
Por Agustina Caride
M.H. Abrams, en su libro “El espejo y la lámpara”, formula una oposición entre dos metáforas para describir el paso del clasicismo al romanticismo. En el primero, el arte propone una teoría mimética (una imitación exacta de lo que el artista ve) y por lo tanto funciona como un espejo que refleja dicha realidad. Mientras que en el segundo entra en juego la subjetividad del artista y por eso lo compara con la lámpara: irradia desde adentro hacia afuera. Es decir, el afuera representado no como una única verdad, sino como la forma en que el artista ve y percibe esa realidad. Pienso en las naturalezas muertas clásicas, o en los árboles de Van Gogh.
Al igual que Dickens, en Grandes esperanzas, Silvina encuentra en su escritura expresiones públicas para las experiencias íntimas. Lo que M. H. Abrams llama formas pragmáticas y expresivas del arte. ¿Qué hay de espejo y de lámpara en Silvina Ocampo? En sus cuentos encontramos una gran cantidad de personajes, niñas y niños educados por una oligarquía en declive. En esa clase social creció casi olvidada dentro de la familia, ya que llegó en última instancia, después de cinco hermanas que la convirtieron en la última. Fue enseñada por dos institutrices inglesas, una francesa, un profesor de castellano y otro de italiano. Entre su linaje familiar cuenta con conquistadores, Gobernadores, políticos, candidatos a presidente y amigos de Domingo Faustino Sarmiento. Ellos representan el reflejo del espejo que los adultos le pusieron delante para mostrarle quién debía ser ella, una señorita de la alta sociedad.
En la vida, tal vez lo fue. Sin embargo, en la literatura, Silvina enciende la lámpara y con ella ilumina un nuevo reflejo, cambia la percepción de lo que se ve en ese espejo impuesto por las normas sociales y de ese modo no es a ella a quien vemos en ese espejo, sino a los mismos adultos. Solo para citar algunos de sus cuentos, y a modo de tentación para que vayan a explorarlos, en “El vástago” el padre mata a un perro delante de los niños “de un balazo, le reventó la cabeza para probar su puntería y mi debilidad”. En “Las fotografías” una nena recién salida del hospital muere asfixiada por la fiesta que los padres le organizan “…los niños dieron menos trabajo que los grandes”. En El impostor, los adultos se meten en la vida de los jóvenes “La miré con odio, primeramente, me preguntaba si Armando Heredia era el viejo, después (para prolongar vanamente el diálogo), se asombraba de que ya tuviera dieciocho años”. En “Cielo de claraboyas”, tal vez el más terrible, una nena es testigo del asesinato de otra nena en manos de su institutriz. “Despacito fue dibujándose en el vidrio una cabeza partida en dos”. Figuras paternales y maestros terribles generan niños terribles en cuentos como “La boda”, “El vestido de terciopelo”, “El árbol grabado” o “las invitadas”, entre tantos. Castigo y exclusión, el manejo de la culpa y aceptación de la pena son los elementos que Silvina maneja para describir afectos destructivos. El reflejo que irradia la lámpara de la cuentista nos muestra otra cara en el espejo: la de lo siniestro.