Borges también se equivocaba

Borges también se equivocaba. Y no me refiero a su condición de humano, que a eso estamos expuestos todas y todos (sin ir más lejos, aquel almuerzo con Videla como ápice de todo error). Me refiero específicamente, y acá si se pone peluda la cosa, al escribir. En la literatura. En sus cuentos. En aquello que mejor –el mejor– hacía. Error voluntario o no, sólo él lo sabrá. Y como ya hace cuarenta años que no podemos preguntárselo –si bien algunos llegaron a hacerlo–, bueno, no nos queda más que el recurso de la enumeración, tan borgeano, por cierto.

Comencemos por Ricardo Piglia.

Piglia, con dieciocho años y apenas un par de cuentos escritos, por entonces devoto lector de Hemingway, visita a Borges en la Biblioteca Nacional para ofrecerle una conferencia en la Universidad de La Plata, donde él estudia. Luego de la negociación, aprovecha para hacerle un comentario respecto de “La forma de la espada”. Le dice que el diálogo final (“—¿Usted no me cree? (…) yo soy Vincent Moon. Ahora desprécieme”) está de más, que esa explicación debilita el efecto del cuento, que basta con mostrar “la corva cicatriz blanquecina”, que eso es suficiente para que el lector note que Moon es el traidor. Textual en Borges por Piglia: “Sabe, Borges, hay un cuento suyo que no está bien terminado”. A lo que Borges le responde: “Usted también escribe cuentos”. Amén de la chicana borgeana por antonomasia, sí: para un lector de Hemingway, ese remate está de más.

Un tentempié, un interludio, algo muy al pasar: “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”, de El Aleph. Si en el desierto uno hubiera matado al otro, le hubiera desfigurado el rostro con una piedra, cambiado la ropa y robado el botín, también hubiese podido ser el otro, sin necesidad de construir una trama tan inextricable, para utilizar un término muy suyo. Pero esa no hubiese sido una solución borgeana: hubiese sido apenas el asomo de un argumento. Para que a Borges le resulte, o mejor, para que sea borgeano, son necesarios esos intrincados mecanismos internos del relato.

Pero mejor vayamos al más incompleto –¿imperfecto?– de sus cuentos. La querida y pobre “Emma Zunz”. Y que lo diga por nosotros Martín Kohan desde el capítulo “Caso resuelto” (que, como caso, sabemos, no lo es, o lo es de manera errónea) de su libro Lo que sé de Borges.

“¿Qué clase de peritaje podría llegar a confundir una relación sexual consentida con una violación sexual o un abuso? ¿Quién podría no advertir en su cuerpo la ausencia de las huellas de un forzamiento?”, dice Kohan. El estudio de fluidos seminales tras una vejación comenzó en la década del ’40, casi al mismo tiempo que Borges publica el cuento. ¿Es posible que Borges no lo supiera, o es posible que lo supiera y no lo tuviese en cuenta porque al cuento no les eran necesarios ese tipo de artilugios?

Hay un detalle –significativo detalle– que a Borges y a Emma se les escapa: los anteojos salpicados de sangre. “Es imposible que la policía”, dice Kohan, “al llegar y al fijarse, no deduzca que, si los anteojos del muerto están salpicados, es porque él mismo los llevaba puestos en el momento de morir”. Por ende, fue ella, cómo sabemos, quien se los quitó luego de matarlo, ya que están sobre el fichero cuando llega la policía. ¿Habrá que reducir todo al mal accionar de las fuerzas del orden público para que Emma sea declarada inocente?

Por otro lado, no deja de llamar la atención la cantidad de ropa que portaba un hombre que acaba de vejar a una joven. Hombre arrebatado había resultado ser don Loewenthal. Y, por último, los vecinos de la fábrica: ellos aducen haber oído ladrar al perro dos veces. La primera, seguida del chirriar de la verja al ser empujada; la segunda, posterior al disparo. Pero, al darse un intento de vejación, Emma hubiese gritado, y, al gritar, el perro hubiese ladrado; ergo, ambas estridencias deberían haber sido escuchadas por los vecinos. Tal cosa no sucedió.

En fin: quizás todo se deba a que “solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”.

De ahí, a la novela Continuidad de Emma Z., de Ariel Magnus (con contratapa de, justamente, Martín Kohan), hay solo un paso, y ese paso es intertextual e hipertextual.

¿Podría haber existido Emma Zunz, podría haber basado Borges su personaje en una persona real? Una apabullante multiplicidad de planos narrativos, algo que se rompe, como la cuarta pared en el teatro, y la literatura se convierte en realidad, la ficción se pasa “para este lado”. Eso y tanto más propone Magnus. Que no es otra cosa que lo que plantea “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. En palabras de –otra vez– Ricardo Piglia: “El problema no es cómo está la realidad en la ficción, que es lo que en general se busca, cómo una novela representa la época. Más que tratarse de ver cómo está la realidad en la ficción el problema es ver cómo está la ficción en la realidad”. 

Por eso Borges, aunque se equivocara, no se acaba nunca. Es infinito. Como un laberinto. O como un espejo. O como los errores humanos.

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