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Un mal pasajero

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Sinopsis

Eduardo Olbrego tiene treinta y cinco años, es profesor. Se asume alcohólico aunque descubre que una forma más refinada de sufrimiento que la resaca es la sed. Buenos Aires es para él un circuito cerrado lleno de oportunidades para beber. Expulsado de su familia y de su matrimonio, vive en una clase media que ya no le promete nada. Desprecia su trabajo y carga con una paternidad que lo desborda más por culpa que por amor. Todo se desacomoda cuando encuentra una nota que no sabe si atribuir a uno de sus estudiante o a su ex cuñado: “La única solución es matarlos a todos”. Quiere desentenderse, pero no lo logra. A partir de ahí, la ciudad empieza a cerrarse como un tubo con una única salida al final: amenazas de los hermanos de una ex alumna con la que mantiene una relación, un hijo al que no sabe cómo cuidar, un alumno que insiste en buscarlo, una red frágil de afectos: Roca, el amigo que quiere rescatarlo; Alejandra, la escucha paciente. Eduardo está empeñado en erosionar todo alrededor y desaparecer pronto. Como un mal que es pasajero. Pero cada paso que da lo lleva a su propio impulso de arrasar con todo, empezando por sí mismo. Elige siempre la salida equivocada y termina de cara al crimen que hubiera querido evitar. La culpa y el deseo de huir —por no haber sido buen hijo, buen padre, buen esposo, buen profesor— funcionan como motor y condena. Un mal pasajero es una novela áspera e íntima, de realismo sucio, donde el deseo de desaparecer convive con la obligación de hacerse cargo. Eduardo fracasa.

El sol le da en la cara y entorna los ojos para verla mejor. Podría levantar- se, bajar la persiana, tirarse boca abajo en la cama y olvidar la luz que no hace nada bueno por su cerebro dolorido hasta el último rincón. Pero el sol tibio de principio del día no lo trata mal. No es el sol que va a quemar a la tarde, es el primer sol, ése que parece bueno, calienta apenas, da vida y fuerza a las plantas nacidas en el basural y en los cementerios. No hay basura alrededor. Todo parece limpio y suave en la habitación. Es el sol del principio, encen- diéndose de a poco. Podría cerrar los ojos. Pero así no podría verla. Desde el sillón junto a la ventana la ve caminar por el departamento. En el baño ella busca iodo y algodón, saca una toalla del armario. Él se asombra de que una ciega pueda moverse tan ligera, tan fácil, sin llevarse las sillas ni los bordes de los muebles por delante. Se lo dice abriendo apenas la mandíbula dolorida.

—Yo tendría las piernas llenas de moretones. Ella no contesta y sigue. La ve acariciar las paredes iluminadas por la luz amarillenta, cada tanto, usando la palma de sus manos como un bastón.

—Vos te movés mejor que mis ideas. No chocás. Yo, en cambio… Trata de armar una línea completa de pensamiento, pero a cada dos pasos encuentra que falta una palabra o que hay un espacio en blanco.

—Me duele el cerebro. Alejandra desaparece de su vista por un instante y toda su atención se vuelca hacia él mismo. Su espalda, que duele. Su cara, que duele. Un punto indefinido debajo de las costillas, que parece moverse por dentro con cada respiración, como si una pelota con clavos le bailara entre el estómago y los pulmones.

—Todos los departamentos se parecen. Dice ella desde algún lugar. Él trata de entender por qué. Sólo puede pen- sar que tiene razón. Todos los departamentos se parecen dice ella y es cierto. Tal vez las casas sean diferentes entre sí. Las de gente de guita, más diferentes todavía. Pero los departamentos son todos iguales. Recuerda la reja de la entrada, la puerta, el hall, el gobelino de mal gusto, el libraco de mal gusto y el cuadro con el toro huevón y cornudo. Recuerda haber pensado: Hay mucha plata acá. Recuerda una cocina, un lavadero, una habitación de servicio y un baño, un living tan grande como su propio departamento, una oficina, una habitación, otra, un baño. Recuerda una cripta de la Recoleta, llena de plata y de huesos.

—Estaban todos muertos. En la cocina. Atrás de una puerta, todos amon- tonados. Por eso no pude abrir. No sé cuántos eran. Dice en voz alta y desde algún cuarto Alejandra no responde.

—¿Me escuchaste? Ella aparece y se arrodilla junto a Eduardo.

—Acercá una silla.

—No. Así está bien. Dice ella. Moja una bola de algodón con iodo y se la pasa por la frente, justo donde nace del pelo.

—No me hubiera imaginado que eras del tipo de hombre que tiene iodo en el baño.

—Nunca hubiera pensado que una ciega supiera curar una herida. Aun- que, si te ponés a pensar, no tener ojos debe ser muy útil para no sentir asco. Ella no dice nada.

—Como con los tipos.

—No veo, pero siento. ¿Tacto o sentimientos?, piensa Eduardo. En fin. La ve enfocar los ojos hacia algún punto cinco centímetros por encima de su cabeza, los ojos ciegos abiertos al sol sin parpadear. Tiene la cara ciega como los ojos.

—Esposa maniática, marido borracho, hijo chiquito. El botiquín es más importante que la cama matrimonial. Dice Eduardo. No hay forma sencilla de empezar. Pero sí hay una forma directa. Supon- gamos que estás en una habitación, a puerta cerrada. Es la cocina de tu departamento. No hay nadie junto a vos. Supongamos que llegaste y sabés que estás acá pero no sabés cómo llegaste. Supongamos que necesitabas un lugar seguro, un techo propio que no amenazara con caerse encima de tu cabeza. Cubriste el espejo donde siempre te mirás al entrar en tu casa porque no quisiste caer en el acto mecánico de ver tu cara. Ya habrá tiempo después para evaluar los daños. Cubriste el espejo, ¿con qué? Con la camisa que te sacaste, que ahora es un tra- po manchado y roto. Fuiste a la cocina. Estás en la cocina, tomás de la canilla. Directo de la canilla. El agua helada te quema la garganta. Das un salto atrás. El que responde sin pensar es tu cuerpo, como si en lugar de agua helada se trata- ra de agujas, pequeñas y miles, que bajan por tu cuello y te lastiman la garganta seca. ¿Abriste la llave correcta? Sí. La derecha, la fría. El problema no es el agua. El problema es tu garganta. Entonces viene a tu mente el primer recuerdo claro y distinto en no sé cuánto tiempo: hace dos días que no tomás ningún líquido. Y saberlo de pronto hace que sientas una sed voraz. Como si saber te hiciera recordar a tu cuerpo. Que estaba seco, que cada una de tus células estaba mar- chita, empastada y arrugada. Como si tu cuerpo se hubiera olvidado que estaba marchito, empastado y arrugado. Sentís una sed de día de verano y cemento recalentado, sed debajo del sol, a la tarde, cuando la ropa quema. Y entonces te tirás hacia la canilla. Y rodeás con tus labios resecos el borde metálico del caño y abrís otra vez para que el agua fría corra garganta abajo y otra vez las agujas, pequeñas y miles, en la garganta, pero aunque te duela, te queme, te corte, el agua misma te sana, te apaga, te hiela. Tomás y el dolor de las agujas pequeñas y miles cede y sólo sentís que todo tu cuerpo se llena de líquido. Primero tiene que pasar por el estómago, pensás .

No me está llegando a los músculos todavía. Pero, aunque lo pienses (vos pensás todo, todo el tiempo), podés jurar que cada gota resbala por la lengua y entra en tu estómago y de ahí salta a todas y cada una de tus células que se enfrían, se hinchan y vuelven a funcionar. Tomás mu- cho. Perdés la cuenta, sólo querés que el agua no deje de bajar. Te saciás. El agua tiene un límite. Vos tenés un límite con el agua. No es como con el whisky o la ginebra. Y ese límite llegó, tu estómago te lo avisa. No vas a morir deshidratado, ya sos un globo repleto de agua. Se aparta asqueado de la canilla y mira durante un rato el chorro que cae y se pierde por la rejilla de la pileta, hipnotizado como le pasa a muchas personas ante el fuego. Ve un hilo fino, rojo, espeso, oscuro, envuelto en el remolino que se pierde. Después de un tiempo indeterminado, cierra la canilla. Se pasa la lengua por el paladar, disfruta de la boca helada.

—Con sed no se puede pensar. Habla. Se escucha. Sabe que la lengua, las cuerdas vocales y los oídos funcionan. Queda conforme. Corregite: con sed de whisky no se puede pensar. O de ginebra. Con sed de agua lo que no se puede es vivir. Pasa la lengua por los dientes. Por la cara interna. Por la cara externa. Siente la mugre rugosa acumulada y calcula que lleva días sin lavarlos. Tres o cuatro. De pronto, un sabor metálico. Vuelve a pasar la lengua, arriba, a la de- recha. En el pliegue donde se unen la encía y la mejilla, el sabor inconfundible del hierro. Pasa la punta del dedo y encuentra una cortadura, un centímetro tal vez. Toca los bordes con la yema del dedo. Debo tener la cara hinchada. Suena el timbre y por un segundo Eduardo se desconcierta. Hasta que recuer- da que él mismo llamó a Alejandra. Apoya el lado izquierdo de la cara contra la puerta de entrada para escuchar sin tocar la hinchazón. Siente que le clavan un alfiler caliente en la sien izquierda y retira la cara. Está peor de lo que sentía.

—¿Quién es?

—La Confusa. Eduardo hace girar la llave y se aparta. Se sienta en el sillón junto a la ventana y desde allí la ve entrar con una resolución que ya conoce, pero siempre lo fascina. Alejandra pliega el bastón, lo mete en la cartera, deja la cartera en la mesa. Tanteando, ubica el respaldo de una silla, se saca la chaqueta y la cuelga. Eduardo la mira en silencio, ella mueve la cabeza, despacio, en círculos míni- mos, como si fuera una perra de presa que olfatea y escucha.

—A veces se necesita tener alguien enfrente para poder armar una histo- ria. Mientras estás solo, las ideas flotan libres en tu cabeza. Pero en el mismo momento en que dos ojos fijan su mirada en los tuyos, o en el primer instante en que dos oídos prestan atención, en el momento en que encontrás un se- cuaz, o una compañera, las ideas, las imágenes, los recuerdos, los sonidos, los olores, todos los elementos de la historia se acomodan.

—¿Otra vez te pegaron? ¿Fueron Los Hermanos? Quiere abreviar la historia. La tengo podrida, mejor no tensar la cuerda. —Es demasiado latino mi caso. Mirá el Quijote, pedazo de loco, necesitaba que viniera alguno, un gordito gil y buena gente, verbigracia, para que se le aclararan las líneas argumentales de su vida. Una vida de mierda. A Hamlet eso no le pasaba. Se le venía abajo el castillo y él solito juntaba piedra por piedra mientras departía consigo mismo. Hay algo sajón en eso de hablar con una calavera teniendo tanta gente viva alrededor.

—¿Estabas borracho? —La gente no me cree, pero hace más de una semana que no tomo. Más, mucho más. Pero no te puedo decir cuánto. Los Hermanos tienen que ver, hasta ahí.

—O sea que no te rompieron la cabeza ni la cara. —Hablás como si me estuvieras viendo, Confusa. Ella suspira y murmura. Eduardo sabe que ella es refinada y cuando habla en voz tan baja, como para sí, es porque está puteando, bastante alto como para que se sepa que lo hace, bastante bajo como para que no se entienda. Ella amaga agarrar su chaqueta.

—Hubo piñas y patadas. Hubo Hermanos. Pero al final. Ella se detiene con una mano sobre la chaqueta. —Pero no chupé. Eso sí te pido que me creas. Podés olerme las fauces o la ropa.

Ella saca la mano de encima de la chaqueta.

—Quedate ahí que voy a buscar las cosas. No necesito verla para saber que está ahí. La escucho abrir y cerrar el botiquín. Ella no necesita verme para saber que sigo acá. No necesito ver La Nota para saber que está. Se lleva la mano al bolsillo de la camisa y estruja el papel. La Nota está ahí. Alejandra vuelve, se arrodilla y él la mira ocuparse de la herida.

—Parece como si miraras.

—No te pongas paranoico.

—Cada vez que puedo menciono tus ojos frente a vos. ¿No te asusta lo que te dije de los muertos? —No me asustan. No los puedo ver.

—Los muertos tienen los ojos como los ciegos. Uno se mueve delante de ellos y los ojos ahí, quietos, mirando fijo para adelante. Alejandra La Confusa finge que sonríe. La Confusa sonríe poco, piensa él.

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