La llegada del Cabichuí

Pronto se arrimaron los que estaban cerca de los recién llegados.
Para el grupo pequeño, el tiempo desde que salieron de Paso Pucú —donde vivía el Mariscal— se les antojaba siglos. En medio de la selva el tiempo parecía no transcurrir.
Como si fuese un sueño: soñaban que se habían movilizado, pero la atmósfera era la misma, estaban siempre en el mismo lugar; el cielo, la humedad y la bruma que a esa hora se trasladaba de la ciénaga cercana para desenrollarse y abrazarlos como ese otro humo oloroso después de la batalla. Un poco más lejos, las palmas y naranjos se recortaban en el cielo como siluetas más oscuras que los nubarrones grises. Se repetían una y otra vez desde que salieron en su recorrida.
Pero no, sabían que se encontraban muy lejos de su lugar de origen, del paraje Paso Pucú. . Si prestaba atención, Saturio sentía en sus brazos el esfuerzo de trasladar esa caja cuadrada de madera oscura, con partes movibles de hierro, las manivelas con sus salientes herían a quien la trasladase de un lugar a otro. A pesar de estar protegida con su poncho de tela basta y áspera que lo acompañaba desde el comienzo de la guerra. Era como cargar con dos mochilas.
Ese día habían estado leyendo el Cabichui en otro campamento, pero en esta trinchera la música de sus palabras despertó en la compañía lo que fueron a buscar: la atención para las noticias del Cabichuí, el diario de las trincheras.
De pronto, el murmullo del campamento se apagó mientras leían el relato del soldado que luchó en la primera batalla, contra los macacudos que llegaron a pelear de tan lejos de su Mato Grosso para lograr su libertad.
Algunos comentaban acerca de la audacia de los que se arrojaron fuera de la trinchera, soportando la primera andanada de proyectiles.
Eso —decía el relator—, posibilitó que pudiesen avanzar y abandonar el barro del vado que enlentecía el ataque:
—Ikatú oho hikuái a la otra trinchera para comer y tomar del agua del arroyo. Muuucho tiempo fue la batalla, el asalto con muchos los muertos y heridos.
—Hetá? Compañero Cabichui, rehota pikó ahora, se irán ya? Quisiéramos oir de nuevo esas noticias, shamigo.
Entonces comprendió que a pesar del horror del lugar, del ruido de los cañones, de la sangre que teñía el suelo de ese refugio, debían volver a leer. Porque los soldados ansiaban su momento de ceremonia cuando alrededor de la compañía que traía el periódico se formaba una ronda para oir las noticias del frente, y al mirar las imágenes grabadas con tinta oscura y escuchar el relato podían entender la lectura y entre todos se comprendía el mensaje del periódico de la guerra mitad en guaraní , mitad en castellano que muchos ni lo hablaban, porque los soldados habían cambiado el arado de labranza por fusiles y cuchillos.

La lectura ayudaba para poder seguir en la marcha hacia la selva y encontrarse con los del otro bando, los negros brasileños, los blancos argentinos y uruguayos.
Y como ya había sucedido otras veces, buscaron debajo de la enramada el lugar para volver a sentarse en la tierra o apoyarse en el tronco cercano mientras el soldado lector sacaba de la mochila el ejemplar número de Cabichui, el último redactado. Eran apenas dos páginas, pero cuánto relataban y cuánto eran esperadas, en esa y otras trincheras que proseguían en la campaña guerrera que había convocado a todo el Paraguay para la defensa de la patria.
— Esta es la colmena del cabichui que con su aguijón viene a contarles acerca de lo que está pasando en la guerra grande.
Y comenzó el soldado a leerles la noticia del arribo de dos naves brasileñas por el río. Uno de ellos interrumpió para vaticinar:
—Los macacos han llegado, traerán refuerzos en sus canoas grandes. Esta guerra se agranda…
Se miraron entonces y el sargento Saturnio y el cabo Gregorio se dispusieron a explicar la noticia con ayuda del grabado, donde con trazos de tinta de habas negras se habían dibujado enormes botes que emergían de unas olas enruladas dibujadas como ondas y rulos que simulaban a la enorme corriente de agua.
—No sientas que van a poder, tienen la fuerza pero nosotros la razón; así dice nuestro rú guazú Francisco Solano que está velando por nosotros en el campamento, allá en Paso Pucú—.
El calor insoportable, la sed cotidiana, el hambrecrónico ya a esas alturas hacían dudar del fin de la guerra:
—La señora de la Triple Alianza no se imagina contra quien está luchando.
Se interrumpió la lectura y comenzaron las bromas y los comentarios en contra del enemigo, sin duda más numeroso pero que no les igualaba en coraje y arrojo.
Ya llegaba la hora del atardecer, hora de retirarse y emprender el camino hacia otras compañías para poder llevar el periódico a ellos también. Cuando salieron de paso Pucú recién habían terminado la impresión del número para alcanzar a las divisiones que llegarían en primer lugar a las márgenes del río. Y aún debían movilizarse hacia un par de ellas.
Previendo que el trayecto era extenso y con dificultades, habían apresurado su partida para llegar a la mayor parte de ellas antes de entrar en el territorio en disputa. El sargento Saturio decidió llevar un equipo pequeño de tipografía y grabados para imprimir algunos ejemplares extras si fuera necesario.
La imprenta portátil necesitaba también cuartillas de papel, tinta y caracteres para la impresión, los tacos de madera para imprimir la xilografía repetida una y otra vez al comienzo del Cabichui, grabada en un taco de madera de ygary con un cuchillo filoso a falta de gubias. Ese dibujo de las avispas persiguiendo a los que destruían su colmena encabezaba cada número, no podía faltar.
Cabichui, avispa negra y brava.
Ya dispuestos a emprender la partida, revisaron todos los elementos para no olvidar alguno, ya que el lugar donde a menudo se les destinaba cuando llegaban a una trinchera, no siempre estaba dispuesto para el trabajo del periódico.

Y fue así que descubrieron que faltaban varias letras de una de las cajas destinadas a ellas.
Una y otra vez revisaron, las cajas, el poncho de cuarenta líneas, y de nuevo llamaron a los que formaban la ronda debajo del árbol. El oficial a cargo los ayudó a preguntar y revisar , pero las letras sueltas no aparecían.
Después de revisar y buscar las letras una y otra vez, vieron que la noche ya se acercaba. Era peligroso demorar más la salida.
Y partieron entonces hacia otras divisiones sintiendo mucho Saturio el perder ese material. Si necesitaban la ñ que era imprescindible para la escritura en guaraní, lo mismo que la y y otras, ¿cómo escribirían? No habría más remedio que tallarlas en alguna corteza de un árbol del monte.
Saturio así conversaba con Gregorio y acordaron resolver el problema cuando se presentara, habían visto guayúvirás y acayás que eran fáciles de tallar para grabar y usar reemplazando la pérdida para la impresión del Cabichui.
Se pusieron en marcha con todo el bagaje hacia el itinerario trazado para llegar al próximo campamento en la trinchera que quedaba más cerca del río.
Mientras viajaban por la selva apartando lianas que caían hasta el suelo desde lo alto, ramas inoportunas que aparecían de improviso entremezcladas con otras del ambaí, y enseguida enormes ejemplares de ygary, escondidos por las ramas espesas de otro y otro más. No por estar acostumbrados a la exuberancia de la naturaleza dejaban de asombrarse de los claroscuros, de los troncos que aparecían en el camino, de los ruidos y silbidos de los animales nocturnos invisibles en esa espesura, donde la tierra estaba cubierta por troncos, algunos partidos por rayos y desparramados como si un gigante hubiese pasado por allí jugando a confundir a los que debían transitar por los pantanos y montes.
De pronto, vieron a lo lejos el cielo iluminado por un incendio: chispas y llamas que iluminaban parte del camino que quedó atrás. Los rugidos del jaguareté se mezclaba con la estampida de los habitantes del monte.
Se miraron y el sargento Saturio ordenó que no se separaran y apresuraran el paso para llegar adonde se dirigían y evitar algún encuentro con tropas enemigas o con el guardián de la selva:
el jaguareté asustado era peligroso.
—La selva no es de un solo bando shamigo no vaya a ser que tengamos encuentros con aparecidos.
Y así siguieron aprisa, vadeando esteros y arboledas hasta que la angustia de su peregrinaje llegó a su fin cuando apareció a lo lejos la trinchera de destino.
—Los esperábamos ya hacía rato, pensábamos que no vendrían porque hubo un ataque en la zona de donde vienen.
—-Nahániri, nos apuramos para poder cruzar el monte y el estero hasta llegar aquí.
Se sentaron con el batallón para compartir la tristeza por las malas noticias, el mate y unas galletas mientras esperaban el amanecer y saber si debían seguir avanzando a la otra posición o volverse a Paso Pucú.
El cabo Jerónimo contó que de improviso un batallón enemigo incendió la posición rodeando la trinchera donde habían estado tan sólo unos días atrás. El fuego provocado sofocó al escuadrón refugiado allí. La lucha cuerpo a cuerpo,con sables y lanzas con los invasores, ayudó a que pudiesen abandonar el sitio pero muchas vidas se perdieron en la lucha cuerpo a cuerpo.

Ya el cabo Gregorio anotaba en su cuaderno de apuntes los pormenores del ataque para el próximo artículo. Y el lector del Cabichui, Alejo, a punta de cuchillo dibujaba a los que habían escuchado en la trinchera atacada su relato. Con trazos gruesos recordaba las caras sobretodo la del soldado casi niño encargado de cebar y pasarles el mate en la rueda.
Cabichui emprendió la marcha hacia su nuevo destino. La visita con las novedades hizo que todos se sintieran más unidos con el resto del ejército que luchaba en los distintos frentes que la guerra de trincheras permitía abrir.
Sucedió cuando ya se marchaba el centinela de guardia a su posición, cuando la claridad del día cesó y el batallón se acomodaba para entrecerrar los ojos y escucharon el siseo de la pólvora rodeando los extremos de la zanja, cuando la primera chispa voló sobre el arsenal que mantenían a resguardo para las escaramuzas.del combate en la selva.
Las llamaradas se expandieron a lo largo y a lo ancho del refugio. El incendio crecía y comenzó el contraataque, desordenado, desbocado por la sorpresa del ataque. El humo y las llamas sofocaban y no permitían el escape de ese infierno.
Silbaban las balas y los sables y cuchillos desenvainados buscaban al soldado enemigo que aparecía por todos los flancos en gran número y sorprendía a los atrincherados en el foso excavado.
Volaba la artillería, los encargados del cañón trataban de cargar y disparar pero una y otra vez,la andanada de fuego y humo impedía cualquier movimiento de defensa. El enemigo llegó cerca del arsenal y ordenó la retirada incautando parte del arsenal.
Cuerpos lacerados, cadáveres amontonados.Todo era carbón, tierra incendiada.
Los sobrevivientes recorrían el lugar de la emboscada, reconocían a los suyos, recogían armamentos.
Alguien levantó el cuerpo exangüe de un soldado del batallón.
Apretaba en su puño las letras perdidas de la imprenta del Cabichui.habían pendido de su cuello, con un cordel, como amuleto protector.

Biografía

Margarita Fernández nació en Asunción, Paraguay. A causa de la dictadura de Stroessner, su familia emigró a Argentina. Allí se formó como maestra y profesora de Letras. Ejerció en ambos cargos, como asesora pedagógica y en talleres literarios. Realizó su práctica de escritura desde joven y en distintos espacios de talleres literarios. Escribe cuentos y publicó un libro de ellos: “Las muchachas hablaban guaraní” en 2022. Otros aparecieron en antologías años anteriores. Su primera novela “La tierra colorada” fue publicada en octubre de 2025.
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