Fernando Chulak escribió cuatro novelas que se desarrollan en Villa Epecuén (partido de Adolfo Alsina, provincia de Buenos Aires, Argentina), pero antes de la inundación que lo sepultó en 1985. Es más, da otra vuelta de tuerca: las historias de los personajes transcurren como si la tragedia no hubiese ocurrido. Chulak le da una suerte de “segunda vida” al pueblo, respetando la cuadrícula y sus referencias. En esa especie de “continuación de la cotidianidad”, los personajes no están exentos de las pequeñas renuncias que desencadenan sus tragedias personales. Las novelas Jauría, Tilde, tilde, cruz, Tres meses; un año y, la más reciente, Los fieles supuran ese devenir trágico de forma lúcida y sin estridencias. Conversamos sobre por qué elige Epecuén como escenario, la construcción de los personajes (sus características y sus voces), la noción del tiempo y la espera en estas historias (distintos al que se nos impone en la era global) y la importancia de encontrar el tono durante el proceso de escritura, entre otros temas.

Por Felicitas Ilarregui
-¿Por qué Villa Epecuén?
– Porque me resultó muy intrigante, inquietante sobre todo. Yo lo conocí simplemente por turismo hace unos quince años. Si bien sabía con qué me iba a encontrar, la verdad es que el lugar en sí tiene una mezcla que uno no termina de dilucidar. Está a unos kilómetros de Carhué, con lo cual el acceso no es inmediato y, cuando vas accediendo, hay un terreno en pendiente. El agua bajó con los años, pero, a medida que va bajando, te vas encontrando con las casas como si fueran emergiendo, porque las primeras se llegan a ver bastante y las de más atrás van hundiéndose. Entonces, lo que uno ve son casas en ruinas y árboles muertos de pie, sin hojas, totalmente secos, que parecen como pintados. En el fondo, hay una imagen que es muy extraña porque se ven flamencos rosados, con lo cual toda esa muerte que uno ve, todo eso gris, todo ese salitre contrasta muchísimo con ese rosa tan fuerte del fondo. Pero el elemento distintivo del lugar para mí tiene que ver con la historia. Como fue una evacuación que ocurrió de un día para el otro, la gente se fue pensando que volvía. No sé hoy, pero sí hace algunos años, pasaba que uno se asomaba a las casas y veía las cosas cotidianas dispuestas como cuando uno se va de vacaciones y vuelve y siguen ahí. Mucha gente no lo pudo prever y no se llevó nada. Entonces, la idea que uno tiene al llegar es la de un pueblo puesto en pausa, no de un pueblo muerto o en una ruina definitiva, sino de algo que se interrumpió con la esperanza de que, de alguna forma, siguiera y nunca siguió. Se fue apagando muy de poco. Y en ese contraste entre lo que no terminó de morir y eso que parece todavía estar pienso: “Esto me puede servir para algo que yo venía buscando hace mucho tiempo, que es un pueblo propio”. Me parecía que Villa Epecuén en concreto era un lugar que podía continuarse. Darle una segunda vida a ese pueblo. Obviamente en esa segunda vida las reglas las estoy imponiendo yo. De tal modo que, respetando la cuadrícula del pueblo, tengo los mapas, tengo ciertas referencias. Pero sacando eso, desde que se inundó en 1985 a hoy 2026, los cambios son infinitos. Entonces, con el correr de las novelas empecé a situar ciertas cosas que mantengo ahí y sé que están en determinados lugares. Por ejemplo, si la YPF está en determinada avenida, ya sé que después de esa avenida está Calzados Alberto o está la ferretería. Sé que hay determinadas cosas y eso me sirve. Aunque el lector no lo vea, yo lo necesito en mi cabeza para saber cómo se mueven los personajes.
-¿Hubo gente oriunda de Epecuén o que tuvo parientes de allá que se hayan contactado con vos a raíz de las novelas?
– Un dramaturgo que había armado una obra pensada en los días previos a la inundación. Yo tenía ciertas dudas de cómo lo iba recibir. Pero cada vez que me encuentro con alguien, no se queda con lo que no está, se quedan con que por lo menos es traído a la historia. Y te aclaro que esto no lo hago como una cuestión de la buena acción del día. Me es funcional a lo que quiero narrar. No es que estoy tratando de hacer una crónica como la de Josefina Licitra, que trajo el tema y está muy bien, no es lo que yo buscaba. Lo estoy usando porque me es funcional a lo que quiero narrar.
– De hecho, cuando decís que Epecuén es un lugar que está en ruinas, pero no se termina de arruinar del todo, que está en un estado de pausa, de espera, podríamos tomar ese decurso del pueblo como análogo al de los personajes.
– Fijate que en Los fieles partimos de una situación que sabemos cómo es, pero no entendemos el origen y en un punto la tragedia en Epecuén es esa. El origen es muy discutido. Las razones son muy discutidas hasta que casi ya no importan, salvo para la gente que sufrió la tragedia de primera mano. El resto no lo busca. Hoy es una curiosidad turística. Hay distintas hipótesis y culpas que se van repartiendo y lo probable es que sea un poco de cada una. Por parte del Estado, una mala planificación. Hubo un dique que no tuvo las características que debía tener, hasta ahí voy a decir porque me excede. La laguna de Epecuén es la última de un sistema que se llama las Encadenadas del Oeste. Después de una temporada muy intensa de lluvias, fueron mandando agua cada vez más abajo y ocurrió algo que era esperable, que subiera la cota del lago. Lo que no era esperable es que fuera de un día para otro y que todo el resto de la estructura no funcionara. Ahí es donde entra la responsabilidad también de los privados porque tampoco hubo planificación en esto; cada regante de la zona mandaba el agua más hacia abajo sin tomar en cuenta todo el sistema como algo integral. Llega un punto en que el agua no tiene cómo salir, es un sistema cerrado. Llegó una cantidad que el sistema no pudo absorber y es cuando se produjo la inundación. Ahí es donde el dique mal planificado no llegó a compensar todo esto y colapsó.
– Cuando mencionás que el origen de la tragedia de Epecuén no es claro, también en dos de tus novelas ocurre esta falta de claridad: con el narrador personaje de Tres meses; un año y con Pablo en Los fieles. Indagar en el origen tiene mucho conjetural. ¿Cómo trabajaste esas conjeturas?
– En un punto, me interesa la idea de lo que está normalizado para uno mismo. Uno se va acostumbrando a esa pequeña tragedia, a ese pequeño dolor. Lo vas haciendo carne. Entonces, claro, los personajes no se salen de eso. Casi ninguna tragedia es de un día para otro. En el caso de Los fieles, no hay una madre que de un día para el otro lo abruma y se hace insufrible. De hecho, lo que hace la novela es tratar de rastrear ese origen. En el caso de Tres meses; un año también hay un origen, ir a buscar un por qué. El dolor está ahí desde siempre. Había una pareja. Ella ya no está. Él se aferra a una mujer que puede que sea o no sea ella. Pero ese dolor ya está implícito desde el primer momento de la pareja. Los dos parten desde un origen con sus carencias. Ambos compensan con distintos consumos, distintas formas de apoyarse el uno al otro. Están construidos uno para el otro, son funcionales entre sí; con lo cual, cuando una de las dos partes eventualmente se retire, el otro va a estar incompleto por definición. Es una pareja que nace condenada a estar incompleta. Porque, claro, está lo romantizado. Cuando lo romantizado se disuelve, queda el dolor. Son personajes que están abriendo los ojos a eso, están tratando de entender. Si lo logran o no, es anecdótico porque en ese camino en que los vemos a ellos es donde sucede la literatura en todo caso.
– En ambas novelas surge una pregunta: “¿Existe el olvido perfecto?”. ¿Podría darse ese olvido como una forma de crimen perfecto para la memoria?
– Es absolutamente imposible. Es lo que tratan permanentemente. Y, en un punto, van reemplazando una cosa con otra. Siempre va quedando un vestigio, una herida. En Los fieles es permanente. En algunos casos, ni siquiera saben qué es lo que quieren olvidar. La figura que muchos quieren olvidar es la del padre; cada uno la construye desde otro lugar. No hay un solo padre. Hay una sola persona, o en este caso personaje, pero hay muchas construcciones alrededor de él. Algunos lo construyen pura y exclusivamente desde el rencor, lo romantizado o una expectativa poco fundada, pero expectativa al fin. Pienso en todas las familias que se generan alrededor. Pienso en Diana, Violeta, los dos hermanos, la madre. Por ejemplo, Diana, está resignada. Es la que uno siente que más pasó la página ahí.
– En Laurita, el personaje principal de Tilde, tilde cruz, ocurre todo lo contrario. Ella no pasa página, sigue pidiendo plata a los hermanos para “cuidar al padre”.
–Es que ella se fagocitó al padre. Lo siguen bancando los hermanos al padre, que es ella. Los dos son uno ahí.
– Entre Pablo y Violeta, en Los fieles, ocurre también esta fusión.
–Pablo tiene todas las limitaciones propias más todas las limitaciones que le impone su madre. Violeta es lo contrario, es todo lo que él no puede, con lo cual vivir a través de ella es todo lo que puede, no se permite más que eso. Compensa todas sus carencias con un personaje que encarna los excesos, la libertad, el atreverse, pero que a su vez no termina de irse ni del pueblo ni de cierta noción difusa de lo que es una familia. Esa ambigüedad en el personaje de Violeta a mí me los unía de una forma bastante orgánica. Yo tampoco quería armar un personaje exactamente opuesto porque no habría existido un vínculo posible, no hubieran tenido contradicciones entre ellos.
– Hasta ahora venimos nombrando personajes con cierta tendencia a retacear información ¿Cómo trabajaste la voz de Laurita, la protagonista de Tilde, tilde, cruz, que es todo lo contrario?
– Los primeros capítulos los escribo sesenta y nueve veces. El primer capítulo es lo más importante para mí y no por esta idea de cómo empezar, que muchas veces es una traba, sino porque el primer capítulo es el que te marca el tono. A veces pasás por el primer capítulo y hay algo que no te cierra, entonces sigo de largo, pero después lo retomo treinta veces más. Una vez que encontré el tono, no sigo avanzando. Vuelvo al primer capítulo y hago todo un repaso para unificar el tono. Yo tenía claro que el tono de Laurita tenía que ser exceso; que las cosas no fueran de una sola manera. Hay una sobreadjetivación y a veces es contradictoria. Las cosas pueden ser duras y suaves a la vez. Una realidad que no se termina de armar. La novela ganó un concurso con otro título. Soy muy malo poniendo títulos.
-¿En todos los casos pusiste títulos que terminaron siendo otros?
– El único título mío es Los fieles. Para los títulos ajenos soy un poco mejor.
– Los fieles apela al sentido religioso, no en el sentido de pertenencia a un credo, sino de la fidelidad hacia una líder muy peculiar. ¿Cómo lo fuiste trabajando?
– En la construcción de la verdad, que es la que te baja la línea. No lo digo de manera conspirativa, sino de una realidad construida entre varios, pero que básicamente es la que nos genera y nos trae la información. Pablo no puede salirse de ahí y no tiene claro si quiere. ¿Qué implica salirse de ahí? “¿Estoy matando a mamá”. “¿La voy a dejar sola con Fabián?”. “A Fabián lo mato, no pasa nada”, simbólicamente claro, pero la fantasía está. ¿Y cuándo se le desactiva esa fantasía? Cuando ve que Violeta está cerca de matar a una persona. Ahí es donde él dice: “No, yo de esto no soy capaz, lo dejo como fantasía que funciona bien”. Pero todas las implicancias de salirse del pueblo son muy pesadas. Ahí es donde está la fidelidad y qué encierra la idea de fidelidad. Fieles a qué: ¿a una persona, a lo que se anima o no se anima? También se me jugó el título en la relación que tienen las dos mujeres con el hombre. Hay otra idea de fidelidad entre el narrador (Pablo) y Violeta. ¿Quién es fiel a cada uno? ¿Fabián es fiel? Sí, por necesidad. No puede ser de otra manera, si mamá es Dios. ¿Cómo no va ser fiel a Dios? No sé si trata de relaciones de poder, sino casi de creencia.
-¿Cómo construiste la voz de Fabián, ese hermano que no se sabe “si nació así o fue quedándose así con el tiempo”?
– Reduciendo. Sacando cada vez más y más. Pasan dos cosas: se reduce y se repite Fabián. Es totalmente lineal, es literal. En su literalidad, todo lo que sea hojarasca, a diferencia de Laurita (Tilde, tilde, cruz) lo elimina. Es una economía total del lenguaje. En esa economía, se pierden un montón de cosas, por supuesto. No hay eficacia en su lenguaje, todo lo contrario. Cuando encuentra algo que define lo que está diciendo, cuando se da con una certeza, reitera, reitera y reitera. Las cosas que lo definen son la literalidad y la fijación.
– En todos los personajes de tus novelas, con sus diversos rasgos y características, está muy presente la fijación y la repetición.
– Es la marca de la primera persona, creo yo. Por ejemplo, en el caso de Laurita, si ella dijera de forma directa “me interesa esto, esto y lo otro” y solo lo enunciara… En cambio, con el efecto de la digresión, derivas, historias secundarias va haciendo que nos componga el personaje y después nos queda como el sedimento de sus intereses que son esas fijaciones.
– En tus obras, la percepción del tiempo es totalmente contraria a su acepción en un mundo globalizado y neoliberal: la productividad. ¿Cómo desarrollaste narrativamente un tiempo estanco, laxo y, por momentos, interminable?
– Creo que un buen ejemplo es lo que me surgió con Laurita: pensar mucho, pensar mal. Son personajes encerrados, que piensan y no actúan la mayoría de ellos. Entonces, cuando empezás a pensar mucho, el tiempo es un problema porque termina deformando todo lo que pensás.
– La espera es también un factor muy presente en tus personajes.
– Porque no hay acción. No tienen fuerza de acción. La que más tiene acción es Laurita. Hubiera sido preferible que no lo tenga quizás (risas). Tiene una acción, pero porque no tiene límites. No hay una barrera inhibitoria en ella: sale desnuda. Ella es la que más noción del tiempo tiene. Está obsesionada con la plata, la vida y la muerte, con lo cual el tiempo juega muy fuerte en su cabeza. Tiene muy claro que pasaron cuatro años. Para ella el tiempo sí existe. Lo que no existe es una forma ordenada de pensar, no tiene ese límite. En los otros, lo opuesto. Es pensar por demás. El narrador de Tres meses; un año piensa, piensa y le da vueltas a algo porque no termina de armar su historia, de entender quién es él y quién es la otra persona.
– La espera también forma parte de tu trayectoria como escritor. Empezaste a escribir a los quince años, pero publicaste recién a los treinta y ocho, ¿por qué?
–Yo no participé de la era de los blogs más que cómo lector. Hoy queda recontra viejo y muchos no entienden la movida que se generó ahí. Yo no me sentía listo para mostrar, no tenía esa seguridad en mí mismo. En definitiva, creo que me benefició porque no había llegado a una voz propia ni a una idea. Era una búsqueda todavía. Pero en la era de los blogs, primero que, además de leer a tus pares, que hoy es una obviedad, lo que generaba también era tener un feedback inmediato. No pasaba por un editor, lo cual supone un riesgo, por supuesto. Permitía también dar cuenta de lo que estaba pasando en el ambiente y por fuera de la literatura. Tenía un montón de atributos que eran novedosos. Pero también generó una voracidad por publicar que no siempre estaba asentada en una literatura ya pensada. Creo que la famosa frase Primero publicar, después escribir (Osvaldo Lamborghini), que tuvo un sentido en su momento porque fue contra cierto establishment de lo que era la publicación y supuso una idea casi punk de que se podía publicar sin tener demasiado nombre, se tomó casi al pie de la letra y se empezó a publicar por publicar. No es que el volumen de libros publicados sea un problema, no digo eso. Digo que hay personas a las que quizás no les hubiera convenido publicar, que hubiera sido mejor esperar. Ese apuro después no tiene sentido. En mi caso, yo no estaba preparado. No tenía una obra, tenía el deseo. Lo veía desde afuera y no entendía cómo se llegaba. Hoy es una pregunta recontra válida cuando te dicen “Che, ¿cómo hago para publicar?”. En aquel momento, me resultaba mucho más difícil.
-Si alguien te lo preguntara ahora mismo, ¿qué le responderías?
– Escribí. Leete con tu gente primero. Que te lo critiquen, que te lo hagan mierda. Curtite. Más allá de que las cosas hoy duren tres minutos. Que vos lo leas dentro de cinco, diez años y que siga teniendo un valor. Quizás ya no escribas lo mismo. Yo publiqué en el 2018, pero ya había mandado al Fondo Nacional de las Artes y obtuve una mención, con lo cual ya venía con ganas. No es que a los treinta y ocho me decidí y a los treinta y ocho y medio publiqué. Yo venía convencido de antes. No lograba acceder ni tener un texto que valiera la pena. Pero tenía ganas. No sabía cómo. Entonces mi primer acercamiento fue con los concursos. No es el único, es el que a mí me funcionaba. Necesitaba validarme. No me alcanzaba con la palmeada en la espalda de mis amigos, que tiene un doble filo. Te tiene que leer gente que no te tenga cariño, es clave. Que puedan decir sin ningún prurito “esto es una mierda”, “podés ser genial, pero sí o sí vas a escribir mierdas”. A los talleres en ese sentido yo los defiendo a capa y espada.
-¿Hay próxima novela?, ¿podés darnos un indicio?
– Es en Epecuén. Voy sobre las familias otra vez. No son del todos funcionales, más bien todo lo opuesto. Voz narradora en primera persona. Por el momento, el título es Holter, como lo que se pone en el corazón. Y también es la búsqueda de entender qué pasó. Todavía estoy en proceso de escritura.


