Los desafíos de escribir sobre la actualidad en tiempos de cambio

Por Mariela Ghenadenik
Escribir sobre el presente es complejo. Tanto la literatura como la crónica funcionan como sensores que capturan la vibración de una época. Pero cuando el cambio se vuelve tan acelerado, el desafío se intensifica: ¿cómo narrar el presente sin que el texto se convierta en un fósil apenas publicado? Nos movemos en territorio inestable.
Los cambios y las transformaciones culturales generan una avalancha de temas y conflictos tan intensos que no siempre llegamos a drenarlos a través de la narración. Acá aparece la primera dificultad: la distancia cronológica. La literatura necesita tiempo para decantar los hechos, procesar la experiencia cruda y recomponerla en algo nuevo que sí se pueda digerir. Sumado a esto, el presente se mueve a una velocidad cada vez más frenética, mientras que la ficción mantiene el ritmo lento de la conciencia.
Este gap temporal nos obliga a preguntarnos si la lentitud inherente al arte narrativo está obsoleta en la era de la velocidad. Si intentamos ser inmediatos, terminamos haciendo crónica efímera. Si esperamos la distancia necesaria, corremos el riesgo de que la obra se vuelva un eco de algo que la cultura ya superó y olvidó.
Sin embargo existen casos que escapan a este dilema y que logran narrar el presente mientras está sucediendo. ¿Por qué pasa esto?
La experiencia total versus el hecho narrable
Un ejemplo de la imposibilidad de narrar el presente es la pandemia del COVID-19. Aunque pasaron cinco años, casi no hubo material al respecto, salvo algunas apariciones esporádicas de barbijos o alcohol en gel en alguna serie. Pero no se problematizó. En la ficción, nadie se enamoró, ni realizó grandes hazañas. No hubo dramas, ni películas de terror, ni comedia en torno al COVID. En la ficción, la pandemia no hizo reír ni llorar a nadie y, al parecer, no existió (todavía).
A veces los temas nos superan en tantos niveles a la vez que no llegamos a integrarlos en ninguna dimensión. La pandemia fue una experiencia tan total y universal que imposibilitó su narración. Además, careció de los elementos fundamentales que articulan cualquier historia: no hubo villanos (se ensayaron algunos a través de teorías conspirativas, pero ninguno se erigió como el único visible). No hubo choque de grandes voluntades, ni un conflicto que aísle al protagonista del colectivo para desarrollar una épica: la trama era la misma para todos (el encierro, el miedo invisible, el barbijo como uniforme) y, por lo tanto, la historia individual se diluyó en la crónica colectiva.
Probablemente tenga que pasar mucho más tiempo para que podamos mirar ese momento con la distancia emocional y estructural suficiente para encontrar sus verdaderos puntos de quiebre.
En paralelo, existen otros eventos presentes inmensos y profundamente transformadores que sí encuentran la manera de ser contados. Por ejemplo, la inteligencia artificial y su amenaza es absolutamente presente, universal e incierto y ya existen incontables obras distópicas al respecto. Entonces ¿qué es lo que hace que un hecho presente sea más narrable que otro? ¿Por qué a un evento le tomamos el pulso de época y a otro lo dejamos agonizar en un rincón?
La diferencia, quizá, radique en el conflicto dramático inherente. Los temas que son inmediatamente narrables vienen con una estructura lista para usar: la inteligencia artificial ofrece una tensión clara y bastante clásica del humano versus la máquina o de la creación versus el creador. Otras problemáticas actuales brindan un campo de batalla épico, un supuesto enemigo visible o dilemas morales ancestrales y por eso también logran narrarse mientras están sucediendo.
El COVID, en cambio, era un enemigo invisible y omnipresente que paralizaba la acción, lo opuesto al motor de la trama. Y, sin trama, sin enemigo, sin conflicto, no hay historia. Tan solo una anécdota o un escenario.
La gran hazaña
En síntesis, narrar el presente no es un mero acto de documentación, sino una herramienta de pensamiento poderosa que nos permite salirnos del momento para destilar discursos, perspectivas y emergentes para encontrarles un anclaje.
El desafío – al parecer- consiste en desarrollar suficientes mecanismos para dominar la alquimia narrativa y destilar el plomo pesado del “ya”, metabolizar la sobrecarga de información, evaporar el bloqueo de la experiencia total para convertir el presente en una pieza de sentido que nutra una memoria viva y crítica.
Pero en este presente frenético y total, me pregunto si tenemos las herramientas necesarias o si necesitamos inventar un nuevo lenguaje que logre apresar esa materia prima tan inestable aunque no siempre traiga consigo los elementos narrativos fundamentales para poder narrarse.
Porque ahora más que nunca no solo necesitamos contar lo que pasa, sino de entender por qué nos importa el presente y hacia dónde nos lleva.



