Mi amigo tenía poco más de 20 años cuando nos encontramos por primera vez en Buenos Aires. Usaba una barba desprolija, era muy delgado y de mediana estatura. Conversamos mucho esa vez, a pesar de que éramos ambos de pocas palabras. Parecía obsesionado con su pasado y a medida que fue tomando confianza, pudo ir relatando pausadamente algunos terribles pasajes de su corta y trágica vida, mezclados con escenas cotidianas que iba refiriendo con gran capacidad de descripción y síntesis.
Me contó que pasaba largas horas en su pueblo natal, metido en un taller reparando máquinas y aprendiendo sobre ellas. Además estudiaba filosofía y, por sobre todas las cosas, le gustaba muchísimo escribir. Me confió también que ganaba buen dinero y hacía ciclismo. Para aquellos que lo conocían superficialmente, daba la imagen de una persona que tenía todo bajo control. Sin embargo, me hizo saber que tenía grandes problemas para vincularse con la gente más cercana. Sus amigos y familiares le reprochaban su parquedad y manifestaban preocupación por algunos indicios de comportamiento poco común de su parte.
– Creo que no tengo vínculos sanos y los que me quieren me lo reprochan de diversas maneras. Me piden continuamente que deje mi indolencia y haga algo al respecto. Me parece que lo único que me hace bien es escribir. Por otra parte, mi oficio de escritor me obliga a moverme continuamente en busca de nuevos temas de inspiración- me dijo un día sin demasiado preámbulo.
Por suerte conmigo se llevaba muy bien, a tal punto que fuimos construyendo con el tiempo una hermosa amistad. Nuestro gusto común por la literatura nos facilitó siempre la posibilidad de una conversación fluida. Él formaba parte de una comunidad de escritores que se llamaban a sí mismos los “cuatro hermanos”, con quienes mantuve durante mucho tiempo una profusa y amistosa correspondencia.
En los siguientes encuentros, nuestra relación se fue consolidando más y más. Así fue como pude ir comprobando sus dotes de gran escritor y –lo más inquietante- tuve oportunidad de escucharlo narrar con lujo de detalles escenas de su propia vida, plagada de hechos trágicos. Cuando apenas tenía dos meses, su padre biológico perdió la vida debido a un accidente con su arma. Como si hubiera sido poco lidiar con tal experiencia, al poco tiempo de cumplir 17 años, el hombre que lo crió como si fuera su hijo se quitó la vida debido a su condición de discapacidad no tolerada ni asumida. Ambos hechos lo tuvieron como testigo presencial y, por supuesto, lo marcaron profundamente. Cansado de sufrir, decidió iniciar una nueva vida. Con el dinero que recibió por la herencia de su padrastro, viajó solo a París. Luego de un inicio prometedor, comenzó a tener serios problemas financieros que amargaron su estadía en el extranjero. Poco a poco se fue quedando sin dinero y tuvo que empeñar parte de sus pertenencias para poder sobrevivir. Desesperado, se sentía humillado al tener que pedir para comer o aceptar el poco de ayuda que le daban sus escasos conocidos. Finalmente logró volver a su patria, terminando así con tanto padecimiento y trayendo como único equipaje un sinnúmero de experiencias y reflexiones, que esperaba poder volcar en sus escritos nunca interrumpidos. Sin embargo, la publicación de sus primeros libros se vio opacada por la muerte de dos de sus hermanos.
Cuando nos volvimos a encontrar en Montevideo, entendí enseguida -aunque sus frases eran cortas y sus silencios muy largos- que su discurso tenía una carga de angustia que no estaba dispuesto a mostrar fácilmente: hablaba poco y de lo que podía, de la forma como le salía, luchando contra sus ganas de permanecer callado…
Me preocupé cuando dejó de escribirme por un tiempo. Por eso me alegró sobremanera cuando supe que se había mudado a Buenos Aires y respondió afirmativamente a mi invitación a viajar juntos a San Ignacio. En esa ocasión me contó que había estado preso en Uruguay. Bastante desencajado emocionalmente, me explicó los motivos: limpiando un arma sin saber que estaba cargada, se le escapó un tiro que mató en el acto a su amigo del alma. Fue arrestado y encarcelado. Finalizadas las investigaciones, la Justicia determinó que no había sido intencional y lo dejaron en libertad. A pesar de ello, no podía soportar el constante remordimiento de conciencia que lo atormentaba, por lo cual disolvió el grupo literario que había fundado y se mudó a la Argentina.
Durante un tiempo siguió manteniendo su postura rígida y silenciosa. Sin embargo, el agravamiento de sus remordimientos me permitió llegar a algunas capas más profundas en relación con sus dificultades afectivas y de relación con los demás. Un día se presentó muy acongojado, y sin dar demasiadas vueltas empezó a hablar de sí mismo:
–Nunca te conté lo malo que soy; soy muy malo. No sé por qué te digo todo esto. Pero es necesario que sepas quién soy en realidad.
Le respondí que probablemente me lo decía como excusa para poder revivir, ante alguien que lo escuchara con atención, esas situaciones tan penosas que había padecido. O quizá (me dejé llevar por la intuición que otorga la propia experiencia y fui al hueso sin ningún tipo de precaución) todo este tiempo hubiera estado guardando un secreto, y fuera justamente ahora la oportunidad de liberarse de esa carga tan pesada.
Su reacción fue inmediata. Se le quebró la voz y, entre sollozos, me relató una escena que me descolocó profundamente:
– Como te conté hace un tiempo, mi padrastro perdió el habla y parte de sus movimientos como consecuencia de un ataque cerebral. Pese a sus esfuerzos y el apoyo de la familia, nunca pudo aceptar esa condición. El día de su muerte, cuando entré a su habitación, estaba intentando accionar el gatillo de una escopeta con los pies porque le era imposible hacerlo con sus manos. Su cara de desesperación pasó de inmediato a un gesto de súplica y sus ojos se fijaron, imperativos, en los míos. Como no podía hablar, con los dedos del pie derecho levantó el arma y me la ofreció con una mueca… Entendí perfectamente lo que me estaba implorando…y sin mediar palabra, le disparé. Nadie supo jamás que había sido yo…
Comprendí en ese momento que su historia estaba entramada por traumas precoces y que, a través de su secreto, expresaba también remordimientos tan grandes que remitían a una agresividad desconocida y oculta para él mismo. Evidentemente, lo no dicho también cobra sentido de acuerdo con el valor que se le dé al secreto…
Sólo la literatura y su amor por las mujeres eran capaces de hacerle olvidar sus rutinas, su postura rígida, su inflexibilidad y sus silencios. Daba toda la impresión de ser un absoluto misterio, incluso para sí mismo. En ese enquistamiento en el que vivía, su secreto parecía darle una razón para ser quien él pensaba que era: un asesino.
Convertido ya en escritor conocido, abandonó su tarea docente y se mudó a la selva misionera con su nueva esposa. Por supuesto la comunicación entre nosotros volvió a interrumpirse; pensé que esta vez en forma definitiva. Sin embargo, volvió a escribirme. Estaba muy enfermo y quería confesar un nuevo y monstruoso secreto:
– No podía continuar siendo testigo mudo de su sufrimiento…Empecé a suministrarle unas gotitas del líquido con el que revelaba mis negativos, cada noche a la misma hora. Murió a los cinco días. En el preciso momento de su muerte, me acerqué rápidamente a su cama e introduje debajo de la funda de la almohada un parásito de proporciones enormes que había encontrado en el corral de las aves. Inmediatamente llamé a la sirvienta, que dio un grito de horror con toda la boca abierta al ver la bola viviente y viscosa…”
A los pocos días, su familia me comunicó que mi amigo se había suicidado tomando cianuro…No tuve tiempo de decirle que yo también guardo secretos terribles que me atormentan y que acepto el pacto que me propuso.
Ha pasado exactamente un año. Hoy me toca a mí: whisky y cianuro…“No hay sino lodo, lodo y más lodo…”