Cuatro ojos

Se hacia difícil, muy difícil hacer que entrara en razón. Era lógico en algún punto, digo, por el amor incondicional que Daniel sentía por ellos. Sus padres eran su mundo. Ese mundo de infancia eterna.
Después de los años que llevamos casados yo había imaginado otra cosa. Que esas dos caras perpetuadas bajo los cristales no invadieran más mi intimidad conyugal.
Desde el primer día tuve sus presencias. Dos caras mirándome. Fijo. Dos portarretratos de alpaca plateada apoyados cuidadosamente sobre la mesita de luz de Daniel.
Uno era ovalado. El otro rectangular alargado hacia arriba con hojas repujadas en los bordes.
Los retratos de los viejos eran de cuando todavía estaban vivos. Para mí eso era lo peor.
Tener a mis suegros reposando plácidamente sobre dos vidrios.
Observando todo.  Absolutamente todos mis movimientos.
No podía concentrarme en mi tarea erótica. En hacer como Dios manda mi labor conyugal. La tarea diaria como sentenciaba mi madre. Me daba pudor. Mi libido había quedado totalmente inhibida. Reprimida.
Al desnudarme sentía un profundo malestar estomacal, náuseas y demás yerbas.
Aunque, cuando se murieron fue mucho peor. Pasaron de categoría.
De la mesa de luz de Daniel al centro triunfal de la cómoda. Frente a mí.
Daniel los había acomodado con esmero y abnegación en una especie de altar divino. Lleno de ofrendas florales. Mustias y mal olientes. Algún souvenir pasado. Cómo ser, su primer dientito de leche bañado en oro a modo de ofrenda para los difuntos.
Los ojos de mi suegro me miraban. Se infiltraban en mi cuerpo desvalido. Juro que lo hacían sin piedad. Eran ojos libidinosos. De viejo verde. Miraban todo. De arriba abajo. De arriba, abajo y hasta el fondo.
Yo veía la lujuria personificada en su mirada.
En cambio, la mujer miraba distinto. Con desprecio. Con rencor.
Daniel no quería hablar mucho del tema. Evadía mis plegarias. Mis continuos ruegos.
Sacar los dos portarretratos.
Le pedía por favor que los volara de mi vista. Se lo suplicaba cada noche. Insinuaba de forma sutil que esas fotos me cohibían a la hora de soltarme y disfrutar.
Me ponía rígida y no me movía. Nada me provocaba placer alguno. Nada.
Desde ese primer día que no hacíamos el amor como personas normales.
No aguantaba seguir así. Relacionándome con fantasmas.
Daniel no dejaba que nadie tocase los benditos portarretratos.
Él no se daba cuenta lo incómodo que era para mi acostarme con dos personas más al mismo tiempo.
  A veces con el viejo solo. Otras solo con la madre. Conformando una especie de pareja abierta. Un trio siniestro.
Una suerte de Ménage á trois sin ningún francés decente.
    Las noches se repetían. Siempre lo mismo. Los viejos, Daniel y mis quejas. Continuas.
      Le decía:
_ Daniel, con tus viejos mirándome no puedo (repetía una y mil veces).
Así no me vienen ganas mi amor. Te lo juro. No me hace el clic. Es más fuerte que yo.
Solamente una vez lo hicimos en la cocina. Como en las películas. Fue la única oportunidad en la que pasó algo de amor por mis venas.
Abruptamente me convertí en una persona demasiado frontal. Me convertí en otra yo.
Pasé de ser sutil a grosera. De condescendiente a irascible. De sincera a mentirosa.
Mutaba tanto que ya no reconocía ni mi propia voz.
Cada noche durante los veintitrés meses y diez días de casados los cuatro ojos seguían perforando todo mi cuerpo.
Cómo iba a hacer para tener un hijo. Siempre me hacia la misma pregunta.
A Daniel no parecía alterarlo demasiado. Seguía inmerso en su mutismo crónico. Con las persianas bajas.
  Idolatrando muertos.
  Ignorando mis necesidades.
Nunca supe lo que era sentir algo contundente. Un goce distinto al de comer chocolate o tomar helados.
  Comencé a salir.
  Sola, a la milonga, a La Viruta de Palermo.
A Daniel no le molestaba para nada, en absoluto. Todo lo contrario, me impulsaba para que saliera. Para que me distrajera. Decía que me veía triste. Deprimida. Desanimada.
  Bailar te va a levantar el ánimo, mi amor, decía con su típico aire relajado.
Le hice caso. Tenía que intentar dar una vuelta de tuerca a esa pesadilla.
  Desde jovencita siento pasión por el tango.
Una noche puse toda la carne al asador. Me vestí como nunca.
Ajustada. Al máximo. Bien tanguera. Vestido corto. Negro con tajo y un escote de la puta madre. Hasta me hice la colita en el ojo con el delineador.
  Bailé como nunca. Suelta.
Tomé unas cervezas con un muchacho, respetuoso. En La Viruta todos los que te cabecean para sacarte a bailar son muy respetuosos.
  Este estaba re fuerte.
Después de refregarnos un rato largo entre piruetas y compases, salimos a fumar un pucho a la puerta. Insinuó muy sutilmente algo en mi oído. Hice el ademán de decir que sí.
Su departamento quedaba a pocas cuadras. Me invitó, me animé, acepté de una. No sabía ni como se llamaba.
  Él tampoco preguntó mi nombre.
  Lo hicimos. Rápido. Intenso.
  Esa noche sentí algo distinto. Sin catalogar.
  Llegué a casa y me acosté callada.
Daniel dormía con el control remoto del televisor en su mano.
A la mañana preparé el desayuno. Como siempre.
Con la diferencia que me puse a cantar. Una de Charly García. Una que me encanta. (No voy en tren, voy en avión)
    Daniel me preguntó:
_ ¿Dónde te metiste hoy? Te veo demasiado contenta, más linda.
  Yo le contesté, ¿querrás decir ayer?
  _Si. eso digo ¿ayer??Donde estuviste? Ayer
_ ¿Por? Dije
_Porque te quería decir que tomé una decisión muy importante. Quizás la decisión más importante de toda mi vida.
  Guardé los portarretratos de mis viejos en el último cajón del escritorio.
  Para siempre.

Biografía

Victoria Schajris es diseñadora gráfica, textil y artista visual. Cursó estudios de narrativa en diversos talleres literarios a cargo de Beatriz Pustilnik. Verónica Boix y Santiago Craig. También realizó un taller de dramaturgia y semi montado a cargo de Beatriz Pustinik.
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Patricia