Evita vuelve

El pueblo ardía y, de un momento a otro, podía devenir en una bomba neutrónica. La fábrica de productos lácteos La Dirubense, corazón económico de la región, había ingresado en una etapa de inexplicable insolvencia, y sus dueños habían decidido bajar la persiana. Así, 500 familias quedarían en la calle. La decisión de los empresarios era irreversible. El cuerpo de delegados planteó el caso ante el sindicato de lecheros, pero le dieron poca esperanza. Los propietarios habían librado tantos cheques sin fondos que la Justicia les pisaba los talones. O cerraban y vendían el establecimiento —cinco hectáreas céntricas— para concretar una reestructuración exitosa, o terminaban presos. 

El delegado general propuso una solución, a su juicio, imbatible:

—Tenemos que traer a Evita, es nuestro último recurso, la bala de plata que nos queda.

Una asamblea multitudinaria lo escuchó estupefacta, creyendo que, por la crisis empresarial, había enloquecido. 

—No estoy loco. Presten atención: Evita vuelve y la voy a traer mañana a la tarde para que participe de la manifestación. Les pido unas horas, nada más. Del sindicato no esperemos nada porque nos vendieron. 

El murmullo de los asistentes fue en ascenso, en medio de un griterío en el que se mezclaban insultos, risotadas y amenazas. Abruptamente, concluyó la asamblea.  

El delegado general convocó a su casa a sus más allegados, y explicó:

—Conozco a una actriz amateur que es una copia de Evita. Inclusive, tiene su misma voz. Nadie le da trabajo porque ella solo quiere representar a la Jefa Espiritual, y ustedes saben que no hay tantas obras de teatro que se ocupen de ella.

—¿Y quién va a creer semejante bolazo? ¿Vos pensás que los dueños van a aflojar? ¡Si tienen el corazón de madera como Pinocho! —apostrofó uno de los invitados.

Con una nueva vuelta de tuerca, el delegado general redobló su apuesta:

—Organicemos una marcha multitudinaria y anunciemos que Evita vuelve para solucionar el problema de la empresa. Los dueños, cuando vean la multitud, van a cambiar de parecer. Yo sé lo que les digo. Perdido por perdido, ¿qué nos cuesta? De todos modos, íbamos a organizar una protesta. 

Los asistentes aceptaron, desconfiados, porque la iniciativa les parecía demasiado bizarra. “Esto es surrealista”, dijo otro invitado. 

Al día siguiente, un sol espléndido bañaba el vecindario y se realizó la marcha. Los organizadores se encargaron de invitar al pueblo a través de una propaladora y de un comunicado difundido repetidamente por la radio y el canal de cable locales. “Evita vuelve para defender a Barrio Dirube” era la consigna, que despertaba más curiosidad que simpatía.

El punto de reunión fue la plaza y, de allí, arrancó una estruendosa multitud esperanzada. Estaban presentes los horneros y quinteros del Bajo, los empleados del matadero con sus familias, los tamberos del campo de Etchart ataviados con la ropa de fajina, los estudiantes secundarios, los domadores de la estancia El Yunque, los alumnos de la Escuela Primaria Nº 5 y del jardín de infantes parroquial. La comisión de los descendientes de los pioneros portaba una pancarta alusiva. Los artesanos, los raperos y los rockeros integraban una misma columna, hermanados con las peñas folclóricas. Los centros tradicionalistas concurrieron masivamente. Los merenderos, comedores populares y las unidades básicas también pusieron toda la carne en el asador. Hasta se veía una prominente pancarta del comité radical “Ricardo Balbín”, que no funcionaba hacía como veinte años. Asimismo concurrieron los únicos dos sobrevivientes octogenarios del Partido Comunista Argentino, exhibiendo la hoz y el martillo en un cartel despintado.  Los evangelistas y el cura de Nuestra Señora de Lourdes se sacaban chispas por llevar gente. Encabezaba la concentración el cuerpo de delegados con Evita, vestida con un conjunto gris de dos piezas y su clásico rodete rubio. Impactaba. Era, sin dudas, la esposa del General Perón.

Había que recorrer un tramo de seis cuadras, pero la adhesión espontánea que generaba Evita se traducía en innumerables selfis, que los manifestantes se sacaban a cada paso. Eso demoraba el avance de las columnas. 

El pueblo entero estaba en marcha acompañando a las quinientas familias, amenazadas de quedar sumidas en la miseria, “por la mala administración de empresarios inescrupulosos”, denunciaban los delegados.

Cuando los manifestantes llegaron a la fábrica, los dueños, atrincherados en el segundo piso, se asustaron. El fundador de La Dirubense se desmayó, y su esposa se orinó encima. Al contador le falló el esfínter. 

El cuerpo de delegados improvisó un palco a las puertas de la empresa y, con un poderoso equipo de audio, comenzaron a improvisarse discursos de barricada, incendiarios, amenazantes. Un trabajador dijo que, si llegaban a cerrar la fábrica, iban a jugar al fútbol con la cabeza de los empresarios. Al contador, esta advertencia le produjo una nueva falla de su esfínter. Lo echaron de la gerencia como a un perro sarnoso. “Sos una cloaca con patas”, lo humillaron.

La multitud aumentaba en número y en energía contestaria. El fundador, tuteándose con el próximo soponcio, afirmó que esa protesta le rememoraba los tiempos de los Montoneros. Un estallido de aplausos y bombos ensordecedores anticipó el plato fuerte de la jornada, que no necesitó de presentación. La Abanderada de los Humildes tomó la palabra y se dirigió directamente a los dueños:

—Permítanme, unas breves palabras, mis queridos cabecitas negras, que no están dirigidas a ustedes, sino a los cobardes rezagados del despertar nacional, a los insensibles, a los oligarcas que manejan esta empresa. ¡Escuchen, vendepatrias! Les doy una hora de plazo para que revean la situación de la fábrica. De lo contrario, con mis descamisados, ¡no dejaremos en pie ni un ladrillo que no sea peronista!

El gentío era un volcán humano en erupción. La arenga de la Dama de la Esperanza había surtido un efecto explosivo. Los dueños de la fábrica entraron en pánico. La masa enardecida comenzó a blandir herramientas para una eventual demolición del edificio. El Intendente Municipal enseguida se solidarizó con los trabajadores y envió dos topadoras y cinco cuadrillas de obras públicas. Por su parte, los manifestantes desvalijaron las dos ferreterías del pueblo y con picos, pisones, barretas y mazas, intimaban a los dueños al grito de “los vamo a reventar, los vamo a reventar”. 

Entretanto, varias parejas bailaban cumbia de alegría, como anticipando un desenlace favorable a sus intereses. Cumplido el plazo de una hora, uno de los dueños bajó e invitó al cuerpo de delegados a dialogar pero sin Evita. 

—Vayan a conversar, muchachos, yo espero la respuesta firme junto al pueblo —aconsejó ella, remedando el famoso epígrafe del diario Crónica.

La reunión apenas duró quince minutos. Los delegados trajeron una noticia que conformó a todos:

—Los dueños nos proponen que formemos una cooperativa y nos hagamos cargo de la administración de la fábrica. Ellos prometen sanear las deudas. 

La multitud eufórica aprobó la iniciativa y Evita volvió a hablar:

—Me invade la felicidad al comprobar que la lucha de los trabajadores ha logrado torcer la voluntad mezquina de los oligarcas. Viralicemos esta conquista por las redes sociales. ¡Suban fotos y videos en sus cuentas de Facebook y de Instagram para que el universo sepa lo que hemos logrado! Ahora, el futuro es de ustedes y de sus hijos; el futuro es nuestro. Venceremos, ¡caiga quien caiga y cueste lo que cueste! ¡Viva Perón, carajo! 

Una ovación extraordinaria ganó las calles y se expandió como ondas nucleares a las localidades contiguas. Todos se abrazaron, saltaron y lloraron. Hasta los gorriones silbaban la Marcha Peronista. Pero Evita, de un momento a otro, y sin que nadie se diera cuenta abandonó la manifestación. El delegado general la buscó infructuosamente por todas partes, la llamó a su teléfono celular y le envió varios mensajes de WhatsApp. “Solo me clava los vistos”, caviló. 

Antes de la medianoche, intrigado y alegre, fue a la casa de la Jefa Espiritual. Tampoco la encontró. Peor aún: un vecino le dijo que “esa persona” nunca había vivido allí.  

Biografía

Horacio Enrique Poggi (Merlo, Buenos Aires, 1961) reside en Mariano Acosta. Es Técnico Universitario en Periodismo, Licenciado en Comunicación Periodística y Doctor en Ciencia Política. Realizó diplomaturas en historia, cultura argentina y antropología cristiana. Participó del Taller de Roger Pla (1979-1981). Publicó, entre otros, Territorio de los Justos (2007) e Historia del Pueblo de Mariano Acosta (2020). Su obra ha sido reconocida en certámenes nacionales de poesía y narrativa, obteniendo premios en SADE Zona Norte, SADE San Martín, SADE Ituzaingó, SADE La Plata, Mendoza, SADE José C. Paz y Beruti.
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