Levedad

Anoche, tal vez en la madrugada o apenas antes de que sonara el despertador, soñé con él. Fue un sueño tan vívido, tan intenso que me costaba desprenderme de su huella. Lo había visto, habíamos hablado, me sentí junto a él después de tanto tiempo, con una realidad nítida. No quería levantarme, quebrar la magia y salir a mi rutina laboral llena de su ausencia.

Entonces sucedió. Fue algo inasible, difícil de explicar, aunque no lo percibí de inmediato sino después, a medida que iba transcurriendo el día.  

Al abandonar la tibieza de la cama, tuve la sensación casi física de que un pedazo del sueño se desprendía y se dejaba caer entre las sábanas. Quise recrear esa sensación una y otra vez durante todo el día. Necesitaba detener la escena como en una película para volver a ver ese instante minúsculo. Repetirlo para entender, aunque no estaba segura de qué era lo que pretendía entender. En la duermevela una puede creer ver y yo creía haber visto. O quería creer.

No. No era cierto. No había visto nada. Quizá quería volver a soñarlo y tenerlo junto a mí, aunque fuera un ratito más. Y qué era eso de tener una sensación casi física desprendida de un sueño. La indefinición me dejaba racionalmente insatisfecha. 

Ahora que es de noche, ya estoy acostada, cierro los ojos mientras espero que me venza el sueño o tal vez espero volver a soñar con él. Una cortina de tristeza quiere cerrarme la garganta.

Algo leve, casi intangible parece haber aleteado en mi pelo.  A él le gustaba soplarme el mechón que suele caerme sobre la mejilla. A él le gustaba cuando tendida mi desnudez sobre la cama, aproximaba las yemas de sus dedos a mi piel, para recorrerme, al principio, sin tocarme. Era nuestro juego: “te toco, pero no te toco, te toco y no”. Pero “ahora te toco y me alejo, acerco mis labios, pero no te beso, me acerco y me alejo”. Y recomenzaba, sin prisa.  

Un ritual nuestro que solía encenderme con lentitud como estoy sintiendo ahora que se acercan las yemas de sus dedos que no están. Descienden por debajo de mi camisón, se acercan a mis pechos, pero no me tocan. No todavía.  La boca cerca de mis orejas, quizá la tibieza de su aliento cerca del cuello, “te beso, pero no”. 

Me encendía con lentitud, como ahora; mantengo los ojos cerrados como entonces, porque tengo que adivinar cuánto de cerca están tus dedos, cuanto de cerca está tu boca. Porque es una cuestión de temperatura, de energía de la piel. O en todo caso, de lo que cree o por lo menos, creían tu piel y mi piel.  Una vez y otra vez, hasta el límite de mi deseo cuando definitivamente me entregaba y te poseía unidos en la misma llama.

Como ahora, que no están tus dedos, pero están. Que no está tu boca, pero hay como una brisa tan leve que mueve mi pelo.  Vuelve a suceder, cuando suspiro: amor mío, amor mío, pero no puedo decir que penetre en mi cuerpo porque esto que está pasando está más allá de lo carnal, y sin embargo el calor está dentro de mí, crece, se alborota, me provoca placer.  Gimo como entonces. Lo amo como entonces, hasta la saciedad, hasta llegar a ese sueño beatífico que nos queda después del amor.

Por la mañana, me levanto sin necesidad de despertador. Pongo a preparar café, y dispongo dos tazas sobre la mesa de la cocina. Es que me parece que, de un momento a otro, va a sonar el timbre, y él va a entrar con el paquetito de medialunas de los sábados con esa sonrisa, disculpándose de nuevo:

“Me volví a olvidar las llaves”.

Biografía

Graciela Iriarte nació en CABA el 9 de enero de 1945. Se recibió de maestra, profesión que ejerció por poco tiempo. La inclinación por escribir se dio tempranamente, aunque sin orden y sin guía. El deseo de mejorar su escritura la llevó a transitar varios talleres literarios. Tiene un libro publicado denominado “La verdad y su sombra” como uno de los cuentos que integran el mismo.
Los que leyeron este relato, opinaron...

Me encantó

Es un relato colmado de sensaciones, sentimientos y aromas. Mantiene vivo el hilo conductor de principio a fin, sosteniendo un conjunto de delicada sensualidad y misterio…me encantó!!

Susana Eiras

Paleta de sentimientos

Me gustó mucho y me pareció una paleta de sentimientos. Empieza por la tristeza, él ya no está. Pero a pesar de esa ausencia todavía su presencia es notoria en la mente y el cuerpo de la protagonista. No se puede evitar pensar en su melancolía y en su amargura al darse cuenta de que la realidad es otra. El factor erotismo es muy fuerte también y da para imaginar esos momentos anteriores. Un amor inolvidable.

Susana B. Sansonetti

Levedad

Me encanto me emisione gracias Gra por compartir felicitaciones

Lidia

Ahora trataré de repetirlo

Recién hoy (2/6/2024) me asomo a esta sección, relatos de los Socios.

Quizo la fortuna del escritor que yo leyese el breve pero exacto relato del sueño de Graciela. Ahora trataré de repetirlo.

Ricardo Enrique

levedad

me gustó el cuento, hay mucha sensualidad muy bien descripta que va llevando al lector a sus sensaciones. para mí el final hace decaer al cuento. tendría que tener un final acorde con lo que va relatando.

graciela clemente