Redonda, circular como el horizonte,
cuando se estira en lejanías, la pregunta ronda,
insiste en laberintos y yo no consigo escapar y me pierdo,
por eso, mis palabras se esfuman y no la llegan a atrapar
En intentos, encuentro el sonido, el sentido, la intención,
pero no alcanza, y persisto, desisto, hago, deshago, borro,
invento, grabo, escribo, escucho, tacho, escribo.
Y si no hay palabras hay llanto,
y si no hay llanto hay vómito.
Porque duele, con un dolor imposible de nombrar:
la ausencia de humanidad. Si la humanidad nació en esa cueva,
donde alguien cuidó a un semejante herido
¿qué nos pasó después?
Y una trompada visceral es la crueldad
y es el hambre de los niños.
La pregunta horada y cava,
aunque a veces el poema parezca logrado,
siempre hay un resquicio, una plica,
un suspiro de párpados,
una lágrima desatendida,
alguien que se va, una luz entre las hojas,
una risa, una nube de esquirlas,
un llanto, un guiño, un deseo,
un silencio, las vidas posibles,
las muertes, y un grito de extrañeza
por haber soñado la quimera de un mundo mejor,
y hoy tanta guerra y mugre y horror…
Un crujido innominado retumba en pasado o presente,
intangible, apurado, y el poema se escapa,
vive su propia vida.
¿Cuántas vidas tiene un poema?
¿Tantas como preguntas y quienes lo lean?
Y la pregunta de la poeta
es una ronda de palabras sin final,
un círculo de cicatrices sin cicatrizar,
un horizonte que se resiste a no reflejar ternura.