Cansada

Cuándo empezó a sentir que el cansancio se había adueñado de ella. Le parece que desde siempre se ha arrastrado por sus venas como plomo líquido. Se mira sus pantorrillas hinchadas, en las que las varices pintan un paisaje de ríos furiosos. Las masajea con desgano.

La mujer echa un último vistazo por la pequeña ventana de su habitación. Son las seis de la mañana y todo sigue oscuro. 

De este lado del mundo hasta el sol es mezquino. 

Embutida en un grueso abrigo y con los pies encerrados en botas de nieve, emprende su camino a la fábrica siguiendo la huella que dejan sus exhalaciones en el aire helado. Le espera otra jornada de movimientos repetidos como rosarios perversos, al cabo de la cual arrastrará su cuerpo de regreso a su habitación, a través del mismo paisaje frío y oscuro. Solo le quedarán fuerzas para desplomarse en el sillón frente a la televisión que nunca apaga, los ojos entreabiertos, tratando de distraer la mente de un agotamiento abrumador. 

Aunque no es su costumbre alentar los buenos recuerdos, de vez en cuando le espeta a su soledad: “Por lo menos tuve una infancia feliz”. Evoca imágenes de una niña jugando en el agua al calor de un sol amable, su cuerpo rebosante de risa ligera. Cuando empiezan a acechar las memorias que amenazan con desmentir la única parte de su vida que no está empapada en rencor, se detiene y vuelca su atención en la muerte.

Nada le aliviana más el peso de la vida que imaginarse formas para acabar con ella. Suele acompañar sus ensoñaciones con varias copas de vino barato y una cadena de cigarrillos Cartier —su único lujo y último vínculo, tan absurdo como inútil, con la mujer que alguna vez quiso ser—. Entre grandes sorbos y caladas profundas, se entrega a idear métodos que van desde lo ingenioso hasta lo absurdo.  

Se divierte.  

En este país donde el suicidio ha tomado formas de deporte nacional, el suyo podría sumarse al de los realmente exitosos. 

Se sirve otra copa de vino y brinda al vacío. 

Cuando las fantasías se agotan, la memoria encuentra una grieta por donde acosarla. 

Un vikingo de cabeza dorada y ojos de acero. Más alto que cualquier hombre que ella hubiese visto hasta entonces. Este es un triunfador, pensó con absoluta convicción, y lo conquistó con el mismo desapego con el que ahora diseña métodos para desaparecer. 

Le pega una calada larga y profunda al último cigarrillo del paquete. Culpa a su corta edad y falta de experiencia por el terrible error de cálculo que resultó en un matrimonio atroz con un hombre sin escrúpulos, pero incapaz de triunfar en nada.  Tuvo que huir con él a su país natal con los dos hijos que se sumaron a la calamidad y con las secuelas de ocho abortos agriándole sus entrañas. Partieron de noche y sin despedirse de nadie.

Nunca se acostumbró al frío que se le clavaba en los huesos ni a las caras de piedra sin nombre. 

Bien por sus hijos que se regresaron al sur antes de que se les congelara el alma. 

Desde la televisión le llega una voz de mujer: “El trabajo es liviano y aquí tengo mi propia habitación”. Resuenan en ella un tono resignado y una vibración amarga que parece dormir en cada palabra. Vuelve la mirada a la pantalla y pone atención: “Una cárcel para mujeres que revoluciona el sistema penitenciario nacional”, reza el texto que acompaña las imágenes. Ve jardines donde se pasean las reclusas; algunas en parejas, la mayoría a solas. Ve los espacios de trabajo: la huerta, el taller de costura, la alfarería. La mujer se acerca a la pantalla para no perderse detalle. El último segmento muestra las habitaciones luminosas, equipadas con una cama bien acolchada y un generoso sillón; cada cuarto con su propio baño y una pequeña cocina empotrada. Todo es tan acogedor que los barrotes de las ventanas no parecen sino un mero detalle decorativo.

La mujer regresa a su sillón desvencijado y pasea su mirada por encima de la alfombra sintética, de las cortinas raídas y de los muebles de descarte. Arrinconada contra el radiador, tan fuera de lugar en esta habitación como ella en el mundo, languidece una cama de metal cubierta con una colcha comprada en las rebajas de fin de año.

Extenuada, se acuesta con la ropa del trabajo puesta, la espalda pegada a la calefacción.  Se rinde al sueño ingrato de siempre, esta vez atormentado por imágenes de jardines y huertas, de cuartos luminosos y camas mullidas. 

La decisión la toma al día siguiente, apenas abre los ojos. 

 Esta vez lo hará bien.

No irá a trabajar. Si lo piensa demasiado —eso lo sabe—, se acobardará. Es su última oportunidad.

Enfundada en su ropa más oscura, sale a la calle sin percatarse de lo fácil que le resulta hoy moverse. 

Entra a la tienda de juguetes y pide una pistola de plástico “que asuste de verdad”.

La dependienta la mira extrañada, pero se sobrepone enseguida, cautivada por el ánimo alegre que irradia la mujer. La despide con un hasta pronto, señora. La mujer le sonríe y guarda el juguete en su bolso.

Se siente feliz. 

Entra al banco con el bolso bajo el brazo. El guarda la saluda con un sobrio buenos días. La mujer le devuelve el saludo, una señora amable de cara risueña, y se ubica en la fila de la única caja abierta. 

Espera su turno. 

Cuando llega a la ventanilla, apoya el bolso en el mostrador. Frente a la falsa paciencia de la cajera, lo abre y empieza a hurgar en él con su mano derecha. La cajera la observa tratando de contener la creciente irritación que le provocan las clientas de cierta edad. La mujer la mira a los ojos.  

—Si grita, disparo. 

La cajera empalidece. Ahora se percata del arma que la mujer apunta con firmeza en su dirección. Balbucea. No entiendo, señora. La mujer agita el arma frente a ella, amenazante.

La muchacha mira al guarda. Logra captar su atención. 

La mujer observa con satisfacción cómo la cajera levanta las manos.

Se gira, rápido y con intención, con la falsa pistola que nadie cuestiona, apuntándole ahora al joven guarda que se encuentra, por primera vez en su corta carrera, en una situación de vida o muerte. Sus miradas se cruzan un instante: los ojos de él, anegados en un pánico frío y letal; los de ella, tan claros y cargados de certidumbre como cuando soñaba en las rio de su infancia.

De Salida de Emergencia, Monica Riascos Weber, Encino Ediciones, Costa Rica, 2024

Biografía

Mónica Riascos Weber (1962) nació en Buenos Aires, Argentina, hija de padre alemán y madre entrerriana. Vivió en Alemania, España y Colombia antes de asentarse en Guanacaste, Costa Rica, donde reside desde 1996. Estudió Traducción e Interpretación, Psicología y Psicopedagogía. Sus relatos breves “María” y “Alemana en Macondo” han quedado como finalistas en los concursos literarios Historias con sabor y El cuento contado, respectivamente. En julio 2024 publicó su primer libro de ficción, Salida de emergencia, con Ediciones Encino. Ha sido miembro activo de los talleres de escritura Escribir para publicar de Carla Pravisani, de los talleres de Narrativa Personal de Catalina Murillo y, actualmente, del taller de Escritura Creativa de Clara Obligado.
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