
Por Hernán Carbonel
Eugenia Almeida nació en Córdoba, en 1972. Es Licenciada en Comunicación Social por la UNC. Publicó, todas por Edhasa, cuatro novelas que rozan, cada una a su manera, el género negro: El colectivo (donde, en un pequeño pueblo, laten los ecos de la dictadura), La pieza del fondo (de tono más intimista), La tensión del umbral y Desarmadero (donde se refractan lo peor de la Argentina actual). Además de Inundación, un ensayo poético sobre la escritura.
Ha obtenido, entre otros, el Premio Internacional de Novela “Dos Orillas”, otorgado por el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón; el Transfuge 2016, el premio a la mejor novela hispánica publicada en Francia, y el de Literatura Policial en la categoría novela extranjera en ese país. Ha trabajado, también, como docente y periodista gráfica, radial y televisiva, y actualmente coordina talleres de lectura y clínicas individuales de escritura
Ahora acaba de publicar su primer tomo de cuentos, Un dios sacude la casa, también a través de Edhasa. Sobre esas historias, donde la vida aparece como “una frágil estructura de rituales que nos protegen del abismo”, los tópicos que atraviesan los cuentos, el registro poético y el género negro, hablamos en esta entrevista para Azimut.
–El título del libro sale de Sófocles, que además funciona como epígrafe ¿por qué lo elegiste? Es en el cuento “Canaleta” –de final impactante, por cierto– donde esta noción parece manifestarse con más claridad.
-El año pasado volví a leer algunas obras de Sófocles por razones de trabajo. El libro estaba casi terminado, faltaban algunos ajustes de corrección. Y, leyendo Antígona, me encontré con esa cita. Me pareció que daba en el hueso. Preciso, perfecto. Unas líneas y ahí estaba todo. No por nada los clásicos atraviesan los siglos y parecen hablar siempre del presente.
-Los personajes suelen compartir ciertas singularidades: el distinto, el oscuro, el que ve lo que otros no, “gente muy para adentro”, la incomprensión de los demás, los que parecen cargar una condena, aquellos que viven algo ajeno a lo que los mueve.
-La singularidad es algo que nos marca a todos. Aún si no los sabemos. Aún si fingimos no saberlo. Aún si lo negamos. Todos somos «el distinto, el raro» para algún otro. Más allá de eso, me interesan especialmente los personajes -y las personas- para quienes es más difícil plegarse a esa falsa abstracción de la «normalidad».
-Hay tópicos que atraviesan los cuentos. ¿Los fuiste encontrando a medida que los escribías o fueron planificados?
-Las historias siempre aparecen mientras las estoy escribiendo. Es algo que se despliega ahí, en esa fe rara de que algo va a aparecer. Ese algo nunca es un «tema» o un «tópico». Es una escena, un sonido, una frase que trae dentro una historia. Creo que es lo que más me gusta de escribir: no saber adónde voy, andar un poco a la deriva.
-Esta es una opinión: cada cuento es subrayable a la enésima potencia. Hay un registro poético muy tuyo, que atraviesa también la prosa de tus novelas. Más allá de toda obviedad: ¿cómo fue trabajar ese estilo en el género cuento frente a las novelas publicadas anteriormente?
-Te agradezco mucho lo que decís. Como lectora, espero que un cierto registro poético -un cierto uso del lenguaje- aparezca siempre, no importa de qué género se trate. Pienso en algunos libros de divulgación científica, por ejemplo, que también recurren al registro poético. A veces ese registro no está tan a la vista como para poder subrayar una frase y decir «aquí está». Pero se siente, está entre las palabras, en una música que uno va oyendo aunque no la pueda reproducir. Supongo que en el momento de la escritura eso que me gusta encontrar en los libros que leo también busca su lugar en lo que escribo, sin importar si es un ensayo, una novela o un cuento.
-Hay cierto arrastre, también, del género negro propio de tus novelas: el suspenso, el misterio que se revela y no, la violencia latente.
-Quizás eso aparezca en todo lo que escribo. Son cosas que me interesan mucho, también por fuera de la literatura. El misterio es donde trato de poner el ojo cada día. Y la violencia irrumpe todo el tiempo, como algo que nunca descansa y nos acecha.
-¿A qué se debe qué cada cuento contenga una sola palabra como título?
-En principio no fue deliberado. A veces uno pone un título provisorio. Simplemente como una marca. Y piensa que después eso va a cambiar. Aquí fueron quedando. Como si esa expresión mínima también dijera algo. Casi como la plomada en una caña de pescar: debe pesar lo suficiente para que la carnada llegue al lugar previsto pero no tanto como para hundir la boya.
-¿Seguís ejerciendo la docencia, a qué cosas te dedicas por estos días por fuera de la escritura misma?
-La escritura siempre está hecha del tiempo que uno puede robarle al trabajo que paga las cuentas. Creo que casi todos los que nos dedicamos a esto lo vivimos así. Tengo la suerte de que ahora todos mis trabajos son en relación a los libros. Doy talleres de lectura y de escritura, trabajo en clínicas acompañando los procesos de escritura de otras personas, hago lecturas. Esa fortuna: todo tiene que ver con los libros.
-Yendo más al contexto: ¿cómo ves el presente de la industria editorial, el estado del campo literario -y de la cultura en general-, y al país en general?
-Son varias preguntas en una, aunque todo esté relacionado. En relación al país, la situación que vivimos es casi inverosímil. Si fuera una ficción, sería demasiado. Es pesadillesco, grotesco, brutal. Creo que incluso habría que buscar nuevas palabras para nombrar este escenario del desastre, la violencia, el despojo y la crueldad. El presente de la industria editorial es muy muy complicado. Creo que todos lo sabemos. En este contexto todo lo que podamos hacer, suma. Para los editores es cada vez más difícil publicar libros. En un contexto de pobreza y recesión, para los libreros también es un esfuerzo sostener la infraestructura necesaria de las librerías. Creo que todos los involucrados en la industria editorial en este momento deberíamos pensar acciones para ayudarnos unos a otros. En relación al campo literario y a la cultura general el momento que vivimos es de mucha riqueza. Tratando de hacer cosas nuevas aún con todas las condiciones en contra. En épocas de crisis la vida cultural no sólo se vuelve más necesaria sino mucho más potente. En Córdoba se están haciendo muchas cosas, a pulmón, muy interesantes. Ojalá pronto tengamos condiciones más favorables (por ejemplo, un gobierno que no desprecie el arte, la cultura, la ciencia, la educación) para que todas estas cosas que están surgiendo puedan desplegarse.



