Dame la mano; no cruces la calle solo que te va a atropellar un auto. No comas bolitas de paraíso porque son venenosas. No jueguen con el perro, tiene garrapatas y si se te mete una
en el oído te puede matar una infección. Todos adentro cuando empiece la pirotecnia; no quiero a nadie cabeceando una bala perdida de algún borracho. No te acerques a una trafic blanca porque secuestran gente y le roban los órganos. No te bañes así de transpirado, te puede agarrar un calambre en el corazón. No prendas el ventilador descalzo. No lleves a una chica desconocida a tu departamento, son todas viudas negras. Jamás mezcles vino con sandía.
No fumes. No tomes. No viajes. No nada.
Mi madre creía que cada suceso de la vida era una muerte posible. Tal vez por eso, de tan precavida, había logrado esquivarla con elegancia todos estos años. Grande fue nuestra
sorpresa, entonces, cuando nos dijo que para su cumpleaños número ochenta, quería que le regaláramos un salto en paracaídas. Lo dijo así, sin más, como quien pide un anillo o un
vestido nuevo.
El pedido cayó como una bomba en el centro de la mesa familiar de los domingos. La miramos como esperando un remate que confirmara que era un chiste, pero no agregó nada más. En la galería se instaló un silencio post nuclear. Era algo extraño en nosotros, en mi familia somos expertos en crear comités ad hoc para opinar sobre la gestión adecuada de la vida de los demás. Pero ese día no volaba una mosca, ni el sifón de soda se animaba a chistar, hasta que entró mi cuñado Felipe —por lejos el más insoportable de la familia— pidiendo un aplauso para el asador, aunque trajera empanadas.
Luego de la sobremesa, nos hicimos un aparte hacia el fondo del patio, a la sombra de un árbol. Mandamos a los chicos a ayudar a mamá con el lavado de platos. Era una de esas
charlas solo para adultos, ni ancianos ni niños, las conversaciones incómodas son como los dulces, no se recomiendan a ciertas edades. Los intercambios eran caóticos, preguntas
lanzadas sin ninguna dirección y sin esperar respuesta: habremos entendido bien, justo ella que le tiene miedo a todo, sabrá lo que es un salto en paracaídas, quién le metió esa idea en la cabeza, estará manifestando síntomas de demencia. Estará comprendiendo la finitud de la vida, dijo por fin mi hermano menor, que se hace el filósofo. Después de ese debate flojo de
papeles concluimos que lo mejor era preguntarle. Y ahí empezó la secuencia imperativa: andá vos, mejor vos, andá vos.
Fui yo.
Vieja, recién estábamos hablando, viste que vos dijiste, no sé, capaz que no te entendimos bien, por ahí te referías a otra cosa, eso no sé cuánto vale, te podemos hacer un regalo mejor,
algo que quede de recuerdo, que se luzca en la fiesta, ochenta años no se cumplen todos los días, como vos quieras, es tu cumple, como te decía, no sé si entendimos bien, si estás
informada sobre cómo son esas cosas, ojo que si viste algo en YouTube no es tan así como dicen, tiene sus riesgos, no quiero decir que vos no puedas, cualquier cosa, si querés pensarlo,
todavía quedan algunas semanas, no hace falta apurarse, por ahí podemos ir a ver cómo es, no sé, quizás el impacto de la caída es fuerte, y vos con la osteoporosis… debe haber un límite de edad para hacer eso. Estamos de acuerdo, ¿sí?
Me gustaría que fuera al amanecer, me dijo. Caer a contramano del sol. Y volvió hacia la mesa y se puso a levantar los platos que quedaban.
El grupo me esperaba ansioso. Caminé hacia ellos con la cabeza gacha. Un truco para anticipar la derrota y así minimizar la catarata de preguntas. Pero habían estado viendo toda la
escena desde lejos e inmediatamente empezaron los reproches: si le había preguntado en forma clara, si la había dejado hablar porque parecía que siempre hablaba yo, que gesticulo
mucho con las manos y eso confunde y una sarta de sandeces que terminaron por agotarme.
¡Basta! Grité con bronca y volaron unos pajaritos del árbol. Todos hicieron silencio. Yo me voy a encargar de todo, dije por fin, la vieja va a tener el salto en paracaídas que quiere. Y me fui.
Quedaron todos como piedra. A decir verdad, estaba un poco cagado en las patas; la situación estaba tomando una dimensión de locura. Igual me reía por dentro mientras me alejaba, el
cornudo de Felipe se debía estar mordiendo los labios para no gritarme nada por miedo a que lo rete la jermu.
Esa noche recibí un vendaval de mensajes de mi hermana mayor. Resumidamente, me decía que soy un inconsciente, que no pensaba en la salud de la pobre vieja, que la iba a terminar
matando. Los mensajes empezaban con violencia y terminaban con dramatismo. La bloqueé.
Si quería hablarme, iba a tener que hacerlo a través del grupo general de la familia, y que todos confirmaran que era una loca.
A partir del día siguiente me puse en campaña. Para ser sincero, en ese momento me importaba más mi posición frente a mi familia que el riesgo de vida real al que podía empujar a
mi mamá. Había dado una muestra de carácter frente a todos y retroceder me haría ver como un pusilánime. Averigüé en diferentes lugares donde se practicaban saltos cerca de la ciudad, la respuesta de consenso fue que la actividad era viable para una mujer de su edad. Viable: que tiene probabilidades de llevarse a cabo. Nadie habló de seguridad ni de certezas, pero así es la vida. Alguno que otro sugirió la idea de pedir un certificado médico, no mucho más. Por pereza me incliné por uno de los menos estrictos. Pagué la seña y le mandé un mensaje con el comprobante a mi mamá, y ella me respondió con un pulgar para arriba. Le mandé un audio largo en el que me explayaba sobre mi proceso de búsqueda y selección, sobre la importancia de que ella cumpliera su sueño, que como hijo me iba a sentir orgulloso cuando la viera flotando entre las nubes. Esperaba, en el fondo, que me dijera que lo había pensado mejor y que le parecía una locura. Es más, que dijera que seguramente esos delincuentes no me iban a querer devolver la seña, porque a eso se dedicaban, a estafar y a matar gente con esa actividad asesina, que no entendía por qué la policía no lo prohibía. En cambio, recibí un emoticón como única respuesta.
Decidí que la dosis de prudencia la iba a aportar yo mismo. Me puse a investigar sobre condiciones de salto seguras. Leí acerca de una mujer australiana que hizo su primer salto a
los cien años y el último a los ciento dos. Me alivió saber que mi mamá estaba todavía a tiempo de realizar una extensa y exitosa carrera en el paracaidismo internacional. Busqué muchos
videos en los que explicaban la forma correcta de tomar contacto con la tierra para minimizar el impacto, el arco indicado del cuerpo durante la caída libre para aliviar el estrés en la columna, la dinámica del salto desde el avión. También chequeé que estuviera al día la cuota del seguro de vida. Uno nunca sabe. Compilé todos los videos que encontré ordenados cronológicamente según cada etapa de la experiencia y le añadí algunas explicaciones adicionales. Le envié todo por WhatsApp. Como título le puse: “Instrucciones para volar”. Estaba orgulloso de mi trabajo, hasta que recibí un parco “Gracias” y fue como una patada en el culo que me mandó derechito a ocupar mi casillero siempre invisible de hijo del medio.
La situación no me amilanó, había que seguir adelante. Armé una tarjeta digital invitando al evento y la envié al grupo de la familia. El salto estaba preparado para el fin de semana siguiente, la mañana del mismo día de su cumpleaños. A la noche, si teníamos suerte, habría fiesta en un salón que habíamos alquilado con mis hermanos. Si algo fallaba, íbamos a
necesitar como cinco freezers para guardar todo el catering. Lo positivo dentro de la desgracia: tendríamos a todos los familiares reunidos para el velorio.
Durante los días siguientes me aislé un poco y me llamé a silencio. Por un lado, no quería chocarme otra vez con la indiferencia materna y, por otro, sentía el abismo que se había abierto
entre el resto de mi familia y yo. Estaba seguro de que habían armado un grupo paralelo para criticarme, mi hermana habría de ser la que comandaba las hostilidades. En el fondo, no me
importaba demasiado, sabía que el día del salto, pasada la adrenalina de la mañana y el escabio de la noche, las piezas se irían reacomodando y cada uno volvería a cumplir su rol utilitario en esa estructura compleja e informe llamada familia.
Pasé a buscar temprano a mi mamá. Me estaba esperando en la puerta de su casa, vestida con un conjunto deportivo y un bolsito en la mano. Daba pequeños saltitos en el lugar. A
distancia, pensé que estaba practicando la caída, pero cuando me acerqué me di cuenta de que se estaba cagando de frío.
¿Estás lista? Sí. ¿Vamos? Sí. ¿Trajiste el documento? Sí. ¿No te arrepentiste? No. Feliz cumpleaños, viejita. Gracias.
Cuando llegamos al aeródromo me sorprendió ver a toda la familia reunida esperando. Habían montado un cartel de “Feliz cumpleaños” rodeado de globos. Apenas bajó del auto empezaron a cantarle y a bañarla en serpentinas. Por primera vez, desde que empezó esta aventura, vi a mi madre sonreír. También noté, como cabía esperar, que faltaba mi hermana, y mi cuñado, que es como un tumor deforme adherido a mi hermana. Empezó a darme pena por mi mamá que ella no asistiera a tan importante evento. Pero al instante me tapó la boca, porque apareció por detrás de mí con una torta en la mano. Me saludó con un beso gélido en la mejilla y siguió adelante con una sonrisa de oreja a oreja, caminando hacia el resto. El instructor que saltaría con mi mamá ya había llegado y estaba mezclado con el grupo. Era un rubio alto y bronceado.
Se notaba que tenía varios chistes armados para la ocasión el muy canchero, porque cada vez que decía algo todos largaban la carcajada. Cuando acabé por acercarme, llegué justo para el último remate. Dejemos la torta para después del salto, dijo, es mejor para los que están abajo que no salte con el estómago lleno. Y todos estallaron en risas. Yo también.
El rubio se la llevó para prepararla y darle todas las instrucciones. El resto nos quedamos en silencio. No era un silencio incómodo como resabio de la pelea de la víspera —en vano discutir, estábamos todos entregados a los hechos—. Era más bien un silencio individual, como si cada uno estuviera haciendo una plegaria interna, pidiendo que todo saliera bien.
Mi madre llegó al cabo de un rato. Pensé que la habían asustado con las advertencias porque ya no se la veía para nada relajada. Solo era cuestión de tiempo que apareciera su personalidad de siempre, que se arrancara el arnés y lo puteara al rubio por inconsciente. No sucedió. A pesar de que detectaba la preocupación en su mirada, entendí que no habría vuelta atrás, se mantendría estoica frente al destino. Quisimos abrazarla por última vez para despedirnos, quién sabía lo que podía suceder en los próximos minutos, pero nos detuvo con
un gesto de la mano y todos respondimos con la obediencia que dicta la sangre. La vimos alejarse y desaparecer por detrás del hangar. A los pocos minutos nos sobresaltó el rugido del motor del avión carreteando en pista y levantando vuelo casi frente a nuestros ojos. Agitamos los brazos en señal de saludo sabiendo que ya no tendríamos respuesta. El avión se alejó buscando altura. Nosotros, en tierra, fuimos arrimando de a poco nuestros cuerpos, pegándonos unos con otros, mientras mirábamos hacia arriba con el cogote retorcido. Fuera de la caverna, el único refugio es la manada. El avión pegó la vuelta y encaró hacia nosotros. Se nos acercó otro instructor para explicarnos lo que iba a suceder tramo a tramo y el lugar exacto en el que se iba a producir el contacto con el suelo. Llevaba una cámara pequeña para registrar toda la secuencia. No le dimos mucha bola, el cielo ejercía un poder hipnótico sobre nosotros.
Cuando el avión pasó por el lugar indicado por el instructor, vimos desprenderse una pelotita oscura desde un costado, cerca del ala. Vimos también que a esa bolita lejana le salían unas
pequeñas patas como si fuera un insecto. Si hubo grito, no lo supimos, el viento enmudecía la escena. Lo que parecía ser un insecto se empezó a agrandar y a tomar la forma, aunque
todavía diminuta, de dos figuras humanas superpuestas. Conté exactamente treinta y cinco segundos agónicos hasta que, de esa figura informe, se desprendió algo que parecían unas
sogas y una gran bolsa, como a un animal al que se le salen las tripas. La bolsa comenzó a expandirse poniendo un freno brusco a la caída. Lo festejamos como un gol. Había vítores y
saltos, llovía otra vez la serpentina. Después de ese breve estallido de emoción, dirigimos nuevamente nuestra mirada al cielo, justo a tiempo para contemplar el horror: la campana del
paracaídas comenzó a desgarrarse como la entrepierna de un pantalón ajustado.
Entonces
mi mamá
y el instructor
retomaron
la caída
libre.
Creo haber distinguido claramente el grito de terror de mi mamá.
Creo que nos abrazamos por primera vez con mis hermanos desde que éramos chicos.
Creo que el instructor que estaba con nosotros en tierra se desmayó o algo parecido.
Creo en Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.
Porque ocurrió el milagro. El acompañante de mi mamá pudo accionar el mecanismo auxiliar y se abrió un segundo paracaídas. Todo sucedió en apenas unos segundos, aunque para mí
fueron tan largos como mis cincuenta y cinco años de vida anteriores. La campana se abrió como una flor y se entregó dócil a la voluntad del viento. Los del suelo gritamos, lloramos, nos
volvimos a abrazar. Miedo, emoción, alivio, todo junto. Vi a mi cuñado mojado en sus pantalones, pero no dije nada.
Mi madre continuó su acercamiento a la tierra planeando mansamente, grácil, como una pluma de pavo real. El aterrizaje fue suave y me tranquilizó ver cómo su estructura ósea lo toleró bien. Aplaudimos al mismo tiempo y al compás. Nos respondió con un bailecito mínimo, como festejando que su familia sonara al mismo ritmo. El instructor de tierra, ahora repuesto del
síncope, destapó un champagne y nos bañó a todos con un chorro de espuma. Corrimos en tropel a abrazarla, todavía chorreábamos lágrimas y mocos. La comprimimos y la estrujamos
en nuestros brazos, le besamos las mejillas y la cabeza. Cuando el tumulto se despejó y le dimos un poco de aire, se apartó del resto y se acercó a mí. Me tomó por los hombros y me
habló al oído.
¡La vi! Finalmente la vi, me dijo, parecía chiquita y asustada.