novela de Iain Sinclair que acabo de robar (claro que no diré dónde) o Los llanos de Federico Falco. Una vez más, los demasiados libros, al decir de Gabriel Zaid. No me atosiguéis, al decir de alguien de cuyo nombre no queremos acordarnos. O, para ser más benévolos, la remera con que se presenta Rodrigo Fresán en la solapa de uno de sus primeros libros (puede que sea Trabajos manuales): “So many books… so little times!”. Algo así.
En esa isla de náufrago superpoblada, elijo volver a Falco.
Y ahí, en el epígrafe, aparece Ron Padgett. Parece a propósito (qué insolente resulta la expresión «a propósito», como si el azar o el destino fuesen un rulemán o un neumático que puede reemplazarse así porque sí), pero días atrás lo encontré por azar, que según Cortázar hace tan bien las cosas, en un posteo en redes sociales y no pude evitar reenviarlo a vínculos cercanos (esa idea de que somos lo que transmitimos a quienes queremos acercarnos).
La cosa es que el poema de Padgett con que me encontré se llama “Cómo ser perfecto”. Suena muy de autoayuda, pero lleva también una buena dosis de ironía. Es extenso, tiene pasajes maravillosos. Aquí un recorte:
Duerme un poco.
No des consejos.
Cuida los dientes y encías.
No te asustes por nada que no puedas controlar. No te asustes, por ejemplo, porque se pudiera derrumbar el edificio mientras duermes
(…)
Eleva tus pulsaciones a 120 durante 20 minutos seguidos cuatro o cinco veces por semana haciendo algo con lo que disfrutes.
Ten esperanza en todo. No esperes nada.
(…)
Establece contacto visual con un árbol.
Se escéptico con todas las opiniones, pero intenta ver el valor de cada una de ellas.
(…)
Saca la basura.
Ama la vida.
Lleva el cambio exacto.
Cuando haya un tiroteo en la calle, no andes cerca de las ventanas.
Ron Padgett es norteamericano, poeta, ensayista, narrador, traductor (por lo que recibió algún premio), fundó una revista literaria de vanguardia, estudió escritura creativa y literatura francesa, impartió clases, fue editor en Full Court Press. Busquen en la película Paterson, de Jim Jarmush, ahí aparecen poemas suyos en la voz del protagonista.
El epígrafe de Los llanos, entonces, es de Padgett, y dice:
Fue como si
[…]
el paisaje tuviera una sintaxis
parecida a la de nuestro lenguaje
y mientras avanzaba una larga
frase se iba diciendo
a la derecha y otra a la izquierda
y pensé
Quizá el paisaje
también puede entender lo que yo digo.
Podríamos arriesgar que esos versos funcionan en oposición a este memorable pasaje de “El fin” de Borges: “Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música”. Una simbiosis entre geografía y lenguaje, depende de la perspectiva desde la cual se lo observe.
Volviendo a Los llanos: Federico, ya no el autor sino el personaje (¿ya no el personaje, sino el autor?), está solo y espera. Tiene cuarenta y dos años, recién mudado a una casita en medio del campo, a pocos kilómetros de un pueblito llamado Zapiola, para rearmarse y hacer su duelo amoroso. Un lugar donde pasar el tiempo y empezar de nuevo, un lugar que “parece un bloque de silencio”, un lugar donde las cosas simplemente son, suceden. Ahí sí, todo es paisaje. Hay que contemplar, aprender, reconocer, cultivar, conversar con lo que rodea. Lo cotidiano, la recurrencia de la novedad, la soledad, la calma. El tiempo, las estaciones del año, como régimen ordenador. Mientras, vuelve hacia atrás en el tiempo: su relación recién rota, la familia de la que viene, los recuerdos de infancia. Mientras, se le escurren las letras: lo supera el desgano, el bloqueo. Lleva en cuadernos un registro autobiográfico en presente continuo, busca entre los pliegues del lenguaje. “Lo más difícil es siempre cómo nombrar”. Esa sintaxis de la que habla Padgett en el epígrafe.
Novela sobre la pérdida es Los llanos, una dulce, lacerante y maravillosa novela sobre la pérdida. Y un regreso a la llanura como escenario curativo. No importa: ya sabemos, aunque el Gran Charly opine lo contrario, que hay canciones que no se pegan con curitas. A no ser que le hagamos caso a Padgett y aprendamos cómo ser perfectos.



