Letras móviles: La vida en los bosques

¿Se irían a vivir a los bosques? Así de sencillo: construir una cabaña con las pocas herramientas de que dispusiera, darle las mínimas comodidades, porque menos es más: un colchón, algunos cacharros para la cocina, una estufa casera para el invierno, un sistema de ventilación natural para el verano; aprender a escuchar los sonidos de la naturaleza, convivir con sus desafíos. ¿Puede el ser humano regresar a un estado de naturaleza?

Sí. Tal vez como Caroline y Padre en Mi abandono. Ella, de trece, él, veterano de guerra, ahí, en las afueras de Portland, Oregón. “¿Cómo están? ¿Felices? ¿Piensan distinto a la mayoría de las personas? ¿Se preguntan si se puede vivir de otro modo? Yo era una chica como ustedes y puedo contarles”, dice ella, siempre con la conciencia de que “las máquinas causan tantos problemas como los que solucionan”, al mismo tiempo que “no se puede confiar en los hombres”. Y, como Caroline, tomar cada experiencia como un amanecer, llevar un diario, recoger las ideas, agruparlas y escribirlas, que se convierta en libro como hizo Thoreau con su Walden.

Dos años, dos meses, dos días en una cabaña construida por él mismo, cerca del lago que le da título al libro. “Fuimos a la naturaleza porque queríamos vivir deliberadamente”, esas son sus palabras. Asceta, ermitaño, místico, disciplinado, dueño de un desprendimiento similar a lo que proponen filósofos de hoy como Byung-Chul Han. Naturalista e inconformista, Thoreau había pagado con encierro por negarse a abonar impuestos a un estado que creía opresor y esclavizante, como bien imprimió en La desobediencia civil. Ya que es en la naturaleza donde el hombre encuentra su verdadera libertad, así es que “todavía hay mucho más para amanecer”. 

Es también a orillas de un lago donde Benjamin Sachs −protagonista de Leviatán, de Paul Auster−, tiene una casa de campo, pero en Vermont, como parte de una de sus camaleónicas transformaciones antes de su huida final. Sachs había comenzado a escribir un libro titulado Leviatán, el mismo título que luego Aaron (el espejo de Auster) utilizará para el libro que escribe −durante su estadía en la casa de campo de Vermont− para contar la historia de Sachs.

Thoreau, sabemos, era uno de los autores preferidos de Paul Auster, lo cita en Fantasmas, sin ir más lejos. Thoreau, habiendo construido su cabaña, tomaba notas de su experiencia (economía, cultivos, especies animales, vecinos, lecturas), buscaba desprenderse de la sumisión que proponía la sociedad industrial, tal como hizo Ted Kaczynski, más conocido como Unabomber

Matemático, filósofo, graduado en la Universidad de Harvard, doctorado por la Universidad de Míchigan, profesor adjunto en la Universidad de California, a los veintinueve años Kaczynski hizo mutis por el foro y se retiró a una cabaña sin luz ni agua corriente en medio de un bosque del estado de Montana y desde ahí, entre 1978 y 1995, envió una serie de cartas-bombas, algunas de ellas mortales, a objetivos prefijados, utilizando el correo postal. Como Unabomber firmó ese ya famoso manifiesto “La sociedad industrial y su futuro” (léanlo, porque su nivel de actualidad es llamativo), que llegó a publicarse en el Washington Post. Dato al pasar: Piglia lo homenajeó en su novela El camino de Ida, renombrándolo como Thomas Munk.

Cierto que ningún de ellos lo hizo en comunidad, como en aquella película La aldea. En un valle de Filadelfia, rodeado de bosques que forman parte de una reserva natural, un grupo de familias viven alejados de la civilización con un porqué que la civilización misma les ha dado. Pero aquello que se afanan en ocultar, aquello de lo que quieren desentenderse a través de un engaño, será su peor trampa. Lo dice Caroline en Mi abandono (que también tuvo su versión fílmica, llamada Leave no trace): “las personas no nacieron para vivir en las ciudades. Se juntaron porque tenían miedo y vivir así les hizo tener más y más miedo”.

Aunque quizás el mejor film sobre ese aislamiento en la naturaleza sea Into the Wild, escrita, coproducida y dirigida por el Gran Sean Penn, basada en un libro homónimo de Jon Krakauer. Historia real: Christopher McCandless, viajero crónico, icono popular yanqui de entonces, murió en Alaska, cerca de un parque nacional, después de vivir en soledad tres meses en medio de las montañas. Esa sí deben verla, es un favor que les pido. La interpretación de la banda sonora estuvo a cargo de Eddie Vedder; es implacable.

No importan la enumeración, los casos, las variables. Como cualquiera de ellos, cualquiera de nosotros, viviría en los bosques. Sólo si ellos lo aceptaran, claro. Porque quien vive en estado de naturaleza decide qué hacer con su vida, y nadie, en su sano juicio, puede o debe decidir por él.

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