Sergio Olguín: “El policial es el género más argentino que tenemos, más que la gauchesca”

Sergio Olguín es autor, entre otras obras, de Las griegas, 1982, Los últimos días de Julio Verne, y de la saga de Verónica Rosenthal, una periodista y detective muy intrépida y sagaz. En poco tiempo, ella protagonizará “la novela menos policial de todas”. Conversamos sobre sus lecturas de juventud, su incursión en el periodismo, su icónica revista V de Vian y los autores que marcaron su vida como lector y escritor.

Foto por Alejandra López

– Cursaste la primaria y la secundaria durante transiciones políticas fuertes: Perón, Isabel Perón, la dictadura, el regreso de la democracia ¿Te acordás de qué leías y cómo se leía?

– Empecé con un gobierno democrático y terminé con un gobierno democrático. En el medio, la dictadura. Hice la primaria durante un gobierno peronista, pero en primer y segundo grado eso no se notaba. No teníamos libros de texto alusivos a los años cuarenta y cincuenta. Yo venía de una familia no muy militante, pero fiel al peronismo. Mis recuerdos son más del secundario. Hice el comercial que, al menos en esos años, estaba muy reñido con la cultura. Pero por esas cosas de la vida, en vez de inglés, me tocó francés. Leíamos textos literarios, canciones. Y castellano era una materia poco interesada en enseñarnos literatura. Siempre me dio bronca que mis profesores no se dieran cuenta de mi interés por la literatura. Un trabajo muy tonto que nos hacían hacer era el de copiar textos. Todos copiaban libros de texto y yo agarraba a Kafka, a García Márquez, y nunca una profesora me preguntó: “Che, ¿te gusta leer?, ¿querés que te recomiende algún libro?”. Nos hacían leer poemas que ya me sabía de memoria y a ningún profesor le llamaba la atención. Estaban muertos esos profesores, realmente. Sí tuve una profesora de literatura muy piola en cuarto año. Ahí cometí los primeros plagios literarios. Escribía ficción y ella estaba muy contenta. Como era en equipo, todos querían trabajar conmigo. A cambio, yo no hacía nada en los equipos de biología porque odiaba cortar sapos y ranas; esas cosas muy divertidas, pero horribles. En quinto, empecé a hacer una revista escolar y escribí un artículo; quizá uno de los primeros en mi vida. Hablaba de lo mal que se enseñaba la literatura en las escuelas y proponía a autores como Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa que habían sido prohibidos por la dictadura. Así que la experiencia fue triste y pobre a nivel literario.

-¿Cómo se llamaba la revista?

-Cambalache, porque siempre entendí a la cultura como una mezcla de lo bajo y lo alto. Pero en ese momento le puse así porque Serrat lo había cantado cuando era un tango prohibido por los militares. Era casi el final de la dictadura y nosotros concebíamos una revista contra la dictadura. Había una serie, Centennial, sobre los cien años de democracia en Estados Unidos. Nosotros hacíamos una historieta llamada Septennial, que iba a contar en cada número un año de la dictadura. Colaboraban varios compañeros míos. Nos reuníamos en el garage de mi casa. Cada uno venía con su máquina de escribir. Éramos lo más parecido a una redacción, pero nunca tuvimos plata para fotocopiarla. Ese es el problema de las escuelas del conurbano bonaerense: tenemos muchas ideas, pero poca plata para realizarlas. 

-¿Cómo fueron los primeros “plagios literarios”?

-La profe de literatura de cuarto año nos había dado unos capítulos de El Quijote para reescribirlos en tiempo actual. Una idea que robé era la del desexilio, un concepto del que hablaba Mario Benedetti. Me interesaba la política, los exiliados, el regreso a la democracia. El 83 fue un año maravilloso porque era el fin de la dictadura. Salíamos a la vida adulta en democracia. Recuerdo otro texto, creo que de Fuentes. Lo escuché recitado por Cipe Lincovsky en la radio. Tenía que hacer un trabajo sobre la Malinche y le robé mucho a ese texto que hablaba de ella; lo reelaboré. Ya tenía presente la idea de que todos los escritores son uno y puedo tomar lo que quiero de ellos. Pero mi problema es que nadie descubre eso. Estoy esperando que alguien me diga: “Ah, lo tomaste de acá”, y en general los lectores no se dan cuenta. El comienzo de Las extranjeras es una parodia del comienzo de Alexis o el tratado del inútil combate, de Marguerite Yourcenar, y nadie me lo ha dicho. Tengo que estar diciéndolo yo en entrevistas.

-¿Y con los intertextos tampoco? También hacés alusiones.

-En Lanús, alguien le dice algo en un sueño a un personaje. Es la letra de “Roma no se hizo en un día”, una canción de Morcheeba que escuché mucho durante la escritura de la novela. Ese capítulo se llama “Lanús no se hizo en un día”. En Springfield, construida a partir de la cultura norteamericana, la escuela donde van los chicos se llama George Maharis por Ruta 66. Aparecen personajes de series: el sheriff Lobo, B.J ya viejo. Me gusta jugar con la herencia cultural, como un nene jugando con la ropa de sus padres. Me da un plus en el momento de escribir. Siento que estoy haciendo un pequeño juego casi para mí mismo. Pero el texto tiene que ser lo suficientemente sólido para sobrevivir al intertexto o a la referencia cultural. No importa si viste la serie B.J o no.

-Retomo la faceta periodística. ¿Cómo entró un ateo a la revista Familia Cristiana?

-Creo que no lo conté nunca: aprendí primero a rezar que a leer. Mi madre, sin ser extremadamente religiosa, tenía costumbres católicas. Me había enseñado a rezar de chico, costumbres que en los momentos difíciles de mi vida no abandono. Sin embargo, no fui educado de manera religiosa. Y como mi formación en la adolescencia tuvo más que ver con la literatura y con pensadores ateos, me convertí en un ateo militante y, por momentos, agnóstico. Cuando entré a Familia Cristiana, yo vinculaba a la iglesia con muchos crímenes que se habían cometido en la dictadura. En realidad, lo que pasó es que yo hice un taller literario con Gloria Pampillo en el que participaban profesoras de literatura. Les había contado que iba a estudiar periodismo y no estaban de acuerdo. Gloria quería que estudiara Letras, pero yo necesitaba trabajar. Una de ellas me lo presentó a Ignacio Palacios Videla que trabajaba en el viejo Tiempo Argentino, el de los ochenta y comienzos de la democracia. Me dijo: “Estás en la secundaria. Sos chico para trabajar en una redacción. Empezá a escribir notas para una revista. Puedo contactarte con Familia Cristiana, ¿tenés algún problema con la iglesia?” Y yo: “No, en absoluto”. Fui pensando que no iba a durar ni una nota. Me atendieron la directora y la jefa de redacción, dos monjas paulinas: Elena Oshiro y Claudia Carrano. Me pidieron que escriba un artículo sobre la transición entre la dictadura y la democracia en los jóvenes. Entonces, me referí a un episodio de ese tiempo: un grupo ultramontano católico había ido al Teatro San Martín a tirar piedras contra una obra de teatro de Darío Fo y Franca Rame. Pensé que me lo iban a bochar. Y no. Me hicieron reescribir la nota, pero no por eso, sino por el tono. Y estaba muchísimo mejor. Entregué el artículo el 7 de junio del 84, el Día del Periodista. Elena Oshiro fue una mujer extraordinaria.

-¿Nunca te censuraron una nota?

-No. Me cortaron algunas referencias sexuales en un artículo sobre el viaje de egresados a Bariloche. Elena me dijo: “Mirá, esto lo vamos a tener que sacar por qué hay batallas que todavía no vamos a dar”. Tenían muchos problemas con el público. Llamaban quejándose por los artículos de la revista en general. Los míos eran tranquilos, salvo ese. Se ponía en tapa la pintura, la literatura. Era una revista por suscripción. Se bajaron muchos cuando Borges fue tapa: “¡Cómo van a poner a un ateo!”. Durante la dictadura, las monjas se apoyaron en obispos progresistas como Novak o De Nevares. En democracia, en la mamá de Alfonsín que era una señora de noventa años suscripta a Familia Cristiana. Cualquier cosa, las monjas la llamaban directamente ella. Pero las hermanas paulinas tenían una provincial de jefa que estaba peleada a muerte con la directora de la revista. Convencieron a algún obispo argentino para que vaya al Vaticano y le plantee al Papa Juan Pablo II que, si creían que Familia Cristiana Italia era de izquierda, Familia Cristiana Argentina era directamente comunista. Entonces, vino la orden del Vaticano de sacar a las monjas. Las reemplazaron unas monjas brasileñas, que casi no hablaban español. Al equipo lo echaron, salvo a mí que era colaborador permanente y no estaba en relación de dependencia. En el 90, sí me echaron. Pero la indemnización me vino bien para hacer la revista V de Vian.

-¿Por qué el nombre V de Vian?

-Como homenaje a Boris Vian. Yo estaba fanatizado. Queríamos publicar con Pedro Rey unas traducciones que habíamos hecho de unos textos de Vian y que nos habían rechazado en una revista universitaria. Le propuse a Pedro y a Karina Galperín hacer la nuestra. Estaba de moda hacer revistas, como ahora desarrollar editoriales. Me parece que lo que uno busca cuando arma una editorial o una revista es participar de la discusión literaria, de posicionarse. Un poco del atractivo era la tapa. En principio, iba a estar Vian. Los textos eran la traducción de una conferencia sobre el erotismo y la literatura. Con el diseñador, fuimos por Avenida Corrientes a buscar imágenes para ilustrar eso y encontramos una carpeta de un fotógrafo francés, con fotos eróticas muy lindas. Había una de una chica con trenza larga, de espaldas, desnuda. “Esto es la tapa de una revista, no importa de qué, pongamos esto”, dije. A los kiosqueros les había gustado y las ponían con las revistas de moda. Fue una revista cultural distinta. Empezó a hablar de género como cuestión política, que en los noventa no estaba claro ni para nosotros. Publicamos notas sobre personas trans, sida, sexualidad, homosexualidad. Fue una revista que salió para pelearse con la crítica y terminó haciendo crítica. Santiago Pazos, mi alter ego, era un personaje que hacía crítica fuera de lo académico. Y debo reconocer que la crítica periodística cultural en ese entonces era muy buena. Un poco más vulgar, quizás, que la crítica académica, pero con garra. Tenía unas ganas de discutir la literatura que hoy no se ve en ningún ámbito. Hoy las opiniones de los escritores son muy políticamente correctas. O alabamos a los mismos, o nos callamos cuando algo no nos interesa. No estaría mal que saliera una nueva generación de escritores a cortar cabezas. Eso es lo que hacía Santiago Pazos: cortar cabezas y amarras. 

-¿Cómo llegaste al género policial?

-En la facultad. Una novia que tenía me regaló una antología del policial argentino, de Lafforgue, en la que estaban Gandolfo, Sasturain. Empecé a leer en paralelo a Chandler. Más tarde, a McCoy y me quemó la cabeza; me parece el mejor de todos. Encontré en el policial un vehículo para contar una historia. Subo al género todo lo que quiero contar. Y tiene que ver con los vínculos amorosos, pasionales, que es lo que más me interesa. Si tuviera que elegir un género para escribir, no sería la novela policial, sino la novela romántica. Pero el policial es el género más argentino que tenemos, más que la gauchesca. Creo que todos, tarde o temprano, recurrimos al policial. Piglia y Gandolfo recurrieron al policial. Hay algo en el género que nos resulta atractivo: la cuestión del delito, la violencia. Ahí fui encontrando elementos que están en Lanús, en Filo. Pero en esos años, la lectura de otro tipo de policial, el nórdico, me permitió meterme con otras cuestiones. Verónica Rosenthal es una cruza de esos géneros: del policial argentino, del tradicional norteamericano, y, sobre todo desde cierta perspectiva de género, del policial nórdico.

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