
Por Hernán Carbonel
Leila Guerriero es, sin duda, una de las mejores plumas, si no la mejor, del periodismo narrativo hispanoamericano contemporáneo. En títulos como La llamada, La otra guerra, Zona de obras, Una historia sencilla y Plano americano, entre otros, dejó no sólo un sello de estilo, sino también una ética del oficio y la escritura.
Nacida en Junín en 1967, ha trabajado como editora en Tusquets y UDP, ha obtenido los premios Konex, Manuel Vázquez Montalbán, Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y Zenda, y escribe para un sinfín de medios gráficos y digitales nacionales e internacionales.
Este 2026, en paralelo, se han relanzado sus dos primeros libros: Frutos extraños, en versión ampliada por Alfaguara, y Los suicidas del fin del mundo por Anagrama, que en su edición original saliera por Tusquets. Sobre ambas reediciones, su profesión, sus métodos de trabajo, lo que sedimenta una obra y la crónica en general habló en esta entrevista para Azimut.
-¿Fue una coincidencia editorial que ambos libros se reeditaran, o decidiste vos que fuera al mismo tiempo?
-No, no lo decidí. Fue una coincidencia. Justo se cumplían veinticinco años de la primera edición de Frutos extraños. Son dos cosas distintas: una cosa es una reedición, que es el caso de Frutos extraños, si bien sale con algunos textos nuevos, y otra cosa es un lanzamiento, que es lo que hizo Anagrama con Los suicidas del fin del mundo, que fue originalmente publicado en Tusquets y ellos adquirieron los derechos para publicarlo. Pero bueno, fíjate que fueron mis dos primeros libros. Así que, sí, es curioso: se mantienen juntitos en la línea de tiempo.
-Cómo ves el estado de la crónica a nivel hispanoamericano, que a principios de siglo tuvo un gran momento.
-Sí, creo que el boom de la crónica del que se habló nunca fue un boom, fue un boom de nicho, digamos. Y ahora tampoco estamos en el peor de los escenarios posibles. En todos los países se pueden nombrar al menos diez personas que, si bien viven de hacer muchas cosas, por supuesto, se dedican a investigar, a escribir este género y pueden publicar. La crónica, o el periodismo narrativo, ha llegado con mucha repercusión a los libros, cosa que a principios de siglo no pasaba, hay premios dedicados a la no ficción. Nunca fue fácil publicar textos largos en medios de comunicación, nunca lo será, y hay que estar peleando por el espacio y por el tiempo. De modo que las cosas se hacen a pesar de que parece que no se pueden hacer.
-Veinticinco años han pasado desde la crónica más temprana de todas las que contiene la antología. ¿Qué sentís que te ha sucedido como cronista en este cuarto de siglo?
-Bueno, a veces, cuando veo antologías como Frutos extraños o Zona de obras o Plano americano, me da como un vértigo, me pregunto en qué momento pude haber escrito tanto sobre tanta gente tan diversa. No lo sé bien, creo que afiné un poco la mirada. Hay una veta clara de intereses. Estoy un poco mejor entrenada para leer mejor a la gente. Si hace veinticinco años pensaba que un perfil podía hacerse con un par de entrevistas a una persona y con el testimonio de esa sola persona, ahora eso me resulta impensable. Creo que me volví más paciente, dejando que las cosas tengan su tiempo. Y me ha gustado también tomar algunos riesgos. Creo que en Frutos extraños hay muestras de esa evolución, y el cambio en el estilo después de Los suicidas del fin del mundo fue muy fuerte. El idioma se hizo más prescindente, ascético.
-¿Son los textos tal cual se publicaron en los medios de comunicación en su momento y en la primera versión, o los corregiste y retocaste?
-Son los textos tal como se publicaron en la primera versión. Pero algunos textos de esa primera versión y los nuevos textos difieren un poco de los que se publicaron en los medios de comunicación. En algunos casos yo me guardo una versión bastante más larga que la que puedo publicar en un medio de comunicación pensando en publicarla después en algún libro.
-¿Qué textos agregaste y qué otras cosas decidiste dejar afuera de la reedición? Hay, por ejemplo, nuevos perfiles de figuras públicas y episodios históricos recientes.
-Primero que nada, qué gran idea me das ahora, no se me ocurrió sacar cosas (risas). Asumí que lo que estaba no había que sacarlo, pero quizás hubiera venido bien, ¿no?, porque el libro terminó teniendo ochocientas páginas. Pero hablando en serio, más allá de que en verdad no lo pensé, también es bonito que se vea el paso del tiempo en los textos. Textos en los que en aquel momento pensaba ciertas cosas que ahora ya no pienso de manera tan taxativa. Los que se agregaron son: uno que se llama “Dejame ser tu Alex”, que leí en el programa A vivir que son dos días, sobre la película Flashdance, que puede parecer un poco frívolo decirlo así pero que habla de la vocación, de cómo abrirse paso haciendo lo que uno le gusta, relacionado con lo creativo. Después hay un texto titulado “La Argentina a diario”, donde cubrí la campaña presidencial en la que Milei y Massa eran los candidatos; eso me ayudó a entender un poco lo poco que se puede entender de todo lo que sucedió. También hay un texto sobre la escritura en sí, que se llama “El discurso del método”. Un perfil de Julieta Venegas, la cantante mexicana. Un perfil de María Kodama, que lo hice justamente en febrero de 2020, antes de que se desatara la epidemia de COVID; nos vimos tres o cuatro veces y después terminamos todos encerrados. Hay un texto que se llama “Mirar, escribir, volver a mirar”, que surgió a partir de una conferencia. Y un perfil que se llama “La metamorfosis de Ricardo Darín”.
-¿Leíste el informe del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires del año pasado sobre la suba de la tasa de suicidios? Cuando lo vi me hizo pensar enseguida en tu libro, publicado hace veinte años.
-Bueno, sí, lo vi, y no sé si viste el informe sobre ciudades de Santa Fe y Entre Ríos, en el cual la tasa de suicidios en personas jóvenes está disparada y es el índice más alto del país. A mí, lo que me parece, es que ahora se está hablando del tema, sobre todo desde la pandemia para acá. Cuando yo hice Los suicidas del fin de mundo era tabú, no había estadística, era como una tierra incógnita total. A mí me alegra que por lo menos ahora se haya acabado con esta idea tan torpe de que si se publicaban noticias sobre suicidios se producía un efecto contagio, etcétera, etcétera. Desde cuándo no hablar de las cosas que pasan es mejor que hablar de las cosas que pasan. Y ya sabemos que después de la pandemia mucha gente, y mucha gente joven, quedó muy dañada, y estamos haciendo de cuenta que eso no pasó, que eso no existió. Me alarma, no me extraña.
-Vos te enteraste de la historia que te disparó a Los suicidas del fin del mundo en plena crisis de 2001. Hoy se compara aquel momento socioeconómico con éste. Parece haber un puente histórico, una conexión contextual azarosa. Cómo creés que se relee este libro desde ahí.
-Creo que no soy yo la persona indicada para responder esa pregunta. Si bien me enteré de esto en plena crisis de 2001, yo empecé a viajar a Las Heras en el año 2002. Tengo un recuerdo muy amargo de todo ese verano: los eventos de diciembre, los muertos, los siete presidentes. No sé si puedo hacer una conexión tan directa. Este es un momento muy, muy serio también. Hay muchísimas cosas que están en el libro que tienen que ver con el desempleo, un país que se supone federal, pero en el que la cabeza es Buenos Aires y lo que no sucede allí prácticamente no sucede, la privatización de las empresas, bueno, es un libro que recoge un montón de temas que están ahora, de nuevo, en el centro de la conversación. Creo, de todos modos, que son dos momentos distintos.
-¿Creés que ese mundo patagónico de hace veinte años atrás tiene la contención necesaria para que no vuelva a suceder, si no es que está sucediendo ya? ¿Seguín en contacto con alguno de los entrevistados?
-Mirá, precisamente hoy me acaba de escribir Rulo, Roberto Uccelli. He seguido en contacto con él, con nadie más. Es un libro que ya tiene muchísimos años. A veces tengo relaciones más o menos esporádicas con las personas a las que entrevisto. Uno no puede quedar en contacto permanente con todo el mundo porque sería un poco enloquecedor. Pero sí con Roberto Uccelli, Rulo, que se vino a vivir acá a Buenos Aires y está viviendo de la música, armó un estudio, graba. No creo que el mundo patagónico ni el mundo entrerriano ni el mundo de nada tenga la contención necesaria por lo que te decía antes. No creo que haya ningún tipo de contención. Espero que no vuelva a suceder. Pero no creo que nadie esté particularmente conmovido en este momento con esta situación como para prestar atención.



