Gonzalo Unamuno escribe novela, cuento y poesía. En 2008, comenzó a crear a Germán Baraja, personaje que protagoniza las novelas Que todo se detenga (2015), Lila (2018), y los cuentos «Sacar la basura» y «Tu jardín salvaje» (2021). Que todo se detenga fue adaptada al cine por Juan Baldana en 2022. Este año, esas obras se compilaron en un libro para dar cuenta del universo del protagonista y su transformación bajo el título Las máscaras de la bestia. Se expone el mecanismo psicológico de un femicida, no detalles sobre cómo un hombre mata una mujer, números o estadísticas. Entre otros temas, conversamos sobre la implicancia de las máscaras en el personaje y en nuestra vida cotidiana, la construcción de la psiquis de Baraja, el proceso de escritura, el esquema de daño en la era de la hiperconectividad y la importancia del trabajo de corrección para no caer en el morbo o la sobreinformación que obture la imaginación de los lectores.

Por Felicitas Ilarregui
—En Las máscaras de la bestia, podríamos cruzar ese pensamiento de Oscar Wilde que dice que, solo si le das una máscara al hombre, te va a decir la verdad sobre sí mismo. ¿Baraja efectúa la operación contraria y se desenmascara ante los lectores?
—Creo que no decide sacarse las máscaras. En los libros que reúnen su historia, él las utiliza deliberadamente para mostrarlas. Nunca pude escribir la novela en donde él se hubiese sacado la máscara o, en cualquier caso, hubiese sido desenmascarado. Ahora bien, hay un juego a lo largo de todos los libros porque es un personaje del que, en realidad, nunca terminás de saber cuál es la cara y cuál es la máscara. Él se va descascarando, se va desenmascarando a medida que habla. Como es una primera persona de tiempo presente, él, en Que todo se detenga, que es prácticamente un soliloquio, va jugando con esa idea de ser un perverso, de que utiliza a la hermana para sacarle plata para la droga, de que le escribe una carta nefasta a la madre que está muriendo de cáncer. Después, en Lila, arranca diciendo que mató a su mujer, es decir, que el libro nace de una enunciación de un femicida que se va a jactar de ello. Creo que, en la primera o segunda página, ya dice en el primer párrafo: “Le borré a ella su última sonrisa en este mundo”. A su vez, no solo él es el que deambula en esos límites de desenmascararse y a su vez mostrarse como un hábil enmascarado, sino que hay una parte puntual, que es la que deriva en el femicidio, cuando Lila lo termina denunciando. Lila hace pública la denuncia, lo escracha en las redes. Y, en alguna medida, pasa a la acción, pero con terceros; no es que se da cuenta y se separa. Ella, en un momento dado, lo increpa, le dice: “Voy a tener el bebé, no sos tan inteligente”. Y acto seguido, en ese lapsus en que él insiste en retomar el esquema de daño y de jerarquización, ella lo denuncia y, por ende, creo que queda bastante desenmascarado todo el tiempo.
—La voz de Lila, propiamente dicha, aparece apenas en unas líneas ¿Por qué, además, decidiste narrar su historia y la de sus padres en tercera persona?
—Me parecía que tenía una fuerza, un encadenamiento mucho mejor, un respiro de esa voz sofocante de Baraja en primera persona, si se le daba la dinámica de un capítulo de aventuras parecido a la novela clásica del boom latinoamericano del siglo XX, donde hay mucho viaje, color, Centroamérica y mucha cuestión política. Si todo eso lo hubiera narrado Baraja, perdería fuerza. Habría sido imposible contar las peripecias de su vida. Todas las múltiples formas en las que fue violentada o atropellada por el patriarcado, que son el padre ausente, el empleado de la embajada, la madre también ausente, el alcoholismo; bueno, los grados de delirio que se manejan ahí. Además, la situación política de la Argentina y los problemas de salud que Lila tiene… En esa época, se tenía mucho menos información que ahora. Yo siempre tuve a mano la cuestión autobiográfica. Todos mis libros son prácticamente autobiográficos. Muy en especial Lila.
—¿En qué aspecto son autobiográficos?
—Hay elementos de mi vida y yo hago un entrecruce. Hay una “Introducción a la bestia” donde yo cuento que decido extremarle a Baraja todas las características de la misoginia. Para eso, empecé a valerme de todo lo que tenía a mano. Por ejemplo, mi padre (Miguel Unamuno) fue un político medianamente histórico del peronismo, que fue embajador de Ecuador. El padre de Lila es embajador. Entonces, yo tenía idea de lo que es vivir en una embajada, de lo que es el servicio diplomático. Candelaria, la madre, es arquitecta como mi mamá. Como para que te des una idea, por el tema de la militancia política, por ejemplo, yo hablé toda la vida, no para el libro, con un montón de personajes exiliados en México que es adonde se iban durante la última dictadura. Se iban a España o a México. Entonces yo cambié la embajada de Ecuador por la de México para hacer una cosa más política, con un anclaje ahí. Después, mi hermana, en el momento que estaba escribiendo el libro, tenía bajas de potasio que la hacían caerse al piso intempestivamente. A su vez, yo estaba en pareja con una exactriz, que es del 77, un poco mayor que yo, que había dejado de actuar; era la mala de la serie Chiquititas; tenía el mechón blanco y era muy flaca. Fui armando una especie de croquis con todos los elementos que me quedaban cómodos para ubicar en la geografía y en la respiración de la historia.
—¿Cómo trabajaste la psiquis de Germán Baraja?, ¿acudiste a psicólogos o psiquiatras?
—Sí, pero creo que, en realidad, con ser hombre alcanza. Por supuesto, Lila está dedicado a mi psiquiatra. Abre la entrada el pasaje de un lacaniano que es Gustavo Dessal. Siempre tuve mucho interés en el psicoanálisis. Eso me dio, vamos a decirle, una “formación de base”. Pero siempre creo que con haber nacido hombre uno entiende fácilmente ese mecanismo de razonamiento porque nacés con un sistema que avala la opresión a la mujer. El hombre es el que ejecuta, pero el sistema es el que apaña. Por eso la diferencia entre femicidio y feminicidio. El femicidio es el acto en que un hombre mata a una mujer. El feminicidio es cuando la siguen matando a través de las instituciones que perpetran la victimización, hacen culpable a la víctima después de muerta y entonces empiezan con todas las conjeturas de si se lo merecía, si no, cómo lo iba a provocar así, por qué estaba sola a tal hora de la noche, por qué tenía tal vestimenta, veinte perfiles de Facebook… como si eso fuera digno de merecer que te mate un tipo. Uno empieza a darse cuenta de que el hombre mata cuando ve amenazada una estructura de privilegios; una estructura jerárquica donde la mujer, desde que nace, ya es sometida por la estructura que el hombre creó a su imagen y semejanza. ¿Qué son los juegos olímpicos?, ¿qué es la posibilidad de llamarnos campeones del mundo?, ¿qué es que las bandas que musicalizaron nuestra vida estén compuestas por cinco, seis, siete hombres?, ¿quién es el Padre de la Patria o el Libertador de América?, ¿quiénes son los líderes políticos?
—Lila es un relato espantoso, pero, a la vez, en cuanto a la forma, lo narraste bello. ¿Cómo trabajaste esa paradoja?
—Me di cuenta de que tenía una única opción porque si no tendría que haber sido un cuento, que es lo máximo tolerable en esos grados de maldad. Si Lila lo narrás con una prosa austera… Baraja te va psicopateando a medida que te cuenta la psicopateada. Entonces, ahí está el verdadero truco: yo quería, acá entrecomillo, “alta literatura”, de “calidad” en su lirismo para que no te sientas expulsada o expulsado en tanto lector. Porque si, además, lo narraba de manera cruda, fea, con una respiración que no te invitara a seguir leyendo, yo era el principal adversario de mi novela. Entonces el truco tenía que estar en lo mucha gente me dice: que termina empatizando con el contenido y nunca con el personaje.
—¿Cómo lográs narrativamente no caer en el morbo, el panfleto o la apología?
—Eso se logra con trabajo. Escribiendo, releyendo, dando a leer, atendiendo las sugerencias que te hacen. Me ha servido un psiquiatra, por ejemplo, para no irme del rango psicopático al psicótico. Hay gente que me ha señalado: “No hace falta narrar el crimen”. Hay algo que a mí me gusta y es que la gente no se acuerda de cómo murió Lila. Y toda la novela gira en torno a su femicidio. Lo que se está desenmascarando es el mecanismo de razonamiento de un tipo y no el golpe bajo de cómo mata a trompadas a una mujer. El femicidio lo cuento en un par de renglones; es una enunciación de la triquiñuela que el tipo hizo para entrar y chau. El libro va de otra cosa. No hay nada más fácil que caer en el golpe bajo, en el morbo, en la repetición de la repetición, en enamorarse del concepto, en seguir con el lirismo o en hacer algo que, en alguna medida, resulte empalagoso. Es trabajo y se logra leyendo mucho, entendiendo qué cosas son dignas de la prosa poética, qué cosas no lo son, cuándo hay que parar para no entrometerse de más en la imaginación del lector; porque cuando la prosa es densa se corre ese riesgo de sobrecontar.
—¿Cómo repercute en Baraja, nacido a fines de los setenta o principios de los ochenta, la era de la hiperconectividad en la ejecución de su esquema de daño?
—Para el ojete, como todo en su vida. Hay un momento en que, para los egos dañados como el suyo, si su época no lo invitó a subir al escenario, se convierten en “esa porquería”, como dice él. En Lila, Baraja está en el Parque Centenario calculando cómo los niños morirán en la era de la hiperconectividad. Pero, a su vez, también le sirve para tomar información. Para ser alguien que capta los gestos de la época y toma los guiños. Para mí, hay cosas que debieran ser de orden, no digamos de secreto profesional, pero que todo el mundo esté armando listas de cómo es la psicopatía, de cómo es esto en las redes, de cómo es en el mundo de la hiperconectividad es material para que el psicópata se vaya perfeccionando, quiera esconderse y dar una proyección de vida. Fijate el psicópata estafador de Tinder. Hoy podés tener desde perfiles falsos, seguir a la genia de la psicopatología, y saber qué no hacer para no ser detectado. Todas esas herramientas sirven para alertar y a su vez también son medios de pseudopsicología porque mucha gente es como decía Dolina: “No quiere leer, quiere haber leído”. Entonces les encanta cuando les hacen cinco ítems del ciclo del abuso narcisista y dicen: faceta de descarte, de encandilamiento, de hoovering y que acá te desaparece, acá te chupa la energía, acá ya dejaste de importarle. Te lo resumen a eso, pero es algo que está en constante movimiento. ¿Cuál es la gran pregunta de nuestra época? ¿Esto lo hizo la IA o no? Se mudó de casa, ¿está decorada con IA? Este posteo lindo, ¿será IA o le salió a él? Todos los días veo gente que escribe cada vez mejor y yo no sabía que escribía. Leés los posteos y es una cosa tremendamente poética no mecanizada y se te van diseminando los límites. Entonces vos no sabés que termina siendo real, que termina siendo falso. Cuando no sabés qué es real y qué es falso es porque todo es real.
—En tu poesía y en tu libro de cuentos Contactos bloqueados, la máscara también está presente. ¿Qué es para vos la máscara?
—Todos, minuto a minuto, estamos utilizando una máscara. Es algo realmente necesario para la supervivencia. Si viene un boludo y me dice: “¿Y la comida?, ¿y el oxígeno?”. No, pará, quiero decir que todos en alguna medida usamos un disfraz, una máscara. Por ejemplo, yo ahora desde las once de la mañana sé que no puedo hacer nada porque tengo que hablar con vos y eso me obliga, no a ponerme una máscara como un concepto totalizador, es la máscara como algo metafórico. Yo ya sé que tengo que usar el disfraz de escritor, la máscara de escritor y hasta te diría que del orador. Entonces yo, cuando corto con vos, me voy a ir a tomar un café y después tengo que ir a Pergamino. Llego a casa de mis suegros y ahí usás otro tipo de máscara, pero no porque sos un hipócrita o un mentiroso, sino por cuestiones que favorecen a la vida. Por ejemplo, a mí me encanta tomar cerveza, fumar y leer… Yo, cuando voy a lo de mis suegros, trato de evitar que eso sea muy agresivo porque yo sé que a mi pareja le hace bien que no esté mostrando todo el tiempo esa imagen. Entonces, si llegara a las tres de la tarde y fuese con diez amigos varones, diría: “¿Qué hacés, boludo? Abrite una birra”. Pero si voy a lo de mis suegros, me dan té de jengibre y budín de limón y arándanos, les digo muchas gracias. Entonces ahí estás usando algo, llamémosle “máscara”. Si vos tenés que presentarte para un trabajo, con el famoso CV, no vas ir tres días sin bañarte y con olor a huevo.
—Vos formás parte de lo que se conoció como “los escritores del reviente”. ¿Cómo surgen y por qué recibieron tantas críticas en las redes sociales?
—Surge a raíz de dos cosas, creo yo. Una es el acierto de cómo titula el periodismo y otra del diálogo que estaban teniendo nuestras novelas en esa época. En ese momento, en simultáneo, yo saco Que todo se detenga; Enzo Maqueira, Electrónica; Loyds, Merca y Juan Sklar Los catorce cuadernos. Como que detectaron un patrón común en nuestras novelas: personajes reventados, hacinados. En ese momento, Germán no era el femicida que fue después, era el reventado. Miguel Frías hizo la nota. La edición impresa era “Letras salvajes”. Horacio Convertini la tituló en la web de Clarín (revista Viva) “Los escritores del reviente argentino” y, creo yo, terminó dando en el clavo. Ahora, en esa nota, lo que irrita son dos factores. Uno, el desparpajo con el que nosotros tocamos a algunos intocables de la literatura como César Aira. En esa nota, decíamos que era un boludo prácticamente, además de un mal escritor, siendo que el problema no es Aira, sino los “airitos”, los que quieren ser Aira. Y, después, que fue una nota que era tapa de revista, algo que no se acostumbraba. Las páginas web de los portales se leían muchísimo. Hoy los portales van detrás de las redes sociales. Que te repostee la nota Lali Espósito te da siete millones de seguidores y en el portal de Clarín, con suerte, la ven cincuenta mil personas… Pero entonces era lo que había. Salió y empezaron las críticas de clase porque parecíamos todos medios chetos y eso irrita a los que se creen adjudicatarios a hablar del reviente: “¿Qué me van a hablar de reviente estos que toman “mokachiota” en Palermo? Lo único que pueden reventar es el freeshop”. ¿Y la gente qué se imagina? Que el escritor del reviente tiene que ser un reventado. Era inconcebible que tipos de la clase media, vamos a entrecomillarla, “acomodada” fuesen los que se llevaran la bandera del reviente. Y encima teníamos la impertinencia de hablar mal de autores consagrados, defendidos por un montón de gente y editoriales que los apañan. También la envidia porque estuvimos mucho tiempo peleando porque se les diera más espacio a los escritores. Y cuando finalmente logramos una nota que se la daban habitualmente a Carlos Tévez o a Susana Giménez, salen otros escritores a patalear. Esa nota, en alguna medida, nos bautizó y nos incrustó a todos en el mapa literario. Yo me acuerdo de que un día llegué a pasar más de dos días leyendo insultos en Twitter y no terminaban nunca. Creo que nadie los llegó a leer todos. Y mucha gente, incluso amiga nuestra, insultándonos porque esa nota tuvo una característica: se la tomaron personal. No era un problema con nuestra literatura, era un problema con nuestra imagen pública. Nos empiezan a reponer a todos en las librerías: “A ver, ¿qué escriben estos tipos?”. Después, cada uno hizo su carrera.
—Hace un rato hablabas del trabajo en la escritura, ¿sos de corregir mucho?
—Soy un enfermo de la corrección. Y a medida que envejezco, peor. Fui mucho más irresponsable de joven. La diferencia que tiene el escritor con el resto de las artes es que todo el mundo está narrando. Entonces, por ejemplo, la música es un idioma común, un arte. El cine nos interpela. ¿Pero qué pasa? Vos no hablas con tu madre a través de un set de filmación ni yo me comunico con los albañiles de enfrente de mi casa con un piano. La materia prima del escritor es el lenguaje con el que nos comunicamos. Todos narramos todo el tiempo una historia. Hay otras cosas que nos mueven, nos interpelan, pero es muy fácil caer en el “llovía torrencialmente” o “el cielo se caía a pedazos” porque son expresiones populares que vos como escritor las tenés impregnadas. Son frases hechas que te las tenés que ir sacando.



