Nieve negra
El día que mi hermana Isabel murió por la nieve negra, hicimos el velorio en casa. Don Aráoz, un compañero del trabajo de papá, y su esposa fueron los primeros en llegar. Había sido todo tan rápido que mi hermano Daniel y un amigo todavía estaban sacando los muebles del comedor para amontonar- los en el galpón de don Chacho. Pidieron prestadas sillas y en el espacio vacío armamos un semicírculo. Eran livianas así que pude acomodarlas con ellos, me esmeré en dejar una a la par de la otra para que nadie quedara sin lugar. Ubicamos la mesa redonda de la cocina en el centro. Daniel trabó las persianas y tapó las ventanas con manteles blancos. Los demás se habían ido a seguir acomodando la casa, así que me quedé solo en ese lugar que parecía un altar. El viento empujaba la puerta y el único rayo de luz iba disminuyendo. Una puntada en la garganta hizo que se me aflojaran las piernas. Dejé las sillas tiradas y salí corriendo.
Luego de terminar con la sala de estar, mamá se dio cuenta que no tenía ropa para usar durante la ceremonia. Me pidió ayuda para buscar entre las cosas guardadas arriba del placard. Le alcancé una banqueta desde el patio. Ella se quitó los mocasines y se apoyó en mi hombro para subir. Su peso me hizo perder el equilibrio y casi nos caímos. En el segundo intento, mantuve el cuerpo rígido. Al sentir la presión, flexioné las piernas y la sostuve desde la espalda hasta que logró subirse. Tiró bolsas repletas de ropa que, al impactar contra el piso, expulsaban una masa turbia de polvo que permanecía levitando hasta ser dispersada por el siguiente bulto. Cubriéndose para sosegar los estornudos, atrajo desde el fondo una caja blanca con tapa, envuelta por una gruesa cinta roja. Sin mirarme, me la entregó y me tendió la mano para bajar. Sentada en el suelo, revisó camisas y polleras que volvía a ordenar a un lado porque no le entraban o eran demasiado coloridas. El olor a naftalina me daba una sensación de frescura y ardor en la nariz que me gustaba. Puse en la cama el paquete que me había entregado, desarmé el nudo y al destaparlo vi, impecable y brillante, el vestido que Mariela, mi hermana mayor, le había mandado desde la ciudad para el festejo de fin de año anterior. Ella lo desplegó por encima de su ropa mientras se miraba en el espejo. Era de color azul oscuro, largo hasta los tobillos y abierto en la espalda. Me quedé parado detrás, a un costado. Desde la ventana que daba hacia el fondo, el sol del atardecer se eclipsaba con nuestras siluetas, haciéndolas resplandecer en el reflejo. La cara de mamá estaba pálida. Un diminuto espacio entre los párpados dejaba ver dos aureolas opacas. Inhaló profundamente y, soplando una brisa frágil, se dio vuelta. Observó desde sus pies hacia arriba, apretando el vestido contra su cintura. Otra vez frente al espejo, sus hombros se desvanecieron y la cabeza cayó sobre su pecho.
***
Por momentos tenía que esforzarme para com – prender que era mi propia casa y que la que estaba en el comedor era Isabel. Mamá estaba sentada en la primera silla, a la par de ella, y yo en la última, cerca de la puerta. Su vestido azul ya era una prenda arrugada y sucia debajo de un saco de lana marrón. Estaba en silencio, con la mirada fija en algún lugar del piso y su cara no hacía ninguna expresión. La mano derecha tocaba su muslo y pellizcaba apenas la tela, como si repa sar la textura con la punta de los dedos la mantuviera despierta. La otra mano estaba torcida, apoyada sobre su vientre, con la palma hacia arriba y los dedos apenas doblados. La había dejado caer después de limpiarse las lágrimas. Ver llorar a mamá no era algo a lo que estaba acostumbrado. Ella solía gritar y enojarse, pero nunca lloraba. Cuando mis hermanos y yo peleábamos o nos lastimábamos jugando a la pilladita, ella nos lavaba la cara en la pileta del lavadero y repetía que llorar no solucionaría nada. Papá estaba en el fondo cortando el pasto para improvisar una parrilla. Sabíamos que iría mucha gente, a la que había que invitarles algo de comer y tomar, como se acostumbraba en los velorios. Me acerqué para ayudarlo. Cada vez que el machete chocaba contra la tierra, él hacía un ruido con la voz, como si se quejara. Se detuvo, se quitó la camisa y se la pasó por la frente y los brazos. Miró los restos de pasto y raíces alrededor y hundió la cara en la prenda hecha un bollo. Dio un grito tan fuerte que se me puso la piel de gallina. “¡Pá!” dije, sin pensar. Él levantó la cabeza, mirando hacia arriba se pasó el reverso de la palma por el rostro, me dijo que sólo tenía calor y estaba muy cansado.
Mariela llegó al anochecer con mis dos sobrinos. La puerta de entrada estaba abierta, una muchedumbre esperaba en la vereda para poder pasar. Algunas vecinas la reconocieron, intentaron hablar con ella, pero las esquivó. Atravesó la sala de estar y cuando se acercaba a la abertura del comedor, de la que brotaba una luz anaranjada y densa, sus pasos se volvieron más cortos. Alzó al más pequeño de sus hijos, con el otro aferrado a su costado, entraron. Unos minutos después, salió sola y me preguntó por mamá. Yo me había sentado justo frente a la puerta. “En la cocina” contesté. Caminó apurada conmigo detrás de ella. Apenas mamá la vio, dio un salto de la silla para abrazarla. Entre sollozos, mascullaron palabras que no logré entender. Mariela pasó un pañuelo por las mejillas y los ojos de mamá, y se sentaron a conversar mientras cocinaban.
Sobre la mesa, en una tabla de madera pálida y hundida hacia el centro, mamá picaba apaciblemente las cebollas y pimientos en trozos iguales. Dentro de una bolsa arpillera se acumulaban las chalas y desperdicios de verduras; a la par, los choclos pela- dos formaban una pirámide. El zapallo hirviendo impregnaba la cocina, borboteaba en una olla que ocupaba dos hornallas. Cada vez que mi hermana se detenía para buscar una mazorca del montículo, podía notarse la ausencia del ruido parejo y estri- dente que había estado haciendo con el rallador. Pasaba lo mismo que con las calderas del ingenio o las campanas de la iglesia. Uno se acostumbra y deja de escuchar para poder continuar con lo que estaba haciendo, pero cuando se detiene, el sonido sigue retumbando dentro de la cabeza. Como un silencio lleno que anuncia, por sí solo, la presencia y la ausen- cia de algo. Creo que también eso pasó con Isabel.
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Cuando mi hermana menor nació, era solo un bultito rosa que lloraba y gritaba. Yo tenía cinco años. Recuerdo su cara arrugada, moviéndose para todos lados, intentando abrir los ojos, buscando con la len- gua la teta de mamá. Ella, sin mirarla, la acomodaba en sus brazos, se abría la blusa y le introducía el pezón enorme y morado dentro de la boca. Hasta esa edad, yo tenía sueños en los que volvía a sentir el sabor de la leche de mamá. Imaginaba cómo habían sido los momentos en que me amamantaba. A partir de ahí, comenzó a darme asco y no volví a pensar en eso.
Isabel siempre fue la más débil. Según mamá, comenzó a toser antes que nosotros. En el pueblo todos tosíamos y nos ahogábamos con una flema marrón, agria. Nos daba fiebre y dolor en el cuerpo. Pasábamos esos días en cama, con paños en la frente. Había períodos en que la escuela quedaba casi vacía y para llenar un aula debían juntar varios grados. Algunos aseguraban que era por el frío o por algún virus, pero sin importar la época del año, nos acom- pañaba un constante carraspeo.
“Es el único lugar en el mundo donde la nieve es negra”, solía protestar mamá, mientras barría los millones de trocitos de ceniza de caña de azúcar que se acumulaban en el patio, la vereda y dentro de la casa. Limpiaba mientras papá tomaba mates en la cocina, escuchando tango en su pequeña radio. El haragán hacía fricción y ella rezongaba y volvía a arremeter contra el agua viscosa y oscura, farfullando insultos contra el ingenio azucarero. Él disminuía el volumen, apoyaba la oreja contra la tela mosquitera. Cuando descifraba lo que ella estaba diciendo, le gritaba con furia: “¡Vos y todas esas quilomberas se deberían rajar de acá. Gracias a ese trabajo come- mos todos los santos días, así que mejor se me la calla!”. Ponía la radio al máximo y la voz del Polaco o Gardel aturdía, mientras ellos renegaban cada uno por su lado.
Mis hermanos y yo no entendíamos esas peleas, la nieve negra nos encantaba. Hacíamos montículos y pasábamos con las bicis por el medio; o la hume- decíamos para armar pelotitas que nos tirábamos jugando a la guerra. También nos pintábamos la cara y los brazos para parecer negros candomberos, como en los actos patrios. Mamá tenía que lavar los delantales todos los días. Apenas salíamos de casa, el blanco brillante desaparecía y cuando volvíamos, ya con la cara sucia y los ojos llorosos, parecía que nos hubieran dado pinceladas con alquitrán en toda la ropa.
Una vez, mientras Daniel y yo jugábamos a la pelota en la canchita del frente de casa, Isabel se puso a barrer. La escoba se balanceaba y se le caía a cada rato, pero ella la levantaba y seguía. Hizo la montaña de nieve negra más grande que haya visto. Se alejó y corrió a toda velocidad. Cerrando los ojos, dio un salto, extendió los brazos y cayó justo en el centro. La caña quemada se esparció por el aire. Daniel y yo nos reímos al ver el nubarrón y fuimos a sacarla. Escuchábamos solamente su tos, no se la veía.
Esa noche, después de dar vueltas en la cama hasta lograr dormirme, tuve una pesadilla: una som- bra, como de un animal, se movía detrás de mí. No conseguía reconocer su forma, era inmensa. Todo en las calles y veredas era diferente, pero tenía la certeza que era mi barrio por el que caminaba. Las casas vacías, sin luz, con las puertas y ventanas destruidas, daban la sensación de estar abandona- das. Aparecí en mi habitación. La sombra rodeaba la casa por completo y penetraba por debajo de las puertas y ventanas. Estaba solo. En las camas de mis hermanos, una parva de cenizas rebosaba hasta el piso. La sombra comenzó a expandirse, ahogando la luz de la luna que se filtraba por las cortinas, una oscuridad sólida se apropió de todo. Dos ojos san- guinolentos eran lo único que distinguía. Escuché rugidos de un animal y cadenas reventando contra el suelo, como si estuviera saltando dentro del cuarto. Intenté moverme, quise gritar, salir corriendo, pero mi cuerpo estaba tieso, la voz no me salía. El ani- mal fue metiéndose dentro de mí, quitándome la respiración. Mi interior fue llenándose de hollín. Vi, desde arriba, humo espeso brotando por mi boca. Y abrí los ojos. Un alarido apretado en mi garganta emergió como si se abriera una garrafa. Una lumi- niscencia difusa fue ajustándose paulatinamente a la forma de la ventana. El dolor entre la lengua y el estómago se convirtió en un llanto hondo, vacío.