Cuento antologado en el Concurso "Silvina Ocampo"

Los pozos

Recién cuando murió el tercero, me animé a preguntarle a mamá si éste tampoco tendría certificado de defunción. Ella ya no se ríe con mis preguntas. Me mira seria. Se queda callada, pensando. Tarda unos minutos en decirme que no le avise a papá. Que no hace falta. Que podemos hacerlo nosotras solas si yo la ayudo. Entonces salgo corriendo a buscar la pala que se guarda en el garaje, dentro de una maceta de plástico, para que no ensucie el piso. Mientras mamá se lava las manos, se arremanga el buzo o la camisa y agarra con delicadeza el cuerpo frágil, muerto, para llevarlo atrás. A esa parte del terreno donde están los árboles. Papá dice que es el mejor lugar porque así están más cerca de las raíces, bajo tierra.

Y tiene sentido que crezcan ahí. Si es que de verdad, aunque muertos, pueden transformarse en otra cosa. Mezclarse con la tierra y las plantas y volver a la naturaleza.

Cuando buscábamos casa, algo alejado de la ciudad, lo que nos gustó de ésta fue el bosque. Un patio infinito de árboles y arbustos. Y plantas y algunas flores. Yo sé que papá miraba los árboles, pero en realidad veía las posibilidades ilimitadas de pozos. Necesitábamos más espacio para enterrarlos. Los partos se multiplican en invierno. Pregunté si hacía falta desenterrar los de la vieja casa para traerlos a la nueva. En el patio chiquito quedarían apretados y la tierra no es como la de acá. Y además si alguien se mudaba ahí podía construir un piso arriba de la tierra. O excavar para hacer una pileta. Sería un problema de ellos, nos decía papá. Porque mamá también se lo planteaba. Esa casa era tan chica que los partos tenían que ser en silencio porque los vecinos podían escucharlos. Y había que enterrarlos de noche porque los pozos se hacen de noche, pero además para que no pregunten.

Arrastro la pala hasta la cocina, donde mamá ya envuelve el cuerpo en la funda de alguna almohada. Me reta porque arrastré la pala. No tanto por la tierra que fue quedando en el piso, sino porque a ella le da impresión que algo de ellos se desprenda y quede en la casa. Usamos siempre la misma pala para enterrarlos. Y nunca se limpia. Pero la pala nunca toca los cuerpos.

Lo llevamos en silencio fuera de la casa. Mamá no me dice nada de que no me abrigo. Su mirada está buscando entre los árboles dónde hacer el pozo. Le miro las manos. Lleva contra su pecho un cuerpo sin vida. Lo aprieta contra el corazón. Yo sé que está pensando en alguna oración. O cantándole algo, bajito. Papá no se encariña, pero ella sí. Y yo un poco también. A mí no me dejan verlos mucho, pero ya sé cómo son. Y de alguna manera también sé cómo es éste. Cada uno es diferente al otro.

La pala me queda grande todavía para poder usarla. Así que ayudo a mamá a correr la tierra con las manos. Hago una montañita a un costado de donde está cavando. Después ella pone el cuerpo envuelto en el fondo del pozo. Lo hace delicadamente. Como si transportara una taza de sopa caliente llena hasta el borde. No hay lágrimas, ni despedida. A mí me gusta juntar un puñadito de tierra y soltarlo de a poco antes de taparlo del todo. Después ponemos una ramita, cualquiera que haya tirada por ahí. Sólo para saber dónde hay enterrado uno.

Volvemos a casa entrada la noche. Cansados y un poco sucios. Mamá es la más cansada, en realidad. Además de haberlo tenido, tuvo que enterrarlo. Me dice que no va a cenar nada. Que en la heladera hay milanesas. Y se acuesta. Yo sueño con ellos. Me pasa siempre después de los entierros. Los escucho aunque no les conozco el ruido. Hacen un sonido muy extraño en mi sueño: agudo, como un quejido. Y van rodeándome de a poco. Y trepándome. Se meten bajo la remera, adentro del pantalón. Se deslizan dejándome una baba por todo el cuerpo. Cuando siento el cosquilleo de las mordeduras, sin dientes, las encías raspándome la piel, me despierto.

Hace algunos años, cuando todavía vivíamos en la otra casa, papá me llamó un día desde la cocina para contarme. Mamá estaba en su habitación desde hacía cinco días y yo no podía verla cuando se quedaba encerrada ahí. No había mucha información que me dieran cuando eso pasaba.

Pero podía adivinarlo. Trataba de estar atento para ver si escuchaba algo. O cuando por fin se levantaba y salía de la habitación trataba de asomarme desde afuera para ver si veía algo en el piso o en la cama o abajo de la silla de la ropa sucia. A la noche lo escuchaba a papá levantarse y buscar en el mueble de la cocina una bolsa y la pala. Y salir al patio de adelante para hacer el pozo. Un pozo para cada uno si eran varios.

Después tapar los pozos con mucho cuidado de que no se viera que había algo enterrado ahí. Por eso nunca tuvimos perros. Ni en esa casa, ni en esta. Esa noche papá me llamó desde la cocina y me dijo que podía preguntarle todo lo que yo quisiera, pero que él iba a administrarme las respuestas que podía darme. No sé si lo habían hablado con mamá. Si consideraban los dos que yo ya era grande como para poder saberlo. Que ya no tenía sentido ocultarme algo que estaba tan a la vista, en una casa tan chica. Papá entonces empezó a contarme. Que no son malos. Que no viven mucho y que hay que enterrarlos rápido. Que es preciso: no necesario. Que es preciso tener visualizado el lugar donde hacer el pozo. Que tiene que ser redondo y profundo. Y que la tierra tiene que ser negra. Y quedar bien aplastada. Apretada. Que no puede quedar tierra removida. Si es necesario, se le da unos golpes con la pala. Pero que la pala nunca los toque. Y vos menos. Y después dejar una marca sobre el pozo. Algo que no llame la atención, que nos señale que ahí hay uno.

Mamá no sale de su habitación desde ayer a la noche. Cada parto la deja un día y medio sin fuerzas. No sale de su habitación, ni se levanta de su cama. Papá me deja preparado lo que puede comer y tomar, antes de irse a la mañana. Ella no puede comer sólido cuando está por tener a uno. Y tuvo tres esta semana. Está débil. Yo me acerco cada tanto para ver si necesita algo y, si la escucho dormir, entonces trato de no hacer tanto ruido. Cuando escucho que está despierta, le pregunto algo, cualquier cosa. Y si no me contesta, me asomo para ver. Ahora duerme. Pongo la tele con el volumen bajo. Ya me acostumbré a que, durante esos días, hay que ver la tele con subtítulos. Todos los canales ya están configurados así.

Cuando escucho el ruido de la cama de la habitación de mamá, agarro el control remoto con el dedo en el botón rojo. Para ganar tiempo si tengo que apagarlo rápido. Mamá me grita que vaya. Que entre rápido. Así que corro hasta la habitación pensando que faltan como cinco horas para que papá vuelva del trabajo. Que ojalá no sea nada grave. No veo nada cuando abro la puerta. La habitación está oscura. Me cuesta acostumbrar los ojos a la falta de luz. Mamá está acostada con las piernas abiertas. Hay un poco de sangre manchando las sábanas. Rodeo la cama para que mamá me vea porque no estoy seguro si me escuchó entrar. Tiene los ojos cerrados, pero está despierta. A veces me grita soñando. Parece que quedó uno, me dice como puede, tratando de incorporarse en la cama apoyando la espalda contra la pared. Recién ahí puedo ver que algo se mueve debajo de la sábana: un pequeño bulto. No quiero que mamá se destape, porque no sé si quiero ver qué hay. Porque si está vivo puede saltarme a la cara. Aunque de alguna manera todavía debe estar enganchado a ella. Andá a buscar la pala, me grita desesperada mamá. Rápido, dale. Que se arrancó el cordón.

La noche que papá me llamó para contarme, le pregunté si también a otras mamás les pasaba lo mismo. Quería saber para poder hablarlo con alguien en la escuela. Tobías, Luciana, Santiago. Capaz que alguno estaba en tema porque le pasaba y tampoco le dejaban contarlo. Yo encontraría rápido la forma de que supieran que a mí también me pasaba para poder saber si era igual en sus casas. Los partos, los pozos. Si son tantos.

Mamá vuelve a gritar que me apure. Corro con la pala lo más rápido posible. Pienso que si estuviésemos en la otra casa, llegaría más rápido. La cocina estaba pegada a las habitaciones. Acá todo queda más lejos. Todo parece más grande. Así que corro. Siento que la punta de la pala ensucia y raya los cerámicos, pero no me importa. Ya no me importa cuidar nada. Sólo pienso en que no cerré la puerta de la habitación de mamá cuando me dijo que se había desenganchado de ella. Corro. Doblo por el pasillo que da a la habitación de mamá y me freno antes de llegar a la puerta.

Una mancha roja, negra y espesa, cruza por el medio la entrada. Mamá me mira desde su cama con cara de terror. No puede levantarse más. No tiene fuerzas para nada. Fijáte que no haya nada abierto, me grita. Tratá de que no salga. Con la voz débil me grita. Con lo último que debe quedarle. Yo no sé si soltar la pala, para no cargar tanto peso. Porque si la suelto no tendría con que atacarlo. El rastro de sangre va desapareciendo de a poco en el piso de madera del pasillo. Se convierte en una línea de agua. Después en una de humedad. Después en nada.

Pierdo su huella. Mamá me grita, pero no sé qué dice. Estoy buscándolo entre el living y el comedor. Me fijo detrás de los muebles. Corro con cuidado los sillones. Si moviera las cortinas, si corriera un poco la tela, algo de luz podría entrar para que pueda verlo. Pero con la luz chillan. Un ruido que no conozco, pero que papá dice que puede ser insoportable. Él la escuchó una vez. Tuvo los oídos tapados y dolor de cabeza por una semana. Se fue recuperando de a poco. Me acerco a la cocina. Por la ventana se ve el bosque. Sopla viento fuerte afuera y llueve. Me pregunto si habrá alguna ventana abierta en otro lado. Si salió de la casa no tengo forma de encontrarlo, pero sí de saberlo: tendría que escucharlo chillar.

Todos podrían escucharlo. Si se fue puede cruzar el patio. Gatean rápido arrastrando el cuerpo. Puede llegar a donde están los árboles. Todo un cementerio hecho de ramitas. Si llega hasta ahí. Si se da cuenta que bajo la tierra removida hay algo.

Biografía

Carlos Luis nació en Mar del Plata en mayo de 1987. Escritor y músico. Tiene publicados cuentos en formato físico y digital. Actualmente y desde hace años, cursa los talleres de narrativa a cargo de Mariano Taborda y Emilio Teno, al tiempo que trabaja en su primer libro de cuentos.
Los que leyeron este relato, opinaron...

Impactante, intrigante

Hola Carlos: es fascinante cómo fuiste creando el clima, cómo manejaste el suspenso, lo bien escrito que está.

Y ese final casi abierto, ciertamente incierto, valga el oxímoron.

¡Espero se difunda tu libro de cuentos!

MARÍA DÍAZ DE VIVAR

Muy interesante relato

Hace que quiera seguir leyendo hasta el final y eso es lo mejor de un cuento. Felicitaciones.

Estrella

Sostener la intriga

Aunque hay pistas que nos indican que es imposible que el narrador describa nacimientos humanos, el juego semántico que establece con esa temática me pareció excelente.

Quería llegar al final del cuento para saber qué paría esa mujer, aunque, como lectora, disfrutaba de ese recorrido tenso tan bien escrito.

Creo que es muy difícil sostener el interés que despierta el cuento desde el inicio y fue lo que me pasó.

Felicitaciones Carlos.

María Teresa Espona

Bueniisiimoooo

Una locura este cuento, te atrapa tanto desde el primer parrafo y juega mucho con la historia que cuenta y a la vez con lo que no se dice. Quede facinadicimo!!!!🙏🙏🙏

Nicolas