De cabeza negra, mayúscula y ajada.
Su cuerpo flaco yacía recostado
bajo el dintel de la puerta de la casa,
esa que jamás le habían cerrado ante nada.
Miraba al frente,
con un ojo al cobijo de la finca
y el otro hacia aventuras olvidadas.
Como la tarde, lánguida y perezosa,
él solo estaba ahí para transcurrirla.
Hacía tiempo que no escuchaba
en los pasillos, en los cuartos, ni en la sala
palabra alguna pronunciada.
Nadie entraba ni salía,
nadie acudía a su llamado.
¿Era acaso su mirada?
¿O por ladrido hueco y desmañado?
Supo ser señor y dueño
de una verja de hierros oxidados,
y cacique en la galería
de mosaico y ladrillo enmohecido.
Intentaba descifrar esa compleja filigrana
que orlaba a la fuente abandonada
ahora prisionera de la hiedra
Nadie queda ya en la casa
para enseñarle sobre signos y relojes
Resignado y aburrido meditaba.
Abrió sus fauces tanto como pudo
para dejar salir suspiros ocultos en el bostezo
¿El cobijo o la aventura? Se preguntaba
Un estrépito lo arrojó lejos del letargo,
culpa de un motor escandaloso.
Anticipaba el paso por la calle
de ruidosos y oscuros artefactos
Monstruosa bestia envuelta en humo y polvo,
corría y rugía enloquecida por la huella
Molesto y alterado,
pensó en salir a su encuentro y enfrentarla
A dirimir fuerzas,
a gritarle con dureza
quién era él y quién había sido
Reclamarle por la siesta interrumpida
y el destrato que había recibido
Sus dientes dibujaron una amenaza
Tal vez era el momento
de cobrarse la revancha
Estaba dispuesto a todo aquella tarde
Quería reivindicarse de su vida
Aunque de solo pensarlo se cansaba
¿Por qué gritar?
Si nadie oye mi ladrido
Tanto afecto he entregado
para poco cariño recibido.
Tanta fidelidad he dedicado
y tan poco interés correspondido.
Abrió grande su bocaza
y dejó salir otro bostezo
¿El cobijo o la aventura? Pensaba
Jamás le hicieron falta
collares ni cadenas,
ni cintos ni mordazas.
Con solo una mirada bastaría
para borrar de su cuerpo la apatía
Tal vez un hueso, o una plaza,
o quizás un palo arrojado a la distancia
Pero no había nadie en esa casa
Estaba dispuesto a todo aquella tarde
Quería reivindicarse de su vida
Sin embargo, pudo recordar
que el paisaje le era ajeno, ya lo despistaba.
Su olfato solía confundirse
y su vista lo traicionaba.
Ni hablar de árboles ni de arbustos
Tampoco de oler baldosas o paredes
De su boca salió otro bostezo
¿El cobijo o la aventura? Se preguntaba.
Pensó que era tiempo de aplacar tanto disgusto
y prefirió seguir lamiendo sus últimos momentos.
Dejaría las mordidas para otras circunstancias
Ya no estaba dispuesto a todo en esa tarde.