En esta reflexión, la autora evoca sus primeros impulsos creativos y el encuentro fortuito que definió su carrera: “Vivía imaginando y eso me importaba más que hacer los deberes. Yo tenía que hacer una carátula para el Día de la Primavera porque tenía que hacer un dibujo, y rellené ese espacio con un poema de cinco estrofas. Cuando terminaba el colegio, quería escribir en una revista literaria hasta que encontré el primer número de El grillo de papel, y mandé una carta y un poema. Uno de los directores, que era un desconocido para mí, me llamó: era Abelardo Castillo. Trabajando en esa revista fui descubriendo que era escritora; no fue una decisión súbita”.



