Más de dos mil personas, viviendo en un esqueleto de nueve pisos de cemento, derruido, a punto de venirse abajo. Sin agua, sin gas, sin inodoros, sin vidrios. Aun así, era lo mejor que podían concebir. Más de dos mil.
Los únicos que lograban salir todos los días, eran los que tenían algún tipo de trabajo afuera y, como salvoconducto, traían algún mango, algo para comer, algo robado para cambiar. Había que pagar el derecho de piso para vivir allí. Para entrar, había que contar con el pase de Chicharrón. Lo llamaban así, porque de chiquito, se había salvado de morir quemado, único sobreviviente, cuando se incendió la casilla en la que vivía su familia. Él regulaba y ponía las normas, sabía todo de todos. En los pasillos inextricables de esa ciudad, bajo su tutela y su justicia, se amaba y se odiaba, se criaba y se moría, se fornicaba, se leía, se comía y se cagaba, se mataba; se cambiaba un gramo de droga por un paquete de salchichas, un pasacassettes por un paquete de pañales, un polvo por un gramo de droga; una economía circular. Pero todo estaba establecido y existía un cierto equilibrio respetado y conocido por todos y así se podía sobrevivir. Había que entenderlo bien para no pasar a ser cadáver.
Un día ocurrió la realidad. Otra realidad, decidida por el poder de turno. Con cargas de dinamita estratégicamente colocadas, el Albergue Warnes implosionó frente a cientos de cámaras de fotos que registraron el evento. Como si fuera necesario ese registro para demostrar que había existido. Una muerte anunciada. En tres segundos, las imágenes seriadas mostraron cómo ese otro mundo, que había sobrevivido durante cuarenta años sin ayuda, ni atención de nadie, se transformó de pronto en un cúmulo de escombros que apenas interrumpía la planicie del terreno. ¿Cuál de las dos era la realidad?