—¿Qué se va a servir estimado? —me preguntó mientras yo no dejaba de mirar en el periódico que la cosa se estaba poniendo negra. Fue el lunes 17 de diciembre del 2001. Para los desmemoriados de la historia reciente Argentina, ese día resultó ser cuatro días antes a que nuestro presidente de ese entonces se subiera a un helicóptero para mandarse a mudar y dejarnos a todos, menos algunos privilegiados, colgados del pincel.
El mozo se llamaba Ángel, yo le decía Angelito, teníamos confianza, ya que desde nuestra mudanza de oficina hacía como diez años que no dejaba pasar ningún lunes sin tomar un café con mi socio, con un cliente o conmigo mismo en ese local emblemático de la avenida de Mayo entre Esmeralda y Suipacha.
Ángel era uno de esos mozos de antes, que no necesitaban anotar para tomar el pedido de una bulliciosa mesa de diez personas con gustos distintos, él volvía con todo, sin olvidarse de nada, y ostentando su memoria de elefante, le entregaba a cada uno lo que había pedido sin preguntar y sobre todo sin equivocarse. Jamás se le cayó un plato de la bandeja y siempre estaba atento a todo, no como los mozos de ahora que no tienen el oficio, que andan papando moscas o boludeando con el celular, que te cansas de hacerles señas con ambas manos para que te den bola y se despabilen, casi no te prestan atención, pero para mal de males se fastidian y ponen cara de culo si no les dejas propina por la pésima atención que recibiste.
El café es uno de los bares notables e icónicos de una Buenos Aires floreciente donde los cajetillas y los tangueros iba a concretar sus citas con alguna secretaria joven a la que querían impresionar. El tango se respiraba en cada baldosa y el chocolate con churros era la perdición de cualquiera que inevitablemente debía postergar la dieta para la próxima semana.
Si lo escuchabas hablar, él podría haber sido un anarquista de principios de siglo, en contra de las instituciones y con un rechazo radical a todo lo que estuviese pegado a la política. Era gracioso, pero no tanto, las cosas que decía me hacían pensar y hoy casi las comparto.
Angelito, según me había contado uno de esos días que hay pocos cliente, ser mozo fue el único empleo de toda su vida y con el había mantenido a su única mujer y a sus cuatro hijos de manera digna y sin que faltara jamás el pan en la mesa. Ángel era como el dueño del café sin serlo. A mitad de cuadra, de estilo francés, con mesas de mármol con manteles, que ya se dejaron de ver en los barcitos de moda y sillas de madera con cuero marrón en el asiento que te invitaban a quedarte horas conversando. En las paredes había fotos de futbolistas, de algunas personalidades de la cultura y famosos para la gilada. Angelito me contó la primera vez que atendió a Borges junto a su pareja, María Kodama, ella era una piba, me decía con picardía, al viejo lo único que le importaba era que el café fuese colombiano porque si no prefería tomarse un té negro al estilo inglés. Siempre entraba despacio, con su bastón del brazo de María, no había persona en el café que no se diera vuelta para mirarlo, era imponente a pesar de su ceguera. Su traje impecable, su estirpe, pero él solo quería que le permitieran ubicarse en una de las mesas del fondo para que no lo reconozcan, odiaba que los cholulos de siempre lo saludaran. Era muy tímido. Y también recuerdo que me contó, en otra de tantas ocasiones, su anécdota cuando conoció a Maradona, personaje contrapuesto si los hay, el Diego venía con una banda de casi diez amigotes, el café se convulsionó de inmediato, de ser un lugar apacible para el diálogo y la reflexión, se convirtió en una sede de la cancha de Boca, la gente lo ovacionaba, revoleaban las servilletas, golpeaban los cubiertos contra la vajilla y todo se había convertido en una fiesta, como si de pronto hubiésemos ganado el mundial de vuelta. Angelito siempre que podía me contaba esas historias, me decía que la cultura y la barbarie estaban en ese bar de techo de vitreaux. En resumen, la biblia y el calefón todo un cambalache como había pintado a todos, de manera exacta, el gran Discepolín. El café era eso para él, un cacho de historia con aroma a rico, con esas ganas de estar ahí aunque sea atendiendo de pie desde las ocho hasta que las velas no ardan.
Con su bandeja a cuestas, Angelito había transitado todas las crisis de la Argentina a través de sus cuarenta años de compromiso laboral sin imaginar que, cuatro días después de traerme ese último café, el estado iba a destruir por completo las esperanzas de todos. Jamás imaginó que todos los ahorros, los míos como los de él y sin duda los de otros mozos quedarían atrapados en las arcas de los bancos y ni las cacerolas haciendo ruido evitarían el desastre. Dejé de leer las noticias y me quedé mirando como Ángel esperaba mi respuesta.
—Lo de siempre Angelito… lo de siempre —le dije y seguí leyendo, sabía que no hacía falta nada más, él ya sabía que me gustaba el café colombiano como a Borges, con un chorrito de leche fría y con dos medialunas de manteca.
Ese fue mi último café. Cinco días después tuve que cerrar la oficina y tanto yo como mi socio tuvimos que improvisar nuevos rumbos para sobrevivir. El bar también tuvo que cerrar sus puertas por muchos meses y sus mozos tuvieron que apechugarse para salir a flote. Aunque parezca una ironía del destino aún conservo ese sabor de mi inocencia, mi estúpida confianza en los que por desgracia promulgan que todo lo que hacen es por el bienestar y la felicidad del pueblo.