Patricio Rago: “Hay que poner el cuerpo en la escritura”

Patricio Rago es escritor y librero. Antes fue obrero metalúrgico, barman, cadete, galerista y la lista sigue… En las pausas, leía y escribía. Vivió en Roma, Berlín y Barcelona. Transitó un largo camino hasta llegar a su librería, Aristipo, ubicada en Villa Crespo. Ale (Alejandro) y Paz (“la emperatriz de Aristípolis” y “el Diego de las novias”) son los lectores que le sugieren qué trabajar o corregir durante el proceso de escritura. Entre sus obras, se destacan Ejemplares únicos y Homo ludens. Creó la Fiesta del Libro Usado (FLU), que congrega a libreros para los que leer es una celebración colectiva, y la Francachela, una fiesta por cada estación del año que incluye vino, choripán, música, baile en la calle y libros. Conversamos sobre el descubrimiento de la lectura y la escritura, el paralelismo entre lectura y deporte, cómo la literatura y Carlos Marx lo hicieron mejor jugador de hockey, los modos de enfrentar el miedo al vacío existencial, el paso del tiempo (y más). Tiene un proyecto de novela, pero de carácter más lúdico, con mundos y temas que le interesan: los psicodélicos, la realidad y el tiempo.

Foto por: Guadalupe Lombardo

-Tu primera “escuela literaria” fue en el parque Centenario y el Rivadavia, ¿cómo era un día de esa escuela?

—Generalmente era los sábados. A veces iba solo o con mi hermano. Yo vivía en Palermo. Tomábamos el 141 y nos bajábamos en Acoyte y Rivadavia. Había unos puestos que tenían buenas ediciones de libros y otros con ofertas donde se podían encontrar y rescatar joyitas baratas. Me acuerdo de una mesa de diez pesos en unos de esos puestos; encontré una edición de El traductor, de Salvador Benesdra, de Ediciones de la Flor, de la época en que ese libro era inconseguible porque, además, no lo había sacado Eterna Cadencia todavía. Imaginate, a diez pesos… Había unos libreros con los que charlaba un poquito. Después caminaba por Campichuelo hasta parque Centenario y me recorría todos los puestos. También iba la feria paralela del parque, la de manteros, porque se podían encontrar libros muy baratos. Y después me quedaba hablando a la tarde con un librero que fue mi maestro, un amigo que se llama Hugo. Llegaba, entraba al puestito, a esos puestitos de lata, y nos quedábamos charlando. Venían clientes, quizás algún escritor amigo. Se iban dando situaciones muy lindas. 

-¿Quién te introdujo a esa educación literaria?

—En realidad, no había en casa una educación “cultural”, digamos. No había biblioteca. Mis papás eran más de ese perfil de los que hacen vida de club el fin de semana, de mirar películas en la tele. No había teatro, ni música, ni cine clásico. No tengo una imagen de ver a mis viejos leyendo. Lo que sí tenía mi viejo eran algunos libros envueltos en papel madera sobre psicoanálisis, Freud; también Marcuse, Nietzsche. Mi viejo tuvo muchos años de psicoanálisis encima; un personaje muy especial, muchos rayes, mucha cabeza. Un día, a los quince años, me habló de Nietzsche, porque es un poco precursor de Freud de alguna manera. Me citó unas palabras de él y me puse a buscar en los diccionarios de Salvat, esos rojos de tres tomos. Busqué sobre filosofía, conseguí algún libro, empecé a leer. Ahí se abrió una puerta: los griegos, Platón, Aristóteles. Y después entré a la literatura a través de Sartre, Camus. Empecé a recorrer por mi cuenta un camino muy solitario de librerías de usados porque era fines de los noventa y la situación económica me llevó al usado también, a buscar, a revolver. 

-¿Y tu mamá?

—Mi vieja es ama de casa, de club, jugadora de tenis. Su vida es eso: cocina, hijos, ahora el nieto y, si puede viajar, viajar. Jamás la vi leyendo un libro. Es muy Miami. A ella le encanta ir a Miami a comprar ropa, ofertas. La amo, es una mujer increíble, maravillosa. Pero jamás la literatura o el arte fueron algo en lo que haya sido estimulado desde chiquito. Es algo que surgió a los quince años, como un fogonazo, y de repente se abrió. No estudié Letras, ni Arte, ni Filosofía. No tuve esa experiencia de la universidad de los dieciocho hasta los veinticinco años, donde formás un grupo de amigos que les apasiona leer a Dostoievski. Tampoco hice talleres literarios. Fue un camino muy autodidacta, que tiene sus pros y sus contras. Creo que, si pudiese volver el tiempo atrás, quizás me acercaría a gente de mi edad que esté escribiendo o tenga un grupo de lectura. Tenía una mirada un poco snob sobre la lectura, como un acto solitario y de no querer que se contamine.

-¿Cambiaste esa mirada?

—Sí. Yo abro Aristipo en 2010. Hasta ahí no me conocía nadie. Soy un chabón que apareció de la nada y puso una librería de usados con un catálogo exquisito, especializado en literatura y filosofía. De repente, empezaron a llegar escritores: Jorge Consiglio, Hernán Ronsino, Juan Mattio, Martín Kohan, Betina González, Dolores Reyes. A Alejandra Kamiya la conocí antes de que publicara su primer libro. Ahí se fue gestando una comunidad. Gente con la que uno puede discutir y charlar las estéticas, recomendarse, leerse unos a otros. La práctica de la lectura en forma colectiva me cambió. También trasformó mi forma de escribir. Yo estuve muchos años escribiendo, desde los quince años hasta los treinta y cinco más o menos, queriendo apostar a una voz, a una forma y a un imaginario que no era el mío. De alguna manera, yo estaba siguiendo esos dioses que tenía: Faulkner, Onetti, Rulfo, Céline. El momento en que me fui dando cuenta de cómo estaba atrapado en una manera de escribir y empecé a liberarme fue con la escritura de los relatos de Ejemplares únicos. Yo había escrito varios cuentos y novelas antes. Y, de repente, empecé, de a poco, a escribir como unas aguafuertes, impresiones, cosas que me habían pasado en la librería. Empecé a imaginar algunas situaciones conectándolas a través de los libros y ahí, de una manera más lúdica y relajada, fui encontrando la oralidad y ese vitalismo. Antes me decían: “Che, loco, me sorprende. Te conozco, después te leo y son cosas muy diferentes”. Ahora hay algo de esa voz que se construyó. Cuando empecé a armar los relatos de Ejemplares únicos, ya con la idea de armar el libro, encontré mi voz narrativa y dije: “Esta es mi escritura”.

-¿Tu amor por la escritura también comenzó después de esa charla con tu papá sobre Nietzsche?

—Un poco después. Cuando empecé a leer, yo ya me di cuenta de que había algo de esa escritura que me interpelaba y que yo quería hacer eso. También fue como una especie de decisión consciente. Como en los diarios de Piglia (Los Diarios de Emilio Renzi), ese formato de escritor a lo Hemingway: la vida por la escritura. Bueno, fue una decisión muy temprana. Me dije: “Ya resolví lo que voy a hacer en la vida, voy a escribir”. Después voy a tener otros trabajos y la librería, pero mi vida es la escritura.

-Tuviste trabajos variados. ¿Cómo fuiste metiéndote en esos rubros?

El primer trabajo fue de cadete a los dieciocho años, ni bien terminé el secundario, en el año 2000. Mis viejos estaban sin laburo. Me consiguen una entrevista en el Banco Galicia. Voy de traje. Había terminado el secundario hacía dos meses. Ahí quedé de cadete. Al mes, me ascienden a administrativo, de lunes a viernes, nueve horas. Teléfono, atender a la gente, computadora, jefes. Entre medio, yo ya escribía. Me sacaba el laburo rápido y me ponía a escribir. Word abierto siempre.

-¿Sufrías como Kafka o podías equilibrar trabajo de oficina y escritura?

—No, lo equilibraba. Yo siempre tenía la vida de club: jugaba al hockey sobre césped. Desde los cinco años, en el mismo club. Después laburaba, y empecé a estudiar alemán para leer en idioma original a Marx, a Nietzsche, a Kafka. Ya tenía la idea de irme a Europa. Había construido una fábula en mi cabeza, donde habían pasado las cosas que me importaban y los lugares donde habían escrito los autores que me interesaban. Me llevó más de cinco años poder irme porque tenía que quedar una situación más o menos estable en mi casa y ahorrarme una guita.

-¿Seguías trabajando en el banco?

—Sí, hasta septiembre de 2005. Renuncié y ahí me pude ir. Hasta el 2010, viví en diferentes lugares, hice un montón de trabajos. Viví en España, Italia y Alemania. Fui mozo, galerista, trabajé en la construcción. 

-¿Cómo fuiste entrando en trabajos?

—Dejaba de laburar y me inventaba unos currículums con experiencias en diferentes lugares. Decía: “Bueno, voy a mandar a librerías”. Había puesto que laburaba acá en Gandhi, todas mentiras. Pero en esa época, 2005, ¿dónde ibas a comprobar? No iban a llamar larga distancia. Internet había en la biblioteca para mandar unos mails. Y después surgían las posibilidades: “Che, surgió este laburo”. “Y bueno, dale, vamos”. También había una épica, una aventura en estar trabajando con los polacos en Alemania, en la construcción.

-¿Cómo era un día en ese trabajo?

—Era muy loco. Estaba el capataz que venía y te decía lo que había que hacer: “Hay que bajar este piso medio metro”. Te daba un taladro y decía: “Bueno, amigo, este piso lo tenés que taladrar, palear, sacar con la carretilla” y así todo el día. Me ponía los auriculares, música electrónica y a laburar.

-¿Hiciste amigos en el rubro?

—No. Pero había un chico alemán, de unos diecinueve años, de origen muy proletario. Yo le hablaba de filosofía, de Marx, de los procesos latinoamericanos, del Che Guevara. El pibe me miraba como “¿de dónde salió este marciano?”. Además, en las pausas, siempre me veían leyendo un libro comprado en la librería de usados en idioma alemán para practicarlo, aunque ya con señas te las arreglabas. Después fui jardinero para una empresa de jardinería. Tenía que plantar rosales en las esquinas. Algunos de los trabajos se dieron sin currículum. Esto ocurrió en un momento porque yo jugaba al hockey profesional. Justo en Berlín fui a jugar y después hubo un lapso donde el club no cumplió lo que habíamos arreglado, pero, bueno, yo me quería quedar; quería aprender a hablar alemán. Y ahí es donde hice de todo. A veces eran dos meses, me aparecía otro laburo y me iba.

-¿No se te ocurrió escribir sobre estas peripecias?

—En algún momento, quizás lo haga. Tengo anotado algo de esa vida en Europa. Había algo muy interesante con lo que era el choque cultural. En los lugares donde viví, las diferencias culturales son muy grandes.

-Sería una propuesta interesante en una época donde se cultiva “la inmediatez o nada”. Pasaste por diversas experiencias que te llevaron a ser hoy librero y escritor.

—Me hacés pensar en los orígenes de Aristipo. Cuando arranqué, iba a comprar bibliotecas al conurbano profundo, a galpones donde recibían donaciones y ciertos lugares donde había ventas y tenía que ir a las cinco de la mañana a esperar. Era mucha búsqueda. Ahora que la librería es conocida, me llaman y recibo muchos WhatsApp. Pero, en ese momento, cuando no me conocía nadie, tenías que ir, y a remarla; ir a una feria, hablar con el feriante. “Che, ¿tenés más libros?”. “Bueno, ¿y dónde tenés el depósito? Si querés, vemos y te hago una compra grande”. Tenía toda una agenda y armaba todo un entramado de gente a la que acudía.

-Hace un rato mencionabas a Hugo, ¿él te ayudó a armar esa agenda?

—Cuando yo vuelvo de Barcelona, en el 2010, le digo a Hugo que me tengo que poner a laburar, que quiero vender libros. Me fue dando consejos de cómo comprar las bibliotecas, qué tipos de libros comprar o no, cómo tasarlos, dónde ir; algunos lugares que sabíamos que había libros muy baratos, pero tenías que revolver una montaña; esos datos muy preciados que los libreros los guardamos Hugo me los compartió. Después, ibas viendo: hablabas con uno, alguien se enteraba. Cuando armaban las ferias en el parque los Andes, me iba a las seis de la mañana al feriante que estaba armando. Ahí llegás a los mejores libros. A veces había otros libreros. En Ejemplares únicos, cuento una historia donde voy a un depósito, un galpón de Almagro donde tiraban las bolsas con libros y había otros libreros ahí. Todos arriba, era una locura. Es más, hay un pibe de los que iba que hoy tiene una librería en Almagro, y a veces nos acordamos. Cuando arranqué con la librería, no tenía un local, era virtual. Yo hacía entregas sin cargo según la zona. Recorría capital con una valijita entregando libros. Y ya tenía clientes que todos los meses me encargaban, entonces me iba al microcentro, llevaba a las oficinas. A medida que empecé a tener más demanda y más libros, fui bajando las zonas de entrega. Después las derivé a un pibe en bicicleta. Todo fue un camino. Yo a veces me encuentro con alguien que quiere arrancar algo nuevo y ya quiere tener un montón de clientes que vengan, y no. Yo estoy acá en la librería, pero ¿sabés lo que remé? Veinte años. Yo lo que les digo, y también soy generoso cuando hablo, son los pros y las contras de tener una librería: a lo que tenés que estar dispuesto, a la paciencia que tenés que tener. Y, bueno, hay búsqueda y mucha incertidumbre porque no sabés cuántos vas a vender. Además, son pocas las bibliotecas y muchos los libreros que las quieren tener. 

-En Homo Ludens hacés un paralelismo entre lectura, escritura y deporte. ¿Qué las une y que le aporta una a la otra?

—A veces la gente se ríe porque digo que la lectura me hizo mejor jugador de hockey. Creo que a un jugador de cualquier deporte la lectura lo haría mejor jugador. Lo digo porque la práctica de la lectura frecuente estimula dos acciones vitales en el deporte y en el juego: la toma de decisión y la imaginación. La capacidad de imaginar una jugada y decidir de acuerdo a qué acción hay que tomar y en qué momento. Eso es algo que la lectura estimula porque estás leyendo todo el tiempo. Primero, incorporando conceptos para hacer una mejor lectura de una situación concreta de jugada y poder tomar una buena decisión. Y después algo que yo también sumo es que leer a Marx me hizo mejor jugador de hockey porque los valores del compromiso, de la solidaridad, del bien común, de la práctica colectiva y la colaboración hacen que un jugador tome mejores decisiones. Dentro de la cancha, el jugador siempre está entre dos tensiones: la jugada individual y la jugada colectiva, entre figurar él como la estrella o colaborar para que el equipo gane. Y, además, también está el concepto de bajar a defender.

-Es la diferencia entre ser Chucky o ser el Moro.

—Es muy común el “jugador morfón” (Chucky). Yo lo veo mucho sobre todo en el fútbol; hasta en jugadores profesionales que toman una decisión pensando que le pega al arco y hace el gol cuando la jugada más clara y mejor era hacer un pase. Entonces esas dos tensiones están ahí. 

-Tu lectura es análoga al proceso de escritura donde entra en tensión el propio lucimiento, la función de la obra y las decisiones que se toman en conjunto en una editorial. ¿Cómo manejás ese equilibrio?

—Con la escucha de las lecturas y de los primeros editores. Para mí hay algo ahí de la práctica de la escritura. Primero que es una práctica que se hace con el cuerpo. No es algo de soy “yo cerebral”, digamos. Hay que poner el cuerpo en la escritura. Y después requiere muchísimo entrenamiento; significa ajustar recursos, lidiar con el fracaso, las expectativas, la parálisis. También con ese elemento mágico que hay en la búsqueda de la inspiración, que también se da en el jugador que entra haciendo una cábala porque no sabe si le va a ir bien o no, si va a tener un día de mierda o no.

-Y también lidiar con cierto orgullo. Un editor te puede poner peros. ¿Cómo recibís las críticas?

—Es esa otredad que te está mirando. Haber jugado un deporte toda mi vida me ayudó mucho con la escritura; creo que te ayuda a lidiar con la derrota y el fracaso porque sabés que el domingo que viene tenés una revancha. Siempre tenés una revancha. Y no solo eso, sabés que no es tan grave. Peor fracaso es no haberlo intentado. Y lo mismo pasa con la literatura. Estuviste meses trabajando el libro. ¿No salió tan bueno como querías? Bueno, amigo, te podés sentar mañana y arrancar otro. Podés corregirlo. Entonces el ego pierde fuerza. Cuando vos mirás el partido fuera de la cancha, ves todos los pases. Pero cuando estás adentro, presionado con uno o te están corriendo, no lo ves. Entonces, la figura del lector, del editor que está viendo cosas que vos no ves porque estás atento a otras, es una mirada fundamental. Yo tengo dos lectores que me leen en el proceso de escritura y les pido que me digan si esto va o no va, si es muy naíf, si este personaje está mal construido o hay que trabajarlo más. Al principio, me va a doler, pero después…, bueno, vamos a laburar, que para eso estamos. El aporte de ideas es fundamental. Si me están aportando una buena idea para el libro, espectacular, ¿qué más quiero? Me están haciendo un regalo. No es que “ay, no, la idea tiene que ser mía”. Por ejemplo, las sugerencias que me hizo Ale mejoraron el texto. En un momento, me dijo: “¿Dónde está situado el narrador?, ¿desde dónde escribe?, ¿en qué año está?, ¿qué está pasando?, ¿en qué año pasa el campeonato?”. Algunos capítulos pasan en el 2019; otros, en el 2002. Hay varias temporalidades. Eso te permite estar atrapado por la trama.

-En Homo ludens, el narrador personaje relata hechos del pasado, pero, en ciertos momentos, como una muerte temprana o un partido clave, recurre al presente, ¿por qué?

—Es un recurso que me lo fue demandando la tensión narrativa de la escena, sobre todo en la épica de un partido, donde todo está pasando en milésimas de segundo, y ese borde entre la victoria y la derrota es muy frágil; a mí me parecía que tenía que ser narrado en presente. Porque era tanta la tensión que sentía que el pasado de alguna manera no le hacía honor a esa tensión. Entonces, ese presente también me servía para que lector estuviese completamente compenetrado con ese momento, antes de que tiren ese penal que vos estás viendo y que, por favor, hay que atajarlo.

-Hablabas del borde entre la victoria y la derrota. Podríamos asociar a la muerte con esos sentimientos ¿Por eso narraste en presente el fallecimiento de Choco?

—Sentía que el pasado me lo alejaba. Y el dolor sigue estando vivo. Una persona tan joven…, eso es lo que tienen las tragedias. Porque cuando una persona se enferma uno se está preparando psicológicamente. Pero en este caso desapareció de tu vida de repente; se abrió otro hilo temporal y se transformó. Entonces me parecía que ese recurso del presente era algo mucho más potente para transmitir ese dolor y lo que significó ese momento.

-Es muy interesante que ese capítulo tan fuerte termine con un pedo.

—Creo que esa es una herencia del cine italiano que yo amo profundamente porque ha logrado capturar de alguna manera toda la magnitud de la vida, que es entre la risa y el llanto; onda Fellini, Monicelli, De Sica. Es una tradición en la que yo me siento identificado para mi escritura, sobre todo en ese trabajo con el humor en situaciones dramáticas. La tragedia y la comedia. Que un lector en un mismo libro pueda experimentar la tristeza, la angustia, el llanto y la risa me parece una experiencia supercompleta. Y es el primer capítulo porque abarca todo el espectro de la experiencia humana. Ahí hay una decisión y es muy loco, porque también te habla de la dimensión colectiva de la escritura. Yo no estaba convencido de que ese fuera el primer capítulo. Para mí el primer capítulo tenía que ser el segundo, “Bajar a defender”, que es donde empiezo a contar ese campeonato. Mi primera lectora, Paz, insistió con que el primer capítulo tenía que ser “El Choco o el Cid Trovador” porque era la síntesis de la experiencia total que te iba a dar el libro. Y te vas a reír con algo tan descolocado como un pedo de Pumba.

-¿Cómo construiste a Pumba?

Mirá, varios de los personajes están inspirados en personajes reales, el equipo de hockey, y después hay varios que están construidos a partir de características de diferentes personajes. Pumba es un colectivo de dos o más personajes. Yo quería que fuera el que llevara al máximo lo escatológico, con una mezcla de solemnidad y humor, y la ambigüedad sexual. Pumba fue mutando su rol. En un momento, iba a cumplir el de Moro, de líder del equipo. Y después me pareció que no. Moro fue un personaje que me costó construir. Me interesaba esta doble personalidad; esto de ser un hippie completamente fumón y su transformación me parecía reinteresante, y sumarle características de Pumba era sobrecargarlo demasiado. Los dos personajes son construcciones colectivas que me parecía que representaban el pendular de dos arquetipos de jugadores, que abrían el abanico de posibilidades que puede tener un jugador. A Moro le toca ocupar el lugar de líder, habiéndose resistido toda la vida a eso; y, en un momento, le cae el destino y eso implica un esfuerzo, una trasformación. Pumba descomprime y te dice: “Tranqui, amigo, no es tan grave. Erraste ese gol sobre la hora… Tranqui. Mañana te vas a despertar y vas a ir a laburar y después nos vamos a tomar una birra”. También es una manera de cómo los personajes de Homo ludens sienten el deporte. Todos quieren ganar dentro de la cancha. Pero si perdieron, la birra del tercer tiempo se la van a tomar igual. Creo que es una manera distinta de entender el deporte, no desde el rendimiento o puramente sobre el rendimiento. Y que el protagonista, además, sea el equipo de un deporte amateur y minoritario porque es el hockey sobre césped masculino. 

-¿El Tigre es un apodo inventado también? Ese personaje es muy polémico.

—Es un personaje fuerte. No leyó el libro. Tampoco sé cómo puede reaccionar. Yo creo que le va a gustar, pero también ahí hay un cierto riesgo. Salvo el Pechu y Beto, todos los demás son inventados. El personaje de Sandro, por ejemplo, tiene todas las características de un personaje real. Leyó todo el libro y le encantó. El relato del gol en “El pensamiento mágico”, lo emocionó.

-En Ejemplares únicos hablás del miedo al paso del tiempo y al vaciamiento. ¿Cómo lo llevás?

—Creo que hay algo en esto de formar comunidades, de habitar esa presencia que implica estar rodeado de amigos, haciendo proyectos colectivos que para mí son una forma clara de combatir ese vaciamiento y esa angustia de la nada y de la muerte. Ahí hay algo que es estar juntos, en compañía, habitando, construyendo, dándole un sentido a nuestra experiencia colectiva. Creo que esa es una buena forma de combatir ese vaciamiento que produce la vejez, las muertes cercanas, las ausencias, el cansancio. 

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