De visita en Buenos Aires, el escritor español habla de su nueva (y recomendable) novela y adelanta su próximo trabajo, una crónica sobre un personaje increíble.

Por Alejandro Duchini
Español (Madrid, 1975) con nacionalidad argentina, el escritor Andrés Barba acaba de publicar la novela Auge y caída del conejo Bam (Anagrama) y está a la espera de la publicación, a comienzos de 2026, de una crónica sobre la vida de Edward H. Gibson, artista de teatro nacido en Praga que se convirtió en 1932 en el primer caso documentado de insensibilidad congénita al dolor. Gibson tenía la particularidad de tolerar los dolores físicos: tuvo un hacha alojada en el hueso temporal, una herida de bala, una nariz rota. “Una vez -recuerda Barba en diálogo con Azimut- llegó a pedirle en un circo a unas cincuenta personas que le clavaran agujas para demostrarles que no le dolía”.
Si el libro sobre Gibson se presenta en la previa como apasionante (aparecerá en la colección Compactos de Anagrama, tal vez en abril), no lo es menos Auge y caída del conejo Bam, relato en el que a través de una comunidad de conejos el autor cuenta cómo se construyen los líderes políticos, quiénes los levantan y por qué se caen.
La charla transcurre en Buenos Aires, organizada por la editorial -a través de su jefe de prensa, Sebastián Lidijover- para promocionar Auge y caída del conejo Bam. Barba viajó desde Posadas, Misiones, la ciudad en la que vive junto a su pareja y sus dos hijos. Allí se mudó luego de la pandemia. Hasta entonces, sus lugares en el mundo eran tres: Madrid, Nueva York y Buenos Aires. Pero la condición de misionera de su esposa fue vital para que se mudara a esa provincia que, al fin de cuentas, le permite criar a sus hijos de una mejor manera que en CABA, a la vez que encuentra allí la tranquilidad necesaria para escribir y leer. “Somos una familia nómade”, sonríe Barba, aunque esa definición parece más del pasado que del presente.
-¿Por qué Gibson?
-Porque desde que era chico me interesó el tema del dolor y nuestra relación con él. Gibson nunca sintió dolor físico. Su caso fue presentado en sociedad en Nueva York, tiene una historia muy particular. Gibson prácticamente se crucificó en público. Hace poco leí un libro que me fascinó, La cultura del dolor, de David Morris, que es una historia de la analgesia. La gente que no siente dolor, que es una enfermedad rara, por lo general se termina matando de joven. Pero en el caso de Gibson fue más allá: se presentó en espectáculos, se prestaba al sufrimiento físico frente a la gente. Era famoso por clavarse agujas del tamaño de una botella durante muchos años. Y después decidió ir más allá y se crucificó, y ante ese espectáculo una mujer del público se asombró tanto que se murió de la impresión. Gibson se sintió pésimo por esa muerte.
-No parás de publicar: acaba de salir Auge y caída del conejo Bam. ¿Cómo se te ocurrió la idea?
-Jugando con los personajes: de repente me dí cuenta de que me interesaba la genealogía del líder ¿Cómo se construyen los líderes, digamos, políticos? Y me pregunté cómo se forma su identidad, cómo se los hace de acuerdo a lo que una comunidad necesita de ellos y cómo, en una última instancia, es que son finalmente devorados por esa misma comunidad que los construyó. Ahí me surgió la figura de Copito.
-Que es el protagonista junto con Bam.
-Opté por dos personajes principales con varios satélites que contribuyen al mismo líder. Copito no sólo es el legatario de Bam; también es su legitimador, y es quien acaba siendo parte de la policía política de la Gran Madriguera, el sacerdote, el poseedor del legado y el constructor del relato mitológico de Bam. ¡El creador de la gran mentira! Y después hay otros, como Marrón, el comediante; y Glu, todo lo contrario, la coneja sabia.
-¿Por qué conejos?
-No tengo nada en particular con los conejos, ni tuve conejos de chico. Pero creo que el conejo encaja muy bien en términos de velocidad mental, porque es una criatura que conoce la velocidad, la histeria, el inmovilismo, el pánico, el anarquismo, el terror. Todo eso cuadra muy bien para contar nuestro mundo. Por otro lado, en muchos sentidos a los conejos se los caracteriza por el miedo. Y el miedo es la gasolina política del populismo. O sea, las estrategias retóricas de los líderes populares de la actualidad, cruzadas para generar miedo hacia todo lo demás, a lo que no tiene que ver con uno. Miedo y odio.
LIBROS Y REDES SOCIALES
-¿Qué cosas cambian a medida que publicás más y más libros?
-Creo que cada libro es un encuentro con un lugar, si se quiere, de divertimento. Cada libro es empezar de nuevo. Lo que es cada vez más difícil es la transición de un libro a otro.
-¿Por ejemplo?
-Cuando termino un libro y debo empezar el otro, siempre me pasa que me quedo pensando en el anterior. Me cuesta mentalizarme sólo en el nuevo trabajo.
-¿Te distraen las redes sociales?
-Ya no. Las dejé todas, me fui de ellas. Instagram tiene una estructura dialética que te obliga a hacer mentalmente una persona de 15 años. No importa cuán sabio seas, en Instagram siempre eres un adolescente. Porque su estructura narrativa no te permite ser otra cosa. Así que me fui de todas las redes sociales. Una vez que me fui, me dí cuenta de que son como el ruido molesto de la lavadora, que solo percibes lo molesto que era cuando se corta. Fue como un sentimiento de alivio. Eran más una carga que una verdadera comunicación.
-¿Cómo percibís la comunicación en estos tiempos?
-La comunicación está rota a unos niveles tan estructurales que da igual lo que le digas a una persona que asegura que la tierra es plana. No hay forma de convencerla de que no lo es. No hay lugar para el diálogo. Es como si se hubiera salido la cadena de la bicicleta y seguimos pedaleando y pedaleando en vano: hasta que la cadena no se acomode en los dientes de la rueda, no se va a mover la rueda. Estamos en un momento de transición a todos los niveles: ideológica, mental, filosófica, política, antropológica. Realmente estamos en un momento muy crítico.
-¿Imaginás un futuro complicado?
-Ojalá que los individuos no se vuelvan intelectualmente perezosos. ¿Cómo decirlo? Imagino una primera ola del tsunami que haya dejado una generación intelectualmente perezosa, casi totalmente acrítica, con un nivel de desidia casi total. Luego llegaría otra ola, que es la que destruye la ciudad: en esa ya hemos perdido todo: derechos civiles, derechos sociales. Bastante catastrófica en todos los niveles. Pero a la vez el nivel de incidencia de los individuos nunca ha sido tan grande. Hoy es tan grande que casi cualquier persona puede iniciar una revuelta porque tenemos estrategias para hacerlo. Yo creo que hay que confiar en esta generación que está siendo educada en el alerta a la tecnología.
-Ante su avance, ¿sentís que la Inteligencia Artificial puede reemplazar a los escritores?
-La inteligencia artificial puede escribir sus propios cuentos, novelas, ensayos, etcétera. Incluso puede escribir un relato en una hora. Pero veo muy poco probable que la inteligencia artificial tenga nuestro pensamiento deductivo. Es muy mala en eso, es decir, muy mala para romper las estructuras naturales de lo esperable. Al menos todavía. Al mismo tiempo, la inteligencia artificial no es sostenible en términos ecológicos: si hacer un dibujo con inteligencia artificial cuesta 5 litros de agua, pues, no es viable para el mundo. Desde el punto de vista literario no la considero una amenaza; de momento, me parece que estamos muy lejos de eso.
-¿De qué manera administrás tu tiempo como para leer?
-Gracias a Dios, vino a rescatarme el audiolibro. Yo la estaba pasando realmente mal porque de repente me había quedado sin tiempo para leer y empecé a escuchar libros. Compulsivamente: haciendo la compra, cocinando, durmiendo a mis hijos. Corriendo. Y los audiolibros me salvaron bastante. El mundo audiovisual ha llegado para quedarse. Es muy interesante ver cómo cambia la percepción entre los libros que uno escucha y los libros que uno lee físicamente. Pero no todos se adaptan a los audiolibros. Los que funcionan muy bien son los clásicos del Siglo XIX. Rojo y negro, las novelas rusas. Pero no así con los ensayos, porque por lo general uno necesita una velocidad más lenta de compresión. Pero, bueno, diría que en mi lectura semanal de dos o tres libros, uno es audiolibro.
-Con tantas mudanzas, ¿cuál es el recorrido de tu biblioteca tradicional?
-Como familia, tenemos un problema con la biblioteca cada vez que nos mudamos, porque es lo más pesado para trasladar. Pero al mismo tiempo uno construye su identidad alrededor de sus bibliotecas. Ahora tenemos una biblioteca de nuestra vida española. La que armamos cuando estuvimos en Nueva York, la vendí. Y en Posadas tengo una pequeña biblioteca construida un poco de emergencia en estos cinco años que llevamos allá. Pero a la vez hay mucho digital también. Y hay muchos libros que yo tampoco quiero tener. No quiero tener esa sensación de avalancha de libros que no tengo tiempo de leer. No me parece mal leerlos en PDF, además por una cuestión ecológica. Creo que todavía tenemos como una conciencia de que las bibliotecas son un tesoro. Pero hay que sacarse algún peso de encima, porque eso también alivia: si se trata de libros que no vas a leer ni vas a sentir que te pertenecen, jamás te vas a relacionar sentimentalmente.



