Consumo e intimidad

Hablamos del poliamor como si fuera un fenómeno posmoderno. Vamos a comer y en el menú leemos que sirven un cuarto de ave con tubérculos andinos, que significa “pollo con papas”. Decimos grounding, latte, spoilear, procrastinar, ghostear, cringe, resiliencia, jede, reperfilamiento, y todas parecen palabras nuevas, y quizás lo sean, pero se refieren a cosas, verbos, situaciones que ya estaban ahí desde antes, y que eran nombradas sin inconvenientes. Con los audiolibros ocurre más o menos lo mismo: son tan antiguos como la génesis de la literatura, con la diferencia de que hoy tenemos otras tecnologías. Porque, ¿qué es un audiolibro? Una historia que puede ser mejor o peor; interesante o no; de ficción o de marketing empresarial; con efectos sonoros y música de fondo o a capela; escrita y leída por adultos o niños, individual o coral, etcétera. 

Los audiolibros tienen un universo de posibilidades técnicas, narrativas, de registro, pero mantienen un elemento indisoluble: son historias contadas en voz alta. Historias como las que las tribus narraban en la antigüedad, alrededor del fogón, adentro de una cueva, después de una jornada ardua de caza y recolección. Historias que los pueblos hacían circular, que les contaban a los chicos para que se durmieran de una buena vez, o para entretenerlos, o asustarlos. Historias de enamorados, de traiciones, de expectativas, de conquista. Así nació la literatura: no en un papel, sino de boca en boca, como la transmisión de un saber, o de una sensación, buscando generar un efecto en el otro. Así fue durante miles de años, hasta que empezó a desarrollarse la escritura, siempre tan frágil y fallida, confrontando la memoria e intentando que lo impreso no estuviera del todo lejos de la palabra pronunciada. 

La escritura vino a poner orden a todo eso que estaba dando vueltas. A grabar e intentar darle cierta perpetuidad. Hoy leemos y estudiamos La Ilíada y La Odisea, y discutimos sobre Homero y su época como si hubiera existido un Homero, como si esos libros tuvieran fecha de publicación. No hubo Homero, sino homéridas, personas que iban por los caminos contando historias a los que quisieran escucharlas. Luego, con los años, nos encargamos de darle un sentido a todo eso, de agrupar relatos, editarlos y transformarlos en bestseller. Antes, simplemente, eran audiolibros con tracción a sangre.

Cuando Gutenberg inventó la imprenta dejó a más de uno sin trabajo (y creó, también, puestos laborales nuevos). Desde entonces, la literatura oral fue perdiendo terreno frente a la escrita, por motivos válidos y contundentes. Que los libros comenzaran a circular hizo que aparecieran muchos más lectores, algo que no fue inmediato, ni para cualquiera. El libro le permitió al lector convertir el acto de adentrarse en la literatura en un espacio íntimo. La literatura dio un salto de calidad sin precedentes. Lo escrito ayuda a pulir eso que se pensó o se dijo, editarlo, corregirlo. Y conservarlo. Y el libro es, también, un objeto que se tiene, o al que se accede, que no está carente de belleza, y que funciona como un dispositivo cultural que sirve para leer, para decorar, para demostrar.

El libro, entonces, vino a revolucionar no solamente la literatura, sino las prácticas culturales. Durante siglos, transformándose, encontrando variaciones y alternativas de formatos. Pero nunca desplazando a la literatura oral, que siguió ahí, agazapada, en segundo plano, con menos prensa. Ya no alrededor del fuego, sino, especialmente, en la transmisión familiar, en el uno a uno. Ninguno de nosotros comenzó a leer sin que antes nos hubieran leído. Crecimos con adultos que nos contaban cuentos, que abrían un libro y nos leían lo que estaba escrito, mientras nosotros mirábamos las ilustraciones, y esos garabatos incomprensibles que se amontonaban en cada página, formando secuencias que en algún momento comenzaron a adquirir significados. 

Nuestros padres, madres, abuelos, abuelas, nuestras maestras del jardín, fueron lectores y lectoras de audiolibros. Hicieron del texto un audio para que pudiéramos entrar en él. O quizás no lo leyeron, sino que lo inventaron a medida que lo iban diciendo, haciéndonos partícipes de esas historias como si estuviéramos en presencia de la colección de “Elige tu propia aventura” mucho antes de que a alguien se le ocurriera llevar eso a una imprenta. 

Desde hace no tantos años el audiolibro volvió a adquirir protagonismo, renovado por la aparición de tecnologías que lo posibilitan y potencian. Hay micrófonos, placas de sonido, estudios de grabación, computadoras, ecualizadores, efectos digitales, internet, plataformas especiales, pódcast, streaming, inteligencias artificiales. Un universo de recursos que hacen que la lectura y la escucha se profesionalicen y adquieran matices y caminos diferentes. 

Lo que hasta hace pocos años se hacía en programas de radio o televisión, o en grabaciones para personas no videntes, hoy se está popularizando. La tecnología es una de las razones. Pero es indisociable de cómo van caminado los hábitos y los comportamientos culturales de los lectores, que cada vez tenemos menos tiempo para leer, que cada vez prestamos menos atención, en un momento en el que un libro no solamente compite contra otro, sino con el tiempo que le dedicamos a Netflix, WhatsApp, Instagram, Spotify. La reaparición, formal, ahora, del audiolibro, viene a responder a necesidades que antes no teníamos: no queremos dejar de estar en contacto con la literatura, pero no tenemos tiempo para ella. Entonces, la escuchamos. Lo hacemos cuando lavamos los platos, viajamos en colectivo, paseamos con el carrito por el supermercado o estamos con la luz apagada intentando dormir, mientras hace efecto el clonazepam. 

En los últimos años las editoriales comenzaron a descubrir eso y notaron que, como enseña el capitalismo, ahí donde hay una demanda, hay una ganancia posible. Por eso empezaron a invertir en la grabación de audiolibros, creando departamentos específicos, haciendo investigaciones de mercado, buscando maximizar las posibilidades y ganancias. Diría que, por regla general, uno tiene que desconfiar de estas cosas, porque los intereses de las grandes corporaciones suelen ser perjudiciales para el arte y la cultura. Sin embargo, hay veces en las que un género, o formato, o tema se vuelven tendencia, y eso está muy bien. Porque la tendencia posibilita la difusión, las inversiones, el desarrollo, la aparición de problemas, la diversificación de respuestas y soluciones, la emergencia de alternativas, estilos, criterios, búsquedas conceptuales. 

Que los audiolibros les permitan a las editoriales transnacionales forjar ganancias, entonces, genera un efecto cascada que es positivo y necesario para el ecosistema literario, al menos en dos sentidos. Por un lado, porque contribuye a explorar otras maneras de que la literatura llegue a públicos nuevos. Jóvenes, sobre todo. Por otro, porque vuelve a atraer la atención de aquellos que fueron abandonando hábitos en pos de la mediatización y el ritmo vertiginoso del siglo XXI. 

Queda en nosotros, los lectores, definir el futuro de los audiolibros. Es decir, tomarlos como una forma de consumo más, propia de la época, o como la posibilidad de acercarnos a la literatura desde otro lugar, explorando límites y posibilidades. Y, tal vez, pensar qué es lo íntimo hoy, para nosotros, y de qué manera vincularlo con la palabra escrita y la palabra dicha, con lo que leemos y escuchamos, con lo que hacemos con todo eso.  

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