
Por Mariela Ghenadenik
La integración de la inteligencia artificial en la literatura ya es un hecho. En mayor o menor escala, en muchos casos ya forma parte del proceso de escribir. La cuestión ya no es sí o no; sino hasta dónde, cuánto y cómo.
Porque está la tentación de dejarnos llevar y convertirnos en el Christian de un Cyrano/IA locuaz y efectivo para enamorar a Roxanne. El chat nunca dice no sé y jamás se queda en silencio. Un factor clave, porque Roxanne es un poco narcisista y necesita que le digan cosas lindas todo el tiempo. Si Cyrano se queda callado, la comunicación se rompe y el amor entre Christian y Roxanne se vuelve aún más imposible.
Hay que admitir que escribir acompañados ayuda bastante al miedo a la hoja en blanco. Un borrador hecho por una inteligencia artificial es como una mantita de apego que amortigua la caída libre de no saber qué decir. Su eficacia maquinal también funciona para domar el temor a la página en negro del que hablaba Borges: ese momento en el cual hay que desmalezar un borrador excesivo y destilar lo que se intenta decir.
Y es acá donde la utilidad revela su trampa. Esa mantita no solo nos quita el miedo; nos quita el vacío. Pero… la literatura se alimenta de la demora y del silencio.
Si algo lo dice todo en segundos y aceptablemente, ¿para qué escribir?
La pregunta que me surge, también, va más allá del oficio. Si los Chat GPTs del mundo producen palabras, pero no significados ¿qué inconsciente colectivo estamos tejiendo si nos convertimos en marionetas de sistemas que hablan entre sí a través nuestro? ¿Acaso en el futuro escribir quedará relegado a corregir el estilo de una fórmula algorítmica?
De ser así ¿dónde, en todo esto, queda el punto de vista?
Palabras versus significado
Producir sentido: esa es la parte que todavía nos queda. El tema es si nos vamos a permitir el tiempo que requiere, porque hace rato que perdimos la paciencia.
Porque está mal el tiempo, parece. Esperar, madurar, envejecer.
La escritura siempre fue una negociación con la lentitud. Las ideas necesitan reposo; el ritmo, maduración; las intuiciones piden silencio. La IA, en cambio, rellena cualquier vacío con eficacia instantánea. Y así como no queremos el vacío, tampoco queremos el silencio. Todavía tenemos que enamorar a Roxanne.
Como dice Leila Guerriero, escribir es como amasar pan. Las ideas necesitan elaboración y tiempo para levar. En la historia de la salida de Egipto, los esclavos que escapaban del Faraón tuvieron que salir pitando porque si no se les cerraba el Mar Rojo. No tuvieron tiempo de dejar levar el bollo y terminaron cruzando el desierto comiendo galletas finitas que es todo lo que pudieron conseguir en dieciocho minutos.
No estuvo tan mal al fin y al cabo; ese resultado poco delicioso se reconvirtió en un símbolo de libertad, pero en los papeles, lo que se buscaba era hornear un pan y no salió porque no hubo tiempo.
La IA no amenaza la escritura por su capacidad productiva, sino por la tentación de la inmediatez que pone al alcance. Y porque nunca se calla.
La literatura es un proceso de descubrimiento que por defecto logra un resultado. El sentido no está en la rapidez, eso no es ganarle al tiempo. Le ganamos realmente cuando olvidamos que nos persigue un Faraón malvado y nos detenemos a pensar despacio.
De lo contrario ¿qué vamos a hacer con el tiempo que la inteligencia artificial simula liberar?



