Ha perdido el recuerdo de su amor ausente. Y esto que le pasa no es de hoy ni de ayer: desde hace un tiempo relativamente largo, al menos para él, no logra evocar los rasgos de su cara, ni su perfume, ni su voz. Es una sensación muy rara, ya que vive intensamente el dolor de la ausencia y la separación, pero no consigue aferrarse a ningún consuelo que lo mitigue, aunque más no sea en parte.
Lo único que continuamente se le hace presente, y lo mortifica hasta tal punto que no puede sacárselo de la cabeza, es la Carta. Esa maldita e inoportuna Carta.
Está enamorado de ella desde hace tres años y creía, hasta el día en que recibió la Carta, que ese amor era recíproco. Sin embargo, ese mensaje tan directo y descarnado, entregado por el cruel cartero en su casa una mañana, derrumbó sus convicciones y certezas tal como un terremoto lo hace con un edificio. El sólido rascacielos de su amor se vino literalmente al piso.
Ha tomado la costumbre de caminar hacia el bosque, al atardecer, ciertos días de melancolía y tristeza. Ama la soledad y encuentra en ella resguardo de tanto sufrimiento. Cada día sube hasta la cima de la colina desde la que se divisa el lago que se retuerce a sus pies. Y cada día lee la Carta una y otra vez:
“Te dejo. Lo nuestro no puede ser. He dejado de quererte. Te aprecio mucho, pero lo mío no es amor. Te haría mal si no digo nada de lo que me pasa y continuamos nuestra relación. No te quiero ver más”.
La Carta sigue; es muy larga; pero este párrafo en especial le resuena y lo atormenta.
Todos los días lo mismo. Ya no lo soporta. Por eso hoy trajo un libro de leyendas para leer, para evadirse del monótono horror de su tristeza repetida, inacabable e infinita. Un libro para leer a la luz de la luna y quizá así encontrar un intervalo de paz.
Pero el paisaje que lo rodea se confabula para obstaculizar su sentido anhelo de una tregua. En las nubes, en el aire, en lo más profundo del bosque, en las grietas de la colina escucha voces que repiten, susurran, gritan, sonidos misteriosos que reproducen fragmentos del adiós tan inesperado.
Y se le hace la noche y se queda contemplando la luna que flota en el cielo entre un vapor de plata, y las estrellas que tiemblan a los lejos como piedras preciosas. La vegetación se suma al espectáculo que lo tiene como protagonista principal, las plantas trepadoras se deslizan y suben por los añosos troncos de los álamos, cuyas copas se tocan y confunden entre sí.
Pese a todo, intenta y se esfuerza por concentrarse en el texto. Pero no puede. Cada tanto levanta la vista y se abandona al entorno. Su mirada avanza por entre los inmensos senderos y se desliza, precavida y atenta sobre la hierba que rodea la margen del lago, y llega hasta las rocas que están al pie de la colina. Y justo en ese momento y en ese lugar se le aparece, blanca y esbelta, la mujer de sus sueños, la realización de todas y cada una de sus esperanzas. Y se acallan las voces del bosque. Solo el lejano ladrido de un perro perturba la su concentración atónita, que no puede creer lo que ven sus ojos.
Corre desesperado a su encuentro en la esperanza de escuchar sus palabras de arrepentimiento y, luego de la necesaria reconciliación, retomar la hermosa relación construida desde hace años y destinada a durar eternamente.
La noche está serena y hermosa, la luna brilla en su plenitud y el viento suspira entre los árboles…
Sigue corriendo hacia ella, que continúa brillando, blanca, en el mismo lugar en el que la divisó hace tan solo un instante… Al llegar, sus ojos espantados descubren que ha sido nada más que una ilusión: un rayo de luna que penetra por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento mueve sus ramas…
Cierra el libro en cuya lectura se sumergió absorto. Y repite sin cesar hasta morir:
El amor es un rayo de luna…