PARTE UNO
ONÍRICA
LOS SUEÑOS DE LA HERMANA
La hermana menor soñaba. Soñaba despierta. A los tres años arrastraba uno de los almohadones verdes del sofá de la sala hasta las baldosas del patio, apoyaba la cabeza en una esquina, cerraba los ojos y se contaba cuentos a sí misma. Decía que escuchaba las bombas que caían, ¿Vos no tenés miedo, Kiti? ¿No escuchás los aviones, cada vez más cerca? Mirta todavía no sabía pronunciar el nombre de la hermana mayor y lo había abreviado a su manera. Contaba cuentos extraños, de barcos que naufragaban, gitanos que trepaban por balcones para robarse los niños, y se sobresaltaba escuchando aviones que descargaban bombas en medio de la noche. Los temores infantiles son tan irracionales como los de cualquier adulto. Durante años, sobre todo por las noches, la hermana menor escuchó aviones que no volaban, tembló debajo de bombardeos que nunca impactaban sus objetivos, se le mezclaban los sueños, una imaginación sin control y los terrores que sobrevolaron el planeta en las décadas de la guerra fría.
A comienzos del siglo XX, la literatura comienza a exteriorizar la intimidad de personajes y autores, a describir los tiempos vividos, las motivaciones, así como las excusas, los gestos y los usos de las diferentes sociedades. Nada explica completamente la tragedia de una guerra, nada hace más comprensible la humana condición. Kein Mensch kennt der andern, jeder ist allein1, Nadie conoce verdaderamente al otro, todos estamos solos, decía Hermann Hesse en 1905, en un breve poema sobre la niebla y la soledad del hombre. No mucho más lejos, Joseph Conrad, polaco devenido en inglés, había escrito apenas cinco años antes, en El Corazón de las tinieblas2, acerca de la crueldad y el horror de aquellos tiempos. Poco después dos guerras mundiales cruzaron las vidas de alemanes, polacos e ingleses, alcanzando a más naciones, en distintas latitudes. En medio de las bombas que caían entonces y siguen cayendo hoy en este mundo, los escritores escriben.
Mirta, la hermana menor, soñaba con ballenas pintadas de azul. Se despertaba llorando, aterrorizada, porque la ballena la había arrastrado hasta el fondo del mar. Tenía miedo y todas las noches quería dejar prendida la luz del velador. Su vida parecía estar amenazada cada noche y quizás por eso, se inventaba finales felices para sus ensoñaciones de vigilia. La imaginación a veces es vívida, con fronteras difusas, y juega con los sentimientos ajenos. Mirta no confundía los productos de su imaginación con las imágenes de sus sueños, podía distinguir sin dificultad a los seres imaginarios de los fantásticos, algunos de éstos suelen ser parecidos pero no son exactamente iguales. En algún momento entendió que no había aviones reales ni bombas cayendo, pero eso no impedía que siguiera escuchándolas. ¿Eran recuerdos de sueños, imágenes que se resistían al olvido? ¿Era su imaginación que no lograba librarse del miedo? A los siete, distinguía un ángel de un fantasma, el ángel llegó con el catecismo católico, se supone que te protegen pero no es cierto. Los fantasmas asustan, pero te dicen que no existen. Quedan los recuerdos, frágiles e inciertos, para definir quién es uno.
La hermana mayor relacionaría en adelante la noción de la guerra, de todas las guerras, con el terror irracional que Mirta sentía por los aviones y sus bombas. La hermana menor siguió siendo una criatura temerosa hasta una edad avanzada, mujer de llanto fácil y ánimo voluble. El territorio de la infancia puede ser tan hostil como un campo minado, el amor a menudo es escaso y no alcanza para todos. Las imágenes de los niños que mueren en las guerras, desde la toma de Constantinopla hasta la guerra de Vietnam, desde antes hasta ahora mismo, se superponen en el tiempo, en las mentes de mujeres y hombres. Se dice que son pérdidas razonables y eso tampoco impide que se repitan. En setiembre de 2025 están matando de hambre y bombas a chicas y chicos palestinos. El estruendo y los gritos de espanto se multiplican en África y en cada continente. No se confundan, son reales, no son imaginarios. Y sobre esto es que los escritores escriben.
EL GABINETE AZUL
Lectura
Fui una niña precoz, hablé antes de caminar. Conservo fotos del primer cumpleaños, parada en un banquito, y otras más, de paseo por el jardín con mi abuela joven, ese mismo día. Aprendí a leer sola a los cuatro años, dando vueltas en triciclo por el patio, preguntando a la abuela vieja qué letra es ésa, mientras ella repasaba los obituarios de La Prensa y La Nación, periódicos conservadores que prefería la rama paterna de la familia de origen. A la tarde mi vieja leía las dos ediciones de La Razón, quinta y sexta, en la sala, tomando café. Los abuelos paternos eran inmigrantes vascos y franceses establecidos en Saladillo; la abuela vieja, doña Ermelinda. Había sido directora de escuela y se casó a los 37, su segundo hijo nació cuando tenía 42 años. Los abuelos maternos eran correntinos, de campo, los casamientos se celebraban en la primera juventud y las familias solían ser extensas, menos mi abuela rebelde, que se separó con una hija recién nacida y migró a Buenos Aires. Las dos abuelas, ya adultas mayores, parecían madre e hija, por la diferencia de edad entre ambas, pero también se las confundía con dos hermanas, porque, con la edad, habían empezado a semejarse físicamente, a pesar de no haber lazos de sangre. La más joven cuidó a la otra en su casa, hasta el último día, habían aprendido a quererse.
Mi viejo aparecía de tarde, después de trabajar y traía todos los meses dos revistas atractivas, Life, formato grande lleno de fotos, y el Scientific American, papel grueso brilloso con fotos a color . Era químico, trabajaba en los Laboratorios Alex, donde se procesaban las películas del cine nacional, tenía que viajar y pretendía que todos en la familia hablaran en inglés; el plan era migrar a los Estados Unidos, como había hecho su amigo Kellerman. Colaboraba con el Observatorio del Parque Centenario, se interesaba por la astronomía y con él aprendimos nombres de estrellas, constelaciones y a preocuparnos por el origen del universo. Pasábamos parte del verano en la costa y un mes en Córdoba, en el observatorio de las sierras, administrado por una agencia norte-americana. Los invitados a estas insólitas vacaciones eran físicos, químicos y otros científicos, que se alojaban en una residencia con sus esposas e hijos, ocupando cada familia unos departamentos amplios con vista al oeste, a las serranías; no había diferencia entre los alojamientos que ocupaban los yanquis y los locales. Los chicos pasábamos el día en una especie de colonia, se hablaba en inglés, desayunábamos juntos, jugábamos todos, los argentinos junto con los americanos y otros chicos más grandes, cordobeses, que nos ayudaban con los caballos y sabían nombrar todas las cosas, con sustantivos cordobeses; si era necesario, algunos de nosotros hacíamos las traducciones en ambas direcciones. No había siesta, cenábamos juntos, temprano, y a la hora de dormir, volvíamos al departamento que se le había sido asignado a cada familia. Disfrutaba de la libertad, nadar en el arroyo, los caballos, ayudar con los frutales, a secar tabaco, y explorar las sierras. Aprendí a leer en inglés. Antes del desayuno, antes de dormir, aprovechaba para leer lo que hubiera en la biblioteca social, libros olvidados o abandonados por los huéspedes. Si íbamos en invierno, monopolizaba el sillón de la chimenea, con mis libros. El lugar era aislado, televisión no había.
La casona de la abuela Ema, donde se acomodaba la familia, estaba entre Villa Crespo y Chacarita. Tenía vestíbulo, zaguán y puerta cancel, a la izquierda se abría la sala, donde la biblioteca cubría la pared lateral, contigua al ventanal. Un sofá separaba la biblioteca del combinado y de la mesita de patas largas con el teléfono negro., de tubo y horquilla. Aquel espacio estrecho entre el sofá y la biblioteca me ocultó, me hizo invisible en numerosas ocasiones. A los nueve, se planteó el problema de mis lecturas, había agotado casi todos los ejemplares de los estantes familiares. Porque no había otra cosa, leí la vida de Lord Nelson y otras biografías, novelas policiales con escenas para adultos que un niño no debería leer; había también muchos libros de filosofía del tío cura que vivía en Alemania, y me esforzaba por imaginar el significado de apodíctico. Lo de los juicios universales y Kant lo intuía bastante bien a los diez, ahora me doy cuenta. En aquella época de bárbaros, se le prometía a los niños que ya lo vas a entender cuando seas grande, yo confié, seguí leyendo, y todavía me interesa la filosofía, la epistemología y algunas cuestiones existenciales. Repasaba los muchos textos de biología y enciclopedias, con sus ilustraciones, les leía a mis hermanos acerca de insectos, animales, plantas, banderas, y ellos acariciaban los colores de las páginas satinadas. Estoy contando los comienzos de mi vida como lectora, claro que tuve libros para niños y gastaba todo lo que podía en cuentos de hadas que le compraba a Manuel, el señor de la librería de al lado de mi casa. Nunca le perdoné que no me vendiera La Montaña Mágica, libraco enorme; no cedió a mis repetidos intentos de hacerme con el texto codiciado, No es para chicos, decía. Ya era desconfiada y sospeché de los motivos que tendría Manuel, un adulto frágil y aniñado, para mezquinarme ese volumen mágico que imaginaba poblado de hadas, héroes y hechiceros. A los catorce encontré el título en la biblioteca del colegio y lo leí de un tirón. Tenía razón Manuel, no era para chicos, tampoco para adolescentes.
Había aprendido rápido a mentir. A los cuatro, oculta con mis libros detrás del sofá, escuché a mi madre hablando por teléfono con mi abuela joven. Decía que yo estaba enferma y no podía salir a pasear. Me pareció inconcebible que un enunciado pudiera ser verdadero y falso a la vez, la gente pronunciaba mentiras, y no se desplomaba el universo. Demoré varios días en aceptar que la palabra no es la cosa, hasta entonces no lo había sospechado. Una mesa es una mesa; si la mesa es verde, es verde, decir que es roja era para mí un error, porque la gente suele ser tonta y se equivoca. Pero verla verde y decir que es roja, es una mentira. Creo que lo que me desquició a los cuatro años, fueron las motivaciones que llevan a la mentira, no podía entenderlo. ¿Para qué mentir? Esta parte me cuesta todavía. Me tomó unos días resolverlo: la mesa es un objeto y la palabra es otro objeto, inmaterial y la gente miente cuando no sabe resolver los problemas de otra forma. Mentir era inevitable, todos tenemos problemas, hasta los niños de ocho años, y yo me había quedado sin libros. Ese mundo binario, que se había dividido en verdaderos y falsos, no incluía la ética; peor aún, el catecismo me había alcanzado a los siete, con sus pecados capitales y la norma moral de no mentir. Llegó tarde, era una incrédula sin retorno y descubría con facilidad a los otros hipócritas. Seguí con los embustes, con mucho más cuidado, pero tampoco era tan buena como mi hermana menor, de gestos impasibles, maestra del engaño y el disimulo.
Cumplo a fines de diciembre, todavía tenía ocho años cuando me presenté en la biblioteca popular de mi barrio, Elevate sin acento, y pedí asociarme. En esos tiempos barbáricos, las mayúsculas no se escribían con tilde. Salí triunfante con los formularios para que los firmara mi vieja y con una información preciosa, las bibliotecas se toman vacaciones en enero. Mentí de nuevo, como los sobrevivientes, le puse sobre la mesa a mi vieja tres formularios en blanco para firmar, como si fueran por triplicado, los completé después con su nombre y el de mi hermana, además del mío. Me estaba aprovisionando para el mes de enero. Aceptaron mi solicitud junto con las otras dos, las de mis lectoras asociadas involuntariamente. Pude transitar así, los pasillos polvorientos, los estantes descuidados, las pilas sin catalogar, todo mezclado en una sala salpicada de luces débiles. Durante ese mes de diciembre descubrí el banquito, como una escalerita, que permitía acceder a los títulos de altura, y finalmente las rutinas del préstamo y el humor de los bibliotecarios. Elegía títulos absurdos, Tirant lo Blanc, porque tenía un caballito en la tapa y decía que era una novela de caballería. Había amado el Quijote en una versión para niños y seguí, por consiguiente, con Cervantes y otros clásicos de los estantes familiares, Dostoievski y Las Mil y una Noches de la Editorial Tor, tapa blanda, que todavía conservo. En esa primera biblioteca ajena, frecuenté con el tiempo títulos de autores nacionales y de otras latitudes, leía sin orden y sin criterio, revolví cada estante, hasta que se me acabó todo lo atractivo y tuve que atacar bibliotecas más grandes, al borde del secundario. Supongo que el criterio, el gusto, se fueron formando a partir del caos. Tenía una regla, no abandonar, leer desde la primera hasta la última página. Así probé con El Jorobadito, que no era para niños, presté atención al rostro del bibliotecario y al toque dije que era para mi mamá, siguieron Castillo, Sábato que estaba de moda, Bomarzo, y los demás libros del boom latinoamericano y de nuestra industria editorial. Aquel primer préstamo fue de nueve libros, tres por persona, incluidos algunos infantiles para mis hermanos.
Era casi una delincuente, pero ilustrada. Leer fue mi amparo, un asilo en formato diminuto. Huía hacia el interior de las páginas, hacia la certeza de mundos mejores, fantásticos por supuesto, a los que accedería cuando fuera grande, así seguían prometiendo los adultos. Cada vez confiaba menos en esa promesa, pero también era obstinada, empeñada en crecer rápido. Claro que queríamos ser grandes, fuertes y no depender de los adultos que debían cuidarnos. Huía, sí, de los golpes, los gritos y el desamor que sufríamos, todos huérfanos, los mayores y los menores, en el interior de una casa que iba envejeciendo, entre paredes sordas.
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1 Hermann Hesse (1877-1962) poeta y escritor alemán, nacionalizado suizo. Fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1946; su obra se vio influenciada por el pensamiento oriental y el psicoanálisis de Carl Jung. Im Nebel , [En la niebla] es un breve poema en el que alude a la niebla, como metáfora de la soledad del hombre.
2 Joseph Conrad (Teodor Konrad Korzeniowski, 1957-1924), novelista polaco que escribe admirablemente en inglés, a pesar de no ser ésta su lengua materna. Es una de las figuras mayores del modernismo temprano, describe la soledad del individuo, la corrupción del poder y la frecuente indiferencia amoral de la naturaleza.
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