
A veces creo que no vivo sola. Que dentro de mí hay una multitud que respira, gruñe, exige y se contradice. Son los monstruos que me habitan. Los he llamado de muchos modos: disciplina, responsabilidad, perfección, control. Pero sé lo que son: criaturas con hambre, con miedo y con un modo muy particular de amarme.
El primero en despertar cada mañana es el monstruo del control. Se sienta en el borde de la cama y me dicta la lista del día: no llegues tarde, no te olvides nada, no llores. Tiene los ojos como relojes y las manos afiladas como calendarios. Si lo dejo, me devora las horas sin dejarme respirar. Pero si le hablo despacio, si lo invito a tomar un café conmigo, baja la guardia y se convierte en un gato que sólo quiere dormir sobre mi agenda.
Luego llega la perfeccionista, la más vanidosa de todas. Pulida, elegante, de dientes blancos. Me señala con su dedo largo y brillante: “Podrías hacerlo mejor”, susurra. Y ahí estoy yo, corrigiendo lo que ya estaba bien, puliendo lo que nadie mirará. A veces la odio. Otras veces la entiendo: sólo quiere ser amada. Sólo teme que si dejo de brillar, me dejen de mirar.
No muy lejos de ella vive el monstruo de la crítica. Se alimenta de mi propia voz y de las voces ajenas que alguna vez me juzgaron. Le encanta analizarlo todo, desmontar cada gesto, cada palabra, cada error. Tiene la lengua afilada y un oído finísimo. Dice que me hace un favor, que gracias a él no hago el ridículo. Pero a veces, cuando me atrevo a crear o a amar sin cálculo, lo descubro temblando: no es un juez, es un niño asustado que teme no ser suficiente. Entonces lo abrazo, y por un momento se calla.
La fiera del miedo vive más abajo, en una cueva húmeda. No le gusta la luz. Aparece cuando algo cambia, cuando un silencio se estira o una palabra hiere. “No te expongas, no digas nada”, me dice. Y obedezco, porque su rugido se parece demasiado a la voz de mi infancia.
Pero no todo es amenaza. Hay monstruos dulces. Uno, muy pequeño, se ríe con mi torpeza, baila en la cocina y derrama la harina. Otro, tímido, escribe cuentos por las noches y me recuerda que no todo debe ser útil ni perfecto. Que hay belleza en el desorden, en los márgenes, en los pasos que no llevan a ninguna parte.
Y está la soledad domesticada, la más antigua de todas. Vive conmigo desde hace veinticinco años. La gente cree que la soledad es un monstruo triste, pero no: la mía aprendió a poner la mesa para una, a hablarme en voz baja, a traer flores los domingos. A veces gruñe, claro. Se enfurece cuando el silencio se estira demasiado, o cuando me pregunto si alguien sabrá de mí si no aparezco al día siguiente. Pero después ronronea, me arropa y me enseña que estar sola no es estar vacía: es habitarme entera.
Y una mañana, sin anunciarse, apareció otro: el monstruo del cuidado. Cambió la funda de la almohada donde apoyo mi cabeza todas las noches. No sé si lo hizo para limpiar mis pensamientos o para ordenarlos. Después me llevó el desayuno a la cama en una bandeja divina: tostadas, jugo y vitaminas. Me observaba mientras comía, con esa mezcla de ternura y control que sólo tienen los seres que te conocen demasiado. ¿Será bueno o malo este monstruo que me mima? ¿Será amor propio o una forma más sofisticada de vigilarme? No lo sé. Pero se sienta conmigo cada mañana, y entre sorbos y migas me enseña que cuidarse también puede ser una forma de reconciliación.
Y hay otro, incansable y misterioso: el monstruo de la energía. Aparece aunque pasen los años, aunque me pesen las piernas o la noche haya sido corta. Surge de la nada, como si encendiera una chispa escondida en mis huesos. No entiende de cansancio ni de excusas; me levanta, me impulsa, me arrastra. A veces lo maldigo, porque no me deja descansar; otras lo agradezco, porque me recuerda que sigo viva, que hay algo dentro de mí que no se rinde. Es el fuego que no se apaga, la fuerza que me mueve incluso cuando todo lo demás se detiene.
Hoy los miro a todos. No quiero seguir matándolos con culpa ni esconderlos detrás de mi sonrisa de adulta funcional. Los escucho respirar dentro de mí, como una orquesta de sombras que afina instrumentos. Y me doy cuenta de algo: yo también soy su monstruo. Les impuse horarios, les prohibí gritar, los vestí con frases de autoayuda y los forcé a ser presentables. Ahora quiero pedirles perdón. Quiero que hablen, que se equivoquen, que se manchen la cara con tinta. Quiero que me enseñen otra vez a vivir sin tanto deber.
Porque si me miro bien, si me quito las máscaras y los modales, debajo de todo eso —en el centro exacto de mi pecho— late algo salvaje, hermoso y feroz. Y aunque asuste, soy yo.