Una noche más ¿No hay alternativa? ¿Después de cada día, por más fantástico que sea, viene la inexorable noche?
No es que tengamos días fantásticos a cada rato, uno cada tanto, cada vez que los dueños de la noche se distraen y permiten un día de sol real, no uno con luz artificial como cuando quieren hacernos creer que solo ellos proveen luz.
Caminamos a tientas por la oscuridad sin una mísera vela, hasta eso nos roban, hasta la luz de una solitaria y frágil vela, esa luz que agiganta y deforma las sombras que las vuelve titilantes, amenazantes, tenebrosas.
La luz no solo da brillo, también las sombras, anhelan la luz, porque sin ella se vuelven una masa informe, pierden su identidad, la oscuridad total es el cementerio donde yacen las sombras.
Cada vez que dominan los dueños de la noche se van perdiendo los resplandores, la luna se oculta, las estrellas se van muriendo una a una, el sol siempre está del otro lado.
Cada vez que dominan los dueños de la noche, la oscuridad se vuelve irremediable, porque ellos nunca se conforman, siempre esperan que la noche se nuble, el negro intenso, la oscuridad total.
Solo quedamos algunos con memoria, que sabemos por dónde caminar, aunque no haya luz, vimos el camino, lo aprehendimos y ya no podemos desviarnos, ya no queremos desviarnos.
No sabemos que precipicios hay a cada lado de ese camino. O sí, sí sabemos y por eso no obedecemos a los dueños de la noche, porque una vez que caigamos en sus abyectas trampas, nunca más volveremos a ver la luz o aún peor, nunca más querremos ver la luz que, aunque tenue, ilumina a todos.
Otros no quieren ver la luz, viven eterna y obstinadamente en la oscuridad a la espera de su propia luz, una que los ilumine solo a ellos.
Inútil es que tratemos de explicarles que no hay luces individuales que la luz es para todos o para nadie.