Canela (Gigliola Zecchin) es, ante todo, multifacética. Nació en Vicenza, en 1942, y vino a la Argentina, con parte de su familia, diez años después. Condujo programas de radio y televisión (Generaciones, Luna de Canela, Colectivo Imaginario, etc.). Es escritora de cuentos, novela y poesía. En todos los ámbitos, cautivó al público infantil, adolescente y adulto. Entre sus obras literarias, podemos nombrar En brazos del enemigo y La hoguera. Fue la creadora del Departamento de Literatura Infantil y Juvenil en Editorial Sudamericana. Allí los números y su labor también impactan: dieciséis años, diez colecciones y doscientos cincuenta libros. Conversamos sobre la imaginación, las primeras lecturas, sus comienzos en los medios audiovisuales, la experiencia como escritora y editora, los miedos y los fantasmas. También hablamos sobre su libro La niña que no vio los besos. Allí revela un hecho traumático: un hombre abusó de ella cuando era niña. Pero también muestra otras facetas de su vida: sus padres, sus hermanos, el ritual del pesebre, las pequeñas obras de teatro… Asistimos a una historia atravesada por la resiliencia y la esperanza.

Por Felicitas Ilarregui
– ¿Qué papel jugó la imaginación durante tu infancia en la posguerra?
– No teníamos noción de lo que era la imaginación. Sí del juego y todos los recursos que te brinda. Para niños sin juguetes y con hermanos, y una hermana mayor maestra que sí tenía noción de lo que era imaginar, se daba naturalmente el entretenimiento a través del juego. Ahora, ser imaginativa ha sido un descubrimiento posterior, después de aprender a hablar en castellano, cuando había perdido el miedo que la guerra me había dejado. Supongo que todo eso trabajó subterráneamente y me permitió anclar en mi memoria las cosas que cuento setenta años después, o más. La imaginación es una tortura, me persigue. Cuando yo te dije que escribí un poema mientras te estaba esperando era así. Y lo único que tenía en la cabeza era que quería hablar del tiempo, y salió otra cosa. Ahí es donde hay algo que yo les pregunto a los chicos cuando hago una lectura de un cuento en una escuela y me preguntan cómo se escribe y cómo es que se me ocurre, digo: “A ver, ¿qué es lo que no hay que tener para imaginar? Miedo”. El miedo obtura la imaginación y la capacidad de autoinventarse.
– ¿Te pasa que el miedo, por momentos, la obtura o intenta hacerlo?
– El dolor te diría que es un mal compañero de la imaginación porque te hace cavar en el dolor, no salir de ahí. Y… no sé qué obtura la imaginación o que la otorga, pero yo soy muy imaginativa. Se me ocurren historias que no escribo. O de golpe se me ocurre una que sí escribo. Por ejemplo, hace poco tenía un libro que tenía que ver con los fantasmas; entonces una de las historias, que viene de mi infancia, la rescaté y la puse en mi novela La niña que no vio los besos. Pero para completar otro libro, me faltaba un cuento. Entonces un día yo subía por el ascensor, me miré en el espejo, y se me ocurrió. Esa es la imaginación que opera y lo escribí, por supuesto. Y ahora estoy imaginando un libro; no se me ocurrió a mí, pero pesqué la idea que tiene que ver con un libro álbum para los viejos. Ahí voy a poner el cuento del espejo que es cortito y se trata de una mujer sola que ve un fantasma. No te voy contar mucho más. Pero bueno, ahí hay una cosa un poco dramática: tiene que ver con la soledad y la necesidad de amor que tiene una mujer vieja. No es mi caso. Sí necesito, pero estoy colmada.
– Recién decías que la imaginación te tortura. ¿Por qué?
– Y, mirá, soy insomne y se me ocurren muchas cosas durante el insomnio. Entonces prendo el celular, anoto la idea. Después viene a través de los sueños, un hecho insólito o algo que rescatás de tu pasado y de pronto decís: “Esto puede contarse hoy, aggiornarlo y ser un cuento”.
– ¿Cuándo ingresaste al mundo de la lectura?
– Me regalaron un libro a los seis años, cuando hice la primera comunión. Un libro que ahora no compraría para mis nietos que era Bambi, de Walt Disney. Yo había visto la película; era furor después la guerra. Y me había conmovido enormemente porque era una novedad absoluta, una dinámica, una música… Mi madrina me regaló el libro, pero ahí no se movía nada. Entonces estaba aprendiendo a leer y escribir. Mi mamá lo forró con papel azul; lo guardó alto para que no se arruinara. Y la lectura fue escolar. Yo cuento algo en el libro La niña que no vio los besos. Cuando vinimos a la Argentina, sin que nadie me lo dijera, la metodología que usamos los más chicos —mi hermano y yo que estábamos más hábiles y aptos para aprender un idioma nuevo— fue juntar las moneditas que nos regalaban los hermanos y los tíos. Y una vez por semana o por mes, ya no recuerdo, íbamos a una librería en castellano, una novedad para nosotros. Por turno, comprábamos un libro de la colección Robin Hood. Mi hermano elegía aventuras: Rayo Dorado, La ascensión al Everest. Yo los leía también. Y él tenía que leer Mujercitas. Los dos tratábamos de desentrañar lo que el libro decía. Eso y la radio. La radio es una forma de lectura: alguien te cuenta una historia. Los libros entraron a mi vida por mí. Los fui comprando a medida que en el secundario me enamoré de la literatura y tenía el idioma un poco más dominado. Primero hice castellano en la Escuela Superior de Lenguas, en Córdoba. Y, después, cuando cumplí dieciocho, entré a la facultad. No terminé la carrera porque Onganía cerró la universidad, y después vine casarme a Buenos Aires. Ya estaba terminando, pero elegí casarme. Solo me faltaban los seminarios, que eran presenciales, y yo tenía un programa en vivo a las cinco de la tarde. Era imposible. Bueno, quedó eso pendiente, pero tuve el privilegio de tener los mejores profesores posibles: a Noé Jitrik en castellano, por ejemplo. Y tomé las primeras nociones de lo que eran las nuevas ciencias relacionadas con la comunicación.
– En La niña que no vio los besos te referís a la “compenetración”. Mencionás que en Corazón, de Edmundo de Amicis, vos sentías que eras Enrico. ¿Hubo otro libro que te provocara ese nivel de sintonía?
– Recuerdo siempre con mucha gratitud un libro que fue el primero que leí íntegramente, entendiendo lo que leía, y que me hizo comprender lo que era América, que es María,de Jorge Isaacs. Fue un autor colombiano que escribió una novela romántica, de la época romántica del siglo XIX, que narra la historia, muy común en las culturas latinoamericanas, de los hijos de los terratenientes, de la gente que comandaba el país realmente. En Colombia, la familia no vivía en la ciudad y se iba a veranear al campo, vivía en el campo. Entonces ahí se ve una historia de amor entre dos primos: la historia del señorito de la casa, el hijo mayor, que se va a Europa a estudiar y cuando regresa su amada murió. También describe el vínculo entre la servidumbre y los patrones: devocional por parte de los sirvientes y de piedad cristiana por parte de los dueños de casa. La piedad, la caridad, pero no lo que hoy se considera un sentimiento de igualdad. Eran dos clases sociales bien diferenciadas. Además, está la naturaleza muy pródiga, diversa y diferente a la europea: los grandes campos, los caminos bordeados de árboles. En Italia todo está cultivado, hasta a los postes de luz le ponen un una vid. Las divisiones entre los campos tienen cultivos; todo está aprovechado al máximo. Lo que me impactó del libro fue esa percepción de las distancias del poder y del sometimiento, y el vínculo entre los patrones y los que seguramente eran lo que ahora se llaman marrones, ¿no? O sea, los hijos de la de la tierra. En cambio, los dueños de casa estaban más vinculados, en este caso, a España. Fue un libro que me llegó profundamente. No me identifiqué con ningún personaje en particular, pero sí con el hábitat del nuevo país que yo habitaba. Tenía doce años o trece años cuando lo leí. En cambio, Robin Hood era una colección europea. No había historias latinoamericanas, así que tuve que buscar otros libros. Leí El inglés de los huesos, Martín Fierro; todo eso para ir entendiendo qué era nuestro nuevo país.
– ¿Cómo ingresaste a trabajar en los medios de comunicación?
– Yo terminé el secundario en San Francisco, Córdoba. Fue una maravillosa experiencia. Y la universidad en la ciudad Córdoba; vivía en pensiones y no en mi casa porque mi familia estaba en Carlos Paz. A los dieciocho años, entré a trabajar a Káiser, una fábrica de autos. Allí, con una amiga, Madeleine Wetzel, francesa, inmigrante como yo, creamos como actividad interna la biblioteca. Dentro de las actividades internas, tenían un programa de radio. Yo entré ahí. El programa era de la Universidad de Córdoba. Estaban inaugurando el canal y las locutoras, que eran mujeres más grandes, no querían aparecer. Entonces me preguntaron si me animaba a conducir un programa para chicos. Yo no sabía lo que era la televisión, pero no tenía miedo porque había vivido hasta los quince o dieciséis años en un hotel. Mi familia era hotelera. Estaba muy acostumbrada a hablar con cualquier persona. En nuestro hotel de San Francisco paraban Los Chalchaleros, Los Fronterizos, los tangueros. Yo aprendí con ellos lo que era el folclore y el tango. Cuando empecé a trabajar, ya conocía el cancionero de María Elena Walsh. Cantaba con una amiga, una compañera de la facultad, a dúo. Mover títeres sabía porque en mi casa había un teatrito de títeres. Actuar sabía porque, también en mi casa, en las fiestas importantes, escribíamos pequeñas obras y las representábamos en un cocoliche, mitad italiano. Era tímida, pero no tenía vergüenza. Entonces empecé a trabajar y tuve mucho éxito, pero porque todo me parecía digno de ser compartido con los chicos.
– ¿Cómo se llamaba el programa?
– Hola Canela. Después, cuando apareció Hola Susana, hice una presentación, pero bueno, no me quise pelear. Ella no tenía derecho de usar ese nombre. Yo fui funcionaria de Argentores y alguna vez, no es que les reproché, pero les dije: “Ustedes no me defendieron cuando correspondía”. Susana copió el programa de Italia. Y allá, cuando hablás por teléfono, se dice pronto. En italiano es Pronto, Rafaela. Y ella lo tradujo a Hola Susana que es como decimos acá. “Acqua passata non macina più” (Agua pasada no mueve molino).
– ¿Por qué te pusiste Canela?
– Porque mi nombre es muy difícil de pronunciar y todo el mundo creía que era un apellido. En mi casa, me decían Lola por Gigliola. Yo era devota de Lolita Torres, que también me enseñó a hablar en castellano cantando. Pero no me gustaban los diminutivos. Dije: “Si me pongo Lola, me van a decir Lolita. Y Lolita, de Nabokov, ya era sinónimo de una adolescente… y estaba prohibidísimo”. Entonces, por discreción o porque yo quería ser otra, ya era otra, me puse otro nombre.
– Es muy tierno Canela.
– Sí, eso me molestó, porque yo no soy tan tierna, ¿eh?
– ¿Qué te molestó?
– En chiste, los humoristas decían “Más bueno que Canela”, y no soy tan buena.
– Además, tenés facciones muy dulces.
– Sí, tengo una manera. En mi casa, éramos muy educados. Vivíamos en un hotel, imaginate. No se podía correr ni gritar. Había que comer prolijamente en una mesa del restaurant del hotel. Claro, esas cosas.
– ¿Cómo empezaste a trabajar de editora? ¿Se te había cruzado por la cabeza ejercer la profesión en algún momento?
– No, pero ya escribía. Siempre fui la autora del guion de mis programas. A los chicos les contaba algunos cuentos. De hecho, mi primer libro editado fue Marisa que borra, que se acaba de reeditar con una nueva ilustración. Ese relato fue inspirado por algo que me dijo mi hija mayor: “Mamá, yo quiero tener un par de zapatos que me lleven siempre donde está vos”. Entonces, sobre la idea de ella escribí el cuento; hasta el día de hoy me reclama los derechos (risas). Pero el cuento, narra otra cosa, porque yo hago una especie de “denuncia” contra las madres en este sentido: no tienen idea de lo que pasa por la cabeza de sus hijos. Se trata del desencuentro en la infancia donde los niños tienen un imaginario y los padres tienen normativas. Ahí chocan. Por eso los chicos se revelan, tienen caprichos.
– ¿Viviste ese desencuentro de chica?
– Tuve una madre muy mayor. Yo nací cuando mamá tenía 43 años. Cuando vinimos a la Argentina, ella tenía cincuenta y tres, y era como mi abuela. La que me crio, mi hermana mayor, que era maestra, ya se había casado. Y a mi mamá se le partió la vida en dos cuando vino a la Argentina. Le costó mucho rehacerse como persona porque perdió la autoridad que tenía en Italia. Acá decidían mis hermanos que ya hablaban castellano, que vinieron antes y ya eran expertos en hotelería. Mamá quedó en un segundo plano. Yo creo que tuvo una depresión profunda, que nadie percibió, para toda la vida. Pero también atravesó dos guerras. La primera en la adolescencia. La segunda siendo grande y con diez hijos. Su mayor preocupación era darnos de comer cuando todo estaba perdido. Hay que estar en esa situación. Yo me peleaba mucho con mi mamá cuando era adolescente porque ya tenía otra vida, un proyecto. Pero ella siempre me alentó para que estudiara. Tenía plena confianza en mí y nos parecíamos mucho. Físicamente nos parecíamos. Nunca se dio cuenta que era feliz. Le encantaba la Argentina.
– Decías que ya eras escritora. ¿Cuándo diste tus primeros pasos como editora?
– Cuando la televisión dejó de ser un ámbito adecuado para mí. Apareció Xuxa con esa cosa medio sexualizada. Yo no me iba a poner a bailar para imitarla. Entonces, tomé distancia. Nadie me llamaba, me sostuvo la publicidad. Pero, un cierto momento, cuando apareció el cable, mucha gente que yo conocía se fue y a mí me parecía una cosa menor; es como tener ahora un podcast si vos tenés un programa de cable. Y yo no quería, pero me armé de coraje y llevé a TN, cuando estaba comenzando el canal, El periodismo que viene y después Colectivo Imaginario. Yo era productora y autora de ambos; nadie se enteró de eso. Ni yo lo decía ni tenía por qué hacerlo. Pero quiero decir que era dueña de lo que se hacía en el programa, en los dos ciclos.
– Con tu productora Medio Mundo TV.
– La armó mi hijo [Juan Manuel] que estaba estudiando Administración de Empresas. Primero fue asistente y después dirigió la empresa. Todavía sigue existiendo, pero ahora no tengo nada que ver porque ya no quiero trabajar. Fuera de casa, hago libros. Bueno, en la década del ochenta, después de hacer Café con Canela —eso fue en los tres primeros años de Alfonsín— empecé a escribir y con mi primer cuento [Marisa que borra y otros cuentos] fui a dos editoriales. En las dos lo aceptaron, pero en una vi que no había entusiasmo. En la otra, Gloria Rodrigué, después de leerlo me dijo: “¿No querés quedarte con nosotros y desarrollar el departamento de Literatura para chicos?”. “Gloria, yo no sé hacer libros, sé lo que es la tapa”. “Lo aprendés en poco tiempo. Pero en seis meses tendríamos que tener el departamento”. Y me enseñaron todo. Pero todavía los libros se hacían fotografiando cada página. Cuando me tocó la transición a lo virtual, fue más difícil todavía que aprender a hacer libros porque de pronto lo hacía la máquina de algún modo.
– ¿Cómo atravesaste esa dificultad?
– Con dificultad, aprendiendo. Tuve quien me enseñara y nunca tengo miedo a decir “esto no lo sé”. Además, siempre trabajé con gente que sabía más que yo. Eso es una escuela.
– Una de tus colecciones de literatura infantil era Lola. O sea, vos.
– Lola era yo, sí, por eso el dibujito. Era muy difícil encontrar una ilustración adecuada. Se la encargué a un ilustrador que me gustaba mucho y cuando me la trajo no era Lola. Y el destino quiso que me cruzara con Mónica Weiss, que no era ilustradora, era arquitecta. Pero yo había visto un trabajo ornamental de ella, ni siquiera era una ilustración. Le pedí que me trajera lo que tenía. “Si yo no soy ilustradora”. “Ya sé, vos traeme lo que tengas dibujado”. Cuando abrí el cuadernito, ahí estaba Lola. Entonces trabajamos mucho tiempo: ella aprendiendo a ilustrar; yo, a editar mi propio libro. Hasta el día de hoy nos queremos mucho.
– ¿Te pasó que algún título fracasara?
– Claro. Con una colección de novelas. Fracasó el diseño, los títulos que elegí, todo. Pero Gloria [Rodrigué] nunca me reprochó ningún error. Es una gran clave para la gente con la que trabajás. Ella me decía: “¿Sabés las veces que yo me equivoqué?”.
-Muy noble de su parte.
– Noble e inteligente. Con la nobleza no alcanza. Eso también lo aprendí en el hotel. Había mucamas, mozos, cocineros; un vínculo de mucho respeto y educación. Al que produce con vos o para vos jamás hay que tratarlo como un ser inferior. Esa es la educación del hogar. Una de las claves para mis posibilidades de cambio fue siempre contratar gente que supiera más que yo. Y no tenerle miedo a eso, sino ayudar para que te nutra.
– Hay personas que pueden actuar a la inversa por miedo a sentirse opacadas.
– La ventaja que yo tenía en ese momento es que la televisión era mágica y te otorgaba un poder mágico. Alguien de la televisión era considerado un ser de otro planeta. Y creo que, sin darme cuenta, usé eso. También tuve algo muy en contra: en el mundo de la literatura no fue fácil que me consideraran escritora.
– Por venir de la televisión.
– Claro. Por eso cuando Marisa que borra, primer libro que edité, ganó el [Premio] The White Ravens, eso me animó. El último que escribí, La hoguera, ganó el Premio ALIJA 2022 (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina). Y después la IBBY (Organización Internacional para el Libro Juvenil) lo eligió como texto representativo de la Argentina. Vos imaginate, para una inmigrante que aprendió el castellano… Ese fue el premio más alto para mí.
– ¿Recibiste alguna obra que te obligara a lidiar con tus propios prejuicios?
– Antes que nada, una persona es una identidad prejuiciosa. Tuve que debatir conmigo, consultar. Liberarme de los prejuicios. Yo me analizo desde que me vine a Buenos Aires. Es un apoyo necesario, porque vos te creés un mago, y no. Hay que aprender a saber quién sos todo el tiempo.
– ¿A qué elementos acudiste para abordarlos ya sea que la obra terminara siendo publicable o no?
– Hubo un libro que estaba muy bien, pero tenía tantas malas palabras…No te digo que no haya, pero consideré que eran un exceso. La autora era una transgresora nata, pero… Es como el adjetivo: si hay muchos, sacalos. Ahora, no sé si la que actuó fue la prejuiciosa que soy respecto a un lenguaje soez. En mi casa estaba prohibidísimo decir malas palabras. En mis tiempos de televisión, cuando estábamos en una sala de maquillaje, alguno decía “La puta madre”, y otro “Che, que está Canela”. Pero yo nunca prohibí decir malas palabras, solamente no me sale decirlas. Eso sí, nunca me privé de decir lo que pienso. Sí quisiera a veces tener un pensamiento más jugado porque después de hablar, reflexiono: “Yo podría haber dicho o hecho más sobre esto”. Pero hay en el fondo una timidez que viene de un origen con muchas privaciones y un cambio de país donde tenés que generarte tu nueva identidad.
– En La niña que no vio los besos revelás que abusaron de vos cuando eras niña. ¿Cómo trabajaste ese tema para contarlo ahora?
– Nunca lo trabajé ni se lo conté a nadie. Pero, cuando narré mi infancia, realmente me sumergí en ese tiempo. Estaba promediando el libro y lo escribí sin pensarlo demasiado. No puedo decir que fue liberador, pero sí sentí que tenía que dar testimonio de ciertas cosas en mi vida. Hacerme cargo de que fui abusada y lo oculté por miedo, por respeto, por ignorancia. Sobre todo, porque me dio tanto miedo como experiencia que ni siquiera tenía el coraje de contarla. ¿A qué le tenía temor? A algo misterioso, desconocido. De hecho, en mi casa no se hablaba de sexo. No tenía idea de cómo nacían los niños ni de que tuviéramos un lugar del cuerpo que fuese prohibido, digamos, especialmente para una religión que censuraba el placer. Eso flotaba en el aire. Pero esto, obviamente, no lo asocié con ninguna cosa que pudiera ser placentera para nadie. Me pareció algo que había sucedido desde un animal a un animalito indefenso. Cuando escribí el libro me pareció que era el momento de decirlo porque ya era una mujer grande. Si me muero sin contarlo, es algo que no se dijo. Ocurre con muchos niños, más de los que creemos, que son víctimas de algo que ignoran, los domina y les deja una marca. Eso sí, no quiero decir ni quién, ni dónde, ni cuándo.
– En La niña…, y también en esta entrevista, aparecen los fantasmas. ¿Qué son para vos?
– Son espíritus que te acompañan. Están en los sueños, en la vigilia, en las sombras. Me encantan. De hecho, tengo varios cuentos de fantasmas.
– En algún momento les tuviste miedo.
– Yo le tenía miedo a todo: a la oscuridad, a los monstruos, al barco. Tengo un hermano que me sigue en edad, yo soy la menor, que siempre me llevaba a todas partes porque temía a todo. La violencia me sigue dando mucho miedo. Yo he vivido momentos violentos en mi vida. Este que narré en La niña… me impresiona más hoy que a lo largo de mi vida. Ahora que lo conté, digo: “Bueno, ¿dónde había guardado esto?”.
– ¿Cómo conjuraste el miedo a los fantasmas?
– Escribiendo. Riéndome un poco de ellos. Hay que reírse un poco de los dictadores, los fantasmas y los verdugos. Y entonces dejan de ser el monstruo que son. Además, uno es un poco verdugo, un poco dictador. Es la naturaleza humana. ¿Santos? No sé si los hay entre nosotros. Creo que los santos también trabajan de santos. La humanidad está hecha de una materia misteriosa.



