
Por Hernán Carbonel
El atlas del Gran Kan contiene también
los mapas de las tierras prometidas
visitadas con el pensamiento pero todavía
no descubiertas o fundadas.
Italo Calvino. Las ciudades invisibles
Hay un texto de Borges –dónde, cuándo no hay un texto de Borges– sobre la metatextualidad que se llama “Cuando la ficción vive en la ficción”. En el primer párrafo dice: “Hacia 1921, descubrí en una de las obras de Russell una invención análoga de Josiah Royce. Éste supone un mapa de Inglaterra, dibujado en una porción del suelo de Inglaterra: ese mapa —a fuer de puntual— debe contener un mapa del mapa, que debe contener un mapa del mapa del mapa, y así hasta lo infinito”. (Cito también el comienzo de ese texto, unas líneas antes, porque es tan borgeano que resulta inevitable: “Debo mi primera noción del problema del infinito a una gran lata de bizcochos”. Risas).
Escribe Hernán Ronsino en uno de los artículos de Notas de campo: “Me gusta pensar, entonces, que la escritura es lo más parecido a imaginar mapas ilegítimos”, y cita un cuento de Bruno Schulz. “Mi padre conservaba en el cajón inferior de su amplio escritorio un hermoso plano antiguo de nuestra ciudad. Era en realidad todo un volumen en folio, de pergaminos que, unidos por medio de cintas, formaban un inmenso mapa mural que representaba un panorama a vuelo de pájaro”. Así comienza ese cuento de Schulz, “La calle de los cocodrilos”.
Y es ahí donde nos preguntamos –si lo leen quizás también se lo pregunten– qué tanto existe esa ciudad de Schulz; cómo la visión de un hombre, en la Polonia de los años ’30 y 40, se adelanta a las sociedades del Siglo XX; una calle, una ciudad como representación, el famoso “pinta tu aldea”. En palabras de Ronsino, la cartografía de un territorio como columna vertebral de una lengua.
Schulz, ese anónimo maestro de dibujo de una escuela de Drohobycz –en la región de Galitzia, bajo el poder del Imperio de los Habsburgo, cuando el pueblo “era 50 por ciento polaca, 50 por ciento ucraniana y 50 por ciento judía”, según Juan Forn– que se dedicó durante un tiempo a contar por carta historias de aquella comunidad, un día decidió que no escribiría más, a la manera de un Bartleby de la Europa del Este, hasta que el exterminio nazi se encargó de darle sentencia definitiva a su decisión.
“La guerra arranca a la gente de sus lugares y la tira en medio de un remolino”, a veces “sin que se muevan de su límite geográfico”, dice Tomás Abraham en “Los polacos”, de su libro Fricciones. Y dice, también, que el talento de Schulz “es haber logrado escribir desde un punto central. Un punto bajo. Bruno se agacha, se aleja o está demasiado cerca, susurra, se deprime. Feo, algo jorobado, mira de abajo para arriba. Su mirada es la del desamparo, pero sonríe, en el rabillo del ojo sonríe”. Tiene, dice Abraham, “la humedad de la infancia”, “hace de la fragilidad una moral”, “no dice tener razón, afirma equivocarse, estar desorientado”. Como quien elige –y esto, sepan perdonarme, lo digo yo– extraviarse en el mapa a través del cual debía conducirse.
“Varias veces me hablaron del hombre que en una casa del barrio de Flores esconde la réplica de una ciudad en la que trabaja desde hace años” escribe Ricardo Piglia, y es imposible no pensar en los cocodrilos de Schulz: “La ha construido con madera y yeso y en una escala tan reducida que podemos verla de una sola vez, próxima y múltiple y como distante en la silenciosa claridad. Siempre está lejos la ciudad y esa sensación de lejanía desde tan cerca es inolvidable. Se ven los edificios y las plazas y las avenidas y el suburbio que declina hacia el oeste hasta perderse en el campo. No es un mapa, ni una maqueta, es una máquina sinóptica; toda la ciudad está ahí, concentrada en sí misma, reducida a su esencia. La ciudad es Buenos Aires pero modificada y alterada por la locura y la visión microscópica del constructor”.
Pero Piglia no refiere a esa cartografía representativa una, dos, sino varias veces. En “La moneda griega” y en “Diario de un cuento”, en el tomo uno de Los diarios de Emilio Renzi, como prólogo a El último lector –una vez más el cruce de géneros: diario, ensayo, relato–, al final de “En noviembre”, de La invasión, y como “Pequeño proyecto de una ciudad futura” en la revista Letras Libres de México, con obvias variables de extensión y ramificaciones. “Entonces comprendí lo que ya sabía: lo que podemos imaginar siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño”. Y el personaje que lleva a cabo esa representación se apellida –sí, como en Borges– Russell.
Hay más. “Hace un tiempo me contaron la historia de un hombre que en una casa del barrio de Flores guarda la réplica de una ciudad en la que trabaja desde hace años”. El guión es de Pablo De Santis, las ilustraciones de Luis Scafati, y el prólogo a la adaptación a novela gráfica de La ciudad ausente del mismo Piglia. Podría citar ese prólogo indefinidamente, como indefinidamente se puede mapear un territorio hasta agotarlo en sí mismo, porque –y ya lo habrán descubierto– no hay infinitud que sea mapeable.
Como, según Thomas Wolfe, sólo los muertos conocen Brooklyn, citemos un fragmentito de ese cuento (disculpen la traducción, es ibérica):
–Ah –dice–. Tengo un mapa.
–¿Un mapa? –digo.
–¡Pues claro! –dice–. Tengo un mapa donde salen todos estos sitios… Lo llevo siempre que salgo.
¡Josús! Y con las mismas va el tío y se saca el mapa del bolsillo y, perdóname, así como te lo digo: ¡que lo lleva ahí, no se lo ha inventao!… Un mapa grande como mayo de todo este puñetero sitio, con todos los caminos pintados. Marcados, no sé si me entiendes… Canarsie, todo el este de Nueva York, Flatbush, Bensonhoist, Brooklyn sur, los Heights, Bay Ridge, Greenpernt… Todo el puñetero dibujo. Lo tiene todo pintao ahí, en el mapa.
Abrimos con Borges. Cerramos con Borges.
Es un cuento muy cortito. Está en El Hacedor. Es, una vez más (como Pierre Menard, como Almotásim, como tantos otros), una falsificación literaria, se lo atribuye a un inexistente Suárez Miranda (“Viajes de Varones Prudentes, Libro Cuarto, Cap. XLV, Lérida, 1658”) y linkea con Lewis Carroll (“–Nunca ha sido desplegado todavía –dijo Mein Herr–, los granjeros se opusieron. Ellos dijeron que cubriría completamente el país, ¡y no dejaría pasar la luz del Sol! Así que ahora utilizamos el propio país, como su propio mapa, y te aseguro que funciona casi tan bien”).
El texto de Borges se llama “Del rigor en la ciencia” y dice así: “En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas”.



