Nueve pisos. Ciento cuarenta y cuatro escalones, cada uno con veintisiete centímetros de pedada. Mr. Bean los pisa por lo menos cuatro veces al día. Treinta metros de verticalidad absoluta, en bajada. En subida opta por tomar el ascensor, porque la aversión a ese vehículo solo cuenta en las bajadas.
La escalera no tiene descansos, está compensada. Eso no le importa tanto a Mr. Bean, que es un hombre y un apodo atrapado entre dos colores. Una especie de candileja cotidiana, opinan los vecinos. La del décimo treinta y uno lo llama orejitas. La petisa de la planta baja fue quién ganó la contienda de estas picardías, y se oficializó Mr. Bean. Detalle este, que Mr. Bean tiene muy presente. Ese juego había prendido fuerte entre los vecinos y quedaron divididos en dos bandos: propietarios por un lado, inquilinos en el otro. El portero se pasó del lado de los que lo mencionan por orejitas. A modo de ejemplo dice: – “El señor orejitas se ausentará en el mes de enero, sale de vacaciones, y le informó al consorcio que se puede utilizar su cochera”. Nunca diría: – “Mr. Bean permite utilizar su cochera”.
El tal Mr. Bean tiene una fijación con la cultura inglesa. Insistió para que su madre y él salieran del barrio de La Boca y ahora, gracias a la oportuna decisión, viven felices con la idea de haber satisfecho esa necesidad primaria y legítima, la de estar muy cerca de una estación de trenes con ascendencia inglesa y cerca del Belgrano Athletic para ver partidos de rugby.
La Bombonera, en su imaginario, era un objeto molesto de difícil traducción, inserto en el medio de la nada. El exceso de bullicio exasperaba los nervios sensibles de Mr. Bean, ese costado que para muchos podría ser poético. La Vuelta de Rocha, el puente de hierro, los barcos y el colorido de las casas de chapa, en particular, a él, le daban una acidez nacida en sentido inverso. Desde el duodeno hacia la boca del estómago, haciendo foco en el bendito duodeno, para trastornarlo por horas. Luego los ruidos molestos y los olores alejaban hasta las sombras.
Ha deseado por todos los medios abandonar aquello y rodearse de personas decentes y vivir con las vías biliares tranquilas.
Podría ser también que cualquiera lo quisiera llamar Mr. Chaplin, aunque en la competencia de nombres faltaron los grandes creativos, una pena. Sus pies se orientan en direcciones opuestas: noroeste y noreste, y son dos perfectas hipotenusas. El modo tan particular de caminar es lo que lo expone al ridículo, la posición de ambas piernas concluye en nalgas apretadas. Para disimular, Mr. Bean se viste con un buzo verde inglés que le llega a veinte centímetros de sus rodillas. Pocas veces varía el color: su preferencia gira entre el verde inglés y el color ladrillo o break. Tiene el pelo grasiento, raro para su deseo de inglesitud, repartido desde el centro de su cabeza pequeña. La raya se ubica más bien a la derecha, luego va cayendo el mechón de color negro atrás de las orejas. El mechón coincide también con la poca sintonía que ofrece con la inglesitud. Errores genéticos en verdad. Dos cachetes mofletudos, una nariz pequeña, y los ojos que a veces se muestran traviesos, le dan una fisonomía particular. ¡El problema de este rostro son las orejas desorbitadas, orejones! Como las orejeras de los caballos que tiran de los carros, tan de moda en la ciudad. “Moda invasiva importada del conurbano, que se filtra sin piedad y es una serpiente sigilosa transitando las calles serenas de Belgrano R”. Tal lamentable acotación proviene de la que lo bautizó como Mr. Bean. En su momento, la misma se autoelogió del hallazgo, dijo que propuso el apodo de Mr. Bean porque le daba ternura, y su colaboración carecía de maldad. Aunque ya se había tomado la decisión de buscarle un nombre para facilitar la tarea del encargado barra Portero; Raimond Walter Esteban Discóvulus era un tanto largo.
Le puso Raimond su mamá, cuando lo expulsó del vientre. Hinchada y sedienta, molesta y confusa, no pudo más que expulsarlo. Nació apresurado en solo dos pujos. Ella lo cuenta cada vez que encuentra oportunidad, se justifica aún por el cansancio extremo que padecía entonces, la desgracia del parto ansioso provocó en su hijo el defecto en los pies, y siente culpa la pobre.
La anciana ha hecho de Mr. Bean un hijo excepcional y obediente.
Entre la anciana y el hijo, dicen los vecinos, que existe un vínculo enfermo. De eso están cuchicheando últimamente. Es un tema que desorbita y preocupa seriamente. Incluso los animalitos deben pausar sus paseos, mientras sus dueños se despachan en comentarios y conclusiones para cooperar, porque de repente sienten que Mr. Bean necesita ayuda. Están dispuestos a intentar lo necesario.
La psicóloga que atiende en el tercero se ofreció como voluntaria. Se explayó de manera circular, y propuso mandar al administrador a comprar una parrilla en la calle Córdoba, para instalarla en el jardín del fondo del edificio que está medio muerto de frío, y que el portero arme una buena choriceada donde no falte el chimichurri, con ese sencillo acto “todos estaremos abiertos al diálogo y a conocernos un poco más”. Eso dijo desde su humilde entender.
Los vecinos, desistieron de sus buenas acciones por un tiempo, las parrillas se habían ido a las nubes, y tal vez, en el caso que la anciana parta, en ese duro momento, piensan a apoyar al muchacho.
Hubo un par que se bajaron, ya que quedaron sumamente afectados por un episodio desagradable. Concretamente el escándalo se inició con la del octavo veinticinco, mientras su marido la esperaba en la cama. Esa pareja vive con su hija arriba del departamento de los Bean. Un 9 de julio que había caído lunes, se apersonó Mr. Bean a las 8 de la mañana frente a la puerta de entrada de la vivienda, y hundió el dedo índice en el timbre de los García Roldan por tiempo más qué prudencial. La señora Dolores García Roldan lo miró fijo detrás de la mirilla:
-Sé que me está espiando, abra de una vez y hablemos claro – dijo Mr. Bean exaltado-
- Oiga Mr. Bean, no son horas de visitas, vuelva mejor mañana, acá en Argentina hoy es feriado, ¿sabía?
- ¡Claro que sabía! Pero dígale a su hija que los bemoles y los sostenidos están molestando a mi madre que tiene la habitación ubicada abajo de la habitación de su hija. ¡Dice mi madre, con la que coincido, que solo toque partituras si las tiene bien estudiadas! Que por cierto no lo parece, solo suena un rejunte desarticulado, ¡necesita un manómetro!
Ahí fue cuando Dolores abrió, y se mostró con una bata de seda colorinche con grandes florones rosados sobre la misma nada. Estaba literalmente enojada y difusa. Parecía una Matahari vulgar.
- ¿Un manómetro? ¿No se usa eso para la caldera? No puede venir a molestar para ofrecer un manómetro, yo estoy ahora en mi cama, acaramelada con mi esposo, buscando el punto justo, ¿entiende eso usted, o le explico acá mismo? y tengo que venir a tenerle la lata, ¿es consciente de su desubicación?
- Ah, ya veo que solo le preocupa el punto justo, de los sostenidos y falsos bemoles que se los aguanten los que puedan. ¡Este tema es insoportable para cualquier persona de bien!
Acto seguido sin mediar palabra hundió el dedo índice en el departamento de enfrente. Frente a la puerta de los García Roldán se hallaban los Martínez Suárez opinando en la contienda, se elevaba el tono de tal modo que cualquiera podría haber definido aquello como un conventillo en el legítimo corazón de Belgrano R.
Mr. Bean quiso conocer la opinión de Juan Martínez Suárez y le espetó lo primero que se le cruzó. El hombre se presentaba en calzoncillos y camiseta e intentaba poner cierto orden en la discusión.
- Oiga Juan, estoy acá sin poder conectarme con Wimbledon que se está transmitiendo en este preciso momento, para defender la sensibilidad de mi madre porque no tolera los falsos bemoles y tengo que soportar que me hablen groserías a estas horas, dígame si usted está dispuesto a enfrentar a esta clase de personas, ¡dígamelo por favor! Lo veo ahí parado como una morsa dormilona. ¡Diga algo!
Pero no hubo necesidad de esperar una respuesta, ya que la señora madre de Mr. Bean tomó a su hijo sorpresivamente por el antebrazo y le explicó que el café estaba perdiendo temperatura. Que no perdiera más tiempo porque todo era un fiasco, algo por demás engañoso, un falso vecindario donde ni abajo de las camas encontraría algún apellido como Forrester, lo cual ya no tenía remedio. Todo lo expuesto fue dicho entre dientes, esa comunicación que tan aceitada tienen, lo que quedó en voz alta y bien audible fue la temperatura del café. Se lo llevó dejando los buenos días a los presentes, con una sonrisa enternecedora. – “Están transmitiendo un partido de Serena Williams por ESPN”. Luego siguió sin ser escuchada.
- Vamos hijo, por Venus soy capaz de soportar falsos bemoles, capaz que hoy Venus puede vencer a la hermana, está jugando tan bien. Serena acaba de perder su saque, la veo demasiado fuera de foco. No vale la pena perder la calma. Yo creo que a la señora Dolores le viene bien el punto justo, es una mujer un poco agria, no lo vayas a comentar por ahí, aunque a la pobre, ahora justamente, le va a resultar difícil encontrar cualquier cosa. Vamos, que no somos gente desagradable e inoportuna, y capaz que las chicas llegan a jugar un tercer set, y lo disfrutamos tranquilos. ¿Vos crees que Serena en este estado va a poder dar vuelta el partido? Para mí que Venus no se puede perder esta oportunidad y no la podemos abandonar en esta instancia, no somos gente así, yo me sentiría mal de por vida fallarle a esta muchachita. Cómo me gustaría que nuestros vecinos fuesen capaces de entender algo de las reglas del tenis, que puedan comprender el Foot fault a la hora de cometer un error en el saque. Quisiera también que fueses más amigable, un día voy a partir…. Lo más triste de estas gentes es que viven en el barrio, deberíamos ir al consejo vecinal para promover la enseñanza de la lengua inglesa.
Entonces Mr. Bean y su madre descendieron los diecisiete escalones que eran solo un paréntesis entre ambas puertas.