Letras móviles: A oblomovar mi amor

Se acerca el fin de semana. Algunas nubes anuncian lluvia. Si a eso se le suma cierta necesidad de soledad o, por el contrario, la ventura de un buen plan compartido, lo que se recomienda es oblomovar. Yo oblomovo, vos oblomovas, ella oblomova, todos oblomovamos.

Oblomov. Así es como los rusos llaman a aquellos que son incapaces de salir de la cama. Como existe lo kafkiano (el sinsentido, lo absurdo de la existencia, la carencia de una respuesta, la arbitrariedad y la opresión del poder, la condición trágica del ser, la impotencia del individuo frente a cualquier sistema establecido) y existe el bovarismo (esa continua insatisfacción) y existe lo borgeano (aquí nos eximiremos de mayores explicaciones), oblomov es uno de los tantos términos instalados en la condición humana a partir de una obra literaria. A saber: tal el título de la novela de Iván Goncharov, publicada en 1859.

En la calle Gorojovaia, en un barrio muy habitado, proveniente de una familia antaño rica e ilustre un poco venida a menos, vive un tal Ilia Illich Oblomov. Es un hombre “de treinta y dos a treinta y tres años, estatura mediana, exterior agradable y ojos de un color gris obscuro”. Guarda una expresión de cansancio y rara vez sus inquietudes se concretan. Envuelto en una bata que poco a poco va perdiendo su brillo original, para Ilia estar acostado no es algo incidental: es una necesidad. Al decir de Bartleby: Oblomov preferiría no hacerlo.

Ilia Illich se convirtió en la encarnación del hombre superfluo, incapaz de hacer cosa alguna con su vida. Escasamente sale de su habitación; aristócrata, inteligente, sensible, idealista, nihilista, desdichado, melancólico, abúlico, dubitativo, perezoso, un espectador de la vida hecho y derecho, esquiva los problemas y obligaciones que le llegan desde el mundo exterior. En fin: la novela -extensa, por cierto, como casi todas las novelas rusas del Siglo XIX- no es otra cosa que una sátira de la nobleza rusa de entonces, del zarismo de aquellos años. Al decir de Tolstói, se trata de una obra maestra. Incluso un tal Nikolái Dobroliúbov llegó a escribir un ensayo titulado ¿Qué es el oblomovismo? el mismo año de la publicación del libro.

No dijimos nada de Iván Goncharov, el padre de la bestia. Hagámoslo ahora.

Goncharov quedó huérfano de padre siendo muy pequeño, con una madre entregada a tiempo completo al negocio familiar que les daba sustento. Estudió en colegios privados e internados donde conoció (oh experiencia, materia prima de nuestra literatura) a hijos de la nobleza. Dominaba varios idiomas -francés, inglés, alemán-. Una vez en Moscú, pasó por la escuela de comercio, a la que cambió por la filología. Su sostén económico le vendría a partir de sus trabajos en la administración pública. Ministerio de Comercio Exterior, haciendo las veces de traductor, Ministerio de Instrucción Pública, director de Ediciones e Imprenta. Además de novelista, lo que le daría la fama, cultivó el arte de la crítica y el ensayo. Como su personaje, Goncharov gustaba de llevar una vida sosegada, pacífica, esquivando los grandes vaivenes.

Es cosa de decir Oblomov y acordarse de aquella vieja película argentina La fiaca, con una impresionante actuación de Norman Briski -dirigida por Fernando Ayala, basada en una obra teatral de Ricardo Talesnik-, que cuenta la historia de un simple empleado de oficina, de vida repetitiva, que, de un día para el otro, se revela ante la realidad abandonando su rutina laboral, las tareas hogareñas y todo lo que implique una obligación. Porque tiene fiaca. Claro que después el mundo se encargará de demostrarle a Néstor Vignale los límites de su holgazanearía, su concepto de libertad y sus aires de rebelión. 

Como Oblomov tardaba tanto en levantarse de su cama, sus asistentes domésticos, amigos clientes y familiares iban a consultarlo a sus aposentos. Nada distante a lo que supo hacer Juan Carlos Onetti durante sus últimos años en Madrid. En la cama, Onetti comía, daba entrevistas, recibía a sus amigos, bebía sus whiskys, fumaba como un marrano y leía, una tras otra, novelas policiales. Porque, él mismo lo decía, la cama era el lugar donde todo lo importante sucedía. 

Cuando Dios creó el mundo “cometió algunos errores / pero cuando te creó a ti / durmiendo en la cama / se derramó sobre su Bendito Universo”, dice Bukowski en uno de sus tantos y oscuramente bellos poemas. Es probable que Ilia Illich concuerde con esta idea.

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