Entrevista a nuestros docentes: Salvador Biedma

Salvador Biedma nació en Buenos Aires en 1979. Se ha desempeñado como periodista cultural, corrector, editor, traductor y librero. Publicó las novelas Además, el tiempo, Siempre empuja todo y Aunque no queramos, los libros de poemas Quizá fuera volviendo y La voz hermana y los libros para las infancias A una vaca, El Muy Fantasma, Río de sueño y Mil haikus. Fue finalista en la última edición del concurso Las Yubartas con su novela inédita Agua, barro, sombras.

Su Taller de corrección de textos es un espacio de lectura y análisis de textos propios para mejorar la escritura y fortalecer los procesos de corrección, y se desarrolla como una de las tantas actividades de Fundación La Balandra hasta el mes de noviembre incluido.

En esta entrevista nos cuenta el trasfondo de su trabajo.

¿Cómo describirías brevemente el proceso de trabajo del taller de corrección de textos?

En enero y febrero coordiné en La Balandra un taller de escritura de tres encuentros “para soltar la mano”. Ahí propuse muchas consignas y ejercicios y quedaban a un costado las opiniones sobre los textos que surgían. Este taller es la contracara: ponemos el énfasis en leer con la mayor rigurosidad posible los textos que los participantes traen escritos. Los leemos durante la semana, cada uno por su cuenta. En el encuentro se comparte, en voz alta, un pasaje de una página o dos y entonces se da espacio a las opiniones de los otros talleristas primero y, después, del coordinador. Es un modo de trabajar ya establecido en muchos talleres. Y se genera, debo decir, algo muy lindo. La mayoría de los talleristas se nota que disfruta al conocer y discutir los textos de sus compañeros. Todos aprendemos con los diversos aportes, los distintos puntos de vista, a veces incluso contrapuestos.

¿Con qué métodos trabajás? ¿Ejercicios, escritura de argumentos, lecturas de ficción, lecturas de teoría literaria?

Como decía, hablamos sobre los textos que los talleristas ya tienen escritos, sea novela, cuento o poesía. No se plantean consignas para escribir. A veces le propongo a un participante algún ejercicio a partir de su texto. Por ejemplo, que pruebe un cambio de registro o revise el texto centrándose sólo en un aspecto puntual. Los conceptos más cercanos a la teoría literaria surgen de sus propios textos y hablamos de la puesta en abismo o el hipérbaton, del flashback o la tercera indirecta libre. Como varios talleristas tenían dudas sobre el modo de poner por escrito un diálogo, nos tomamos media hora y hablamos de la raya como signo de puntuación, la distinguimos del guion, indicamos dónde van los espacios, mencionamos como fuente el Diccionario Panhispánico de Dudas. Recomendé que, ante inquietudes así, siempre sirve fijarse en libros ya publicados. Por otro lado, me parece muy importante el trabajo con los tiempos verbales porque resulta común que se pase sin advertirlo, en una narración, del pasado al presente o viceversa. Desde luego, a cada momento aparecen temas como la verosimilitud, la voz de un narrador, el punto de vista… Salvo casos muy puntuales, no planteamos lecturas de otros textos, pero surgen como recomendación a partir de lo que leen. Lo mismo pasa con series o películas. Por ejemplo, a partir de una novela terminamos hablando de la estructura de la serie En terapia. Siempre insisto en que no hay una “fórmula” para escribir y en que conviene desconfiar o descreer cuando se dice algo muy tajante o sentencioso sobre la escritura.

¿Los escritores suelen ser renuentes a aceptar las críticas, las asumen con total naturalidad, hay respeto entre los pares?

A las personas que se dedican a escribir muchas veces les cuesta aceptar opiniones y, más aún, opiniones “negativas”. Hay que tener en cuenta que uno está ante material sensible, donde el otro puso algo de sí que considera valioso. Eso merece mucho cuidado y respeto. Hay personas que aceptan sin ningún problema, otras tal vez se apuran a justificar lo que escribieron y discuten… Está claro que la opinión del otro no es, de por sí, garantía de nada. Uno trata de ayudar en este proceso del mismo modo que uno intenta escribir: un poco a tientas, sin estar seguro, sabiendo que no hay fórmulas y que lo que decís puede estar equivocado. En el primer encuentro pedí que tuviéramos cuidado con las opiniones sobre lo que escriben los compañeros porque tal vez un comentario genera frustración y “expulsa” a alguien de la escritura. ¿Cuántas personas dejaron de cantar para toda la vida por la crítica de un maestro en la escuela? Eso me parece terrible. Entiendo que haya cierta resistencia del que escribió cuando se plantea que su texto tiene un problema. A la vez, está claro que la intención de todos, en un taller, es enriquecerse con ideas y comentarios de los demás. Si le paso un texto a un amigo para que me marque lo que cree que no funciona, no me puedo enojar cuando me dice que algo no le cierra.

¿Ves en tus alumnos una predilección por las ganas de publicar o una preferencia por el escribir, corregir y guardar?

Todos los que vienen al taller han mencionado en algún momento la idea de publicar. Unos la ven como algo más cercano, para otros suena más lejana. Hay participantes que ya publicaron o están por publicar. Una sola persona, que se sumó hace poco, dijo en forma directa que escribe mucho y que no le interesa publicar. Casi todos, vale decir, estuvieron antes en otros talleres de escritura e incluso hacen más de un taller al mismo tiempo.

¿Por qué crees que los actores literarios de nuestro país están tan predispuestos a los talleres de lectura y escritura?

No tengo idea. De movida, parece increíble la cantidad de escritores que hay en Argentina; si uno se pusiera a armar una lista, se haría difícil encontrar un final. A mí me sirvió de mucho, entre los quince y los veinte años, ir al taller de Andrés Allegroni. Además de que hice amigos ahí, si bien lo que escribía no encontraba mejor destino que un tacho de basura, aprendí a tener una alarma para evitar repeticiones o cacofonías y escuché hablar por primera vez de Virginia Woolf o de En busca del tiempo perdido, entre otras cosas. Después, durante uno o dos años, armamos con amigos un taller en el cual el rol del coordinador rotaba. Creo que en muchos casos los talleres ordenan y sirven para mantener una disciplina y un impulso y, sobre todo, lo más importante y lo más lindo: compartir un espacio con otros.

¿Alguna perlita o anécdota en ese ida y vuelta con los alumnos que se pueda contar?

Un día estaba con problemas de conexión y llegué diez minutos tarde. Pude avisar, por suerte. Me sentía horrible por mi impuntualidad, aunque no tenía la culpa. Cuando entré en el Zoom, todos estaban metidísimos en una conversación. Me quedé un buen rato callado porque no quería interrumpir. Llevábamos apenas cuatro o cinco encuentros de taller. Que se genere algo así me parece hermoso, significa un montón.

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