En su ley

Ocurrió un dieciséis de junio. A las doce y cuarenta ya era demasiado tarde para correr y resguardarse en la recova. Fueron abatidos como pájaros desprevenidos. Mutilados, heridos, tiesos, los cuerpos cayeron impúdicamente sobre la Plaza. Unos segundos antes caminaban ingenuos por las veredas, transitaban como cualquier otro jueves en autos o trolebuses. Trabajadores, niños que salían de los colegios como luciérnagas, canillitas, empleados con sus caras entumecidas por el frío. Algunos miraban hacia el cielo como quien espera un meteoro o una revelación. Las noticias de la mañana habían anunciado una demostración de vuelos de la Fuerza aérea. Los más informados hablaban de los aviones Gloster, comprados a Gran Bretaña hacía una década. Los vieron venir. Escucharon, tal vez con emoción, la potencia de los motores cada vez más próxima. Ahora casi todos miraban al cielo, muchos con una especie de orgullo. No habían imaginado vuelos tan rasantes.  De pronto, en aquel instante prístino, un estruendo, luego otro y otro… Los aviones descendieron lo suficiente como para lanzar su carga letal y retomaron altura. Los ataques se repetirían una y otra vez. En unos minutos ya todo era humareda y gritos. Desde los escombros, el brazo de un hombre se levantaba y caía. Más allá una pierna de mujer, inerte. En la calle, varios autos, un micro escolar y el trolebús repleto de pasajeros ardían en un fuego fatuo. Los aviones habían bombardeado la Plaza. Se estaba iniciando la masacre, el absurdo: hombres, mujeres y niños abatidos como blancos enemigos por aviones propios. Buena parte de edificios imponentes se desmoronaron como si fueran construcciones de arena. La Plaza, en su perplejidad, se cubrió hora tras hora de sangre, terror y muerte.

En un edificio cercano, Leyton miraba por la ventana. Desde allí tenía una visión lateral de la Plaza que ahora estaba cubierta por el humo de las explosiones y los derrumbes.  Desde las primeras bombas, sus compañeros de oficina habían entrado en pánico. ¡Por la escalera es más seguro! gritaban algunos. De pronto, empleados y jefes se apretujaron mientras bajaban bruscamente, empujados por la desesperación. Leyton, un hombre que rondaba los cuarenta, de nariz afilada y mentón saliente, se mantenía quieto en la ventana. No parecía escuchar las voces insistentes que lo llamaban, ¡vamos doctor, vamos! Nadie advirtió el brillo en sus pequeños ojos grises ni la sonrisa que ensanchaba su cara angulosa. Lo lograron, pensó, y apretó el puño en señal de victoria.

La mayor parte de su vida Leyton no había creído en nada, mucho menos en él mismo. Sin embargo, se sentía orgulloso de su apellido, de origen inglés. Ser un Leyton le había permitido algunos chispazos de arrogancia que impulsaron su sueño universitario. En verdad, soñaba con una chapa dorada: Doctor Frank Leyton, abogado. De a poco, la realidad, su realidad, se le presentó cruelmente diferente a la imaginada. Después de dos años en la universidad, no había rendido ningún examen.  Abandonó el sueño dorado y se empleó en una empresa de seguros en el sector legales.  Algunos compañeros lo llamaban doctor. Ese apelativo y la rutina de su trabajo calmaban una inquietud casi permanente. Su otro sueño, tener hijos varones para continuar el linaje, era remoto. Leyton se sentía atraído por mujeres desvalidas, marginales, pero le resultaba inadmisible que un Leyton fuera hijo de una mujer a quien en realidad despreciaba. 

Recibió la propuesta de un vecino, un hombre bien trazado. Lo invitó a participar de la reunión del Partido conservador para “hablar sobre política”. Leyton nunca había pensado en la política. Era algo que sucedía a su alrededor, en un mundo mucho más amplio que el de su pequeña vida cotidiana y le resultaba absolutamente ajeno. Sin embargo, siguió una intuición y el sábado llegó puntual a la reunión. Si bien Leyton no podía comprender lo que allí se discutía, estaba deslumbrado. Le impactó la convicción con la que debatían aquellos hombres. Retuvo una frase que mencionaba los aviones Gloster Meteor de fabricación británica. Leyton, oculto tras su apellido, sintió envidia y fascinación hacia quienes creían fervientemente en algo. Entonces ocurrió una especie de milagro: la vehemencia y el entusiasmo de los conservadores se hizo carne en él. Tuvo la sensación física, él que vivía por lo general ausente de su cuerpo, de convertirse en un hombre corpulento. A partir de entonces, participó de varias reuniones del partido. El tono de las disertaciones era cada vez más violento. Leyton empezó a sentirse parte de algo importante.    

Ahora mismo, mientras observaba la Plaza bombardeada reconoció que habían cumplido con su palabra: “hay que aniquilar este gobierno”, y La Libertadora había atacado. Le pareció que encauzaba un profundo rencor, que se liberaba de preguntas que lo atormentaban. Allí estaba, nítida, la respuesta. Si por sus venas corría sangre verdaderamente british, estaría del lado de sus antepasados, con el coraje de los colonizadores.

Hacía rato que no se escuchaba el asedio de los aviones. Leyton caminaba de un extremo al otro de la oficina. Sentía la adrenalina y la tensión como si él mismo hubiera piloteado un Gloster. En ese estado, un impulso lo arrojó hacia la Plaza. Se miró al espejo del ascensor y elevó su mentón saliente. 

Leyton no imaginó, no pudo imaginar, en qué se había transformado la Plaza disipada la humareda. Aniquilar al gobierno y el ataque a la Plaza eran en su mente nociones aún abstractas. Apenas caminó media cuadra cuando tuvo ante sus ojos un escenario caótico y sangriento. Las ambulancias recién llegaban; escuchó gritos, quejidos.  Pero fue cuando vio los cuerpos heridos, amputados, muertos, que Leyton pasó de la euforia a la desorientación. De pronto, los conservadores, los discursos enardecidos, con los que se había fusionado como un solo cuerpo, se evaporaron y tuvo un sentimiento de irrealidad. Caminaba con paso errático por la Plaza, cuando escuchó el gemido de una mujer. Fue un refugio en medio de su confusión interna y allí se quedó. En realidad, se encerró, como si hubiera levantado un muro alrededor de ese minúsculo espacio con ella. La mujer tenía una herida en el abdomen, la sangre se había deslizado hacia el costado del cuerpo. Por un instante Leyton se imaginó besándola. Se arrodilló junto a ella y le colocó su abrigo bajo la cabeza.  La mujer balbuceó algo que él, aunque casi pegó su oído a la boca de ella, no logró entender. Le dijo que buscaría ayuda. Cuando se puso de pie, el muro se desvaneció y Leyton quedó a la intemperie. Sólo entonces escuchó el ruido infernal. Ya era tarde. Un golpe fulminante, algo que venía del cielo impactó en su pecho y su cuerpo cayó lánguido sobre la mujer. Antes de hundirse en el silencio infinito supo quién era, siempre lo había sabido. Soy Leyton, murmuró. 

*“En su ley” fue publicado en la contratapa del diario Página 12 el 17 de junio de 2024.

Biografía

Ana Lanfranconi nació en Mar del Plata. Es escritora y psicoanalista. Entre los años 2003 y 2006 participó del taller literario de la editora y escritora Graciela Gliemmo. Obtuvo una mención por su cuento La cantante en el Concurso Interamericano de Cuentos organizado por Fundación Avon (2007) cuyo jurado estuvo integrado por: Luisa Valenzuela, Alejandra Laurencich y Hugo Beccacece. Desde el año 2016 a 2024 participó del taller literario del escritor Guillermo Martínez. En diciembre de 2016 su cuento Entre las sogas fue distinguido con el primer premio en el Concurso de Cuentos Manuel Mujica Láinez. En junio de 2023 Paradiso Ediciones publicó su libro de cuentos Entre las sogas.
Los que leyeron este relato, opinaron...

Conmovedor

Tal como me sucedió con otros relatos de la autora, me encontré con una prosa que describe con nitidez y elocuencia las facetas más oscuras de la mente humana. Al estar basada en un evento histórico tan nefasto y a la vez impactante, esta vívida narración inevitablemente cautivará a cualquier lector.

Agustín

Excelente relato

Una pluma impecable para dar cuenta de los hechos históricos ( poco recordados) . La escritora sabe construir un personaje que sostiene su esencia. Compromiso y buena escritura. Felicito a Ana Lanfranconi

Mirta

Lo ninguneado.

Soy hijo de testigos sobrevivientes de ese trágico acontecimiento, y sólo por eso creo que forma parte de nosotros, por haber estado en los relatos de la familia, pero no así del “resto de la familia”, de esa familia que conformamos con nuestros compatriotas. Es una parte de la “Patria Olvidada”;, es – a mi modesto entender – el mayor atentado terrorista de la historia Argentina, e incluso del mundo. El personaje del relato está excelentemente puesto, ese “medio pelo” del que hablara Jauretche, tan desubicado en la historia como en la propia vida, ese que se cree ocupar el lugar que no “le co – responde”, y no le “responde el otro” porque él, para “ese otro”, copetudo, terrateniente, conservador, elitista, clasista, rasista, directamente “no existe” y ese saber en lo profundo de su “no existencia” es lo que no lo deja “ser” y eso es lo que lo frustra, su no título de abogado, su anglofilia sepultada para siempre en la argentinidad, su falta de pensamiento situado … justo eso que tiene “el otro”, esos otros que ahora son asesinados en la Plaza y quizás solo ahí, en ese preciso momento es que le aparece su verdad brutal y descarnada, es un “otro cualquiera”, es para los que los ametrallan y bombardean “un cabecita, un negro, un peronista, un protagonista más, de lo que por décadas fue oculto, tapado. El Leyton, uno más de lo ninguneado.

David R. Kloster

Lúcido relato

Con limpia prosa, nos muestra al personaje por dentro y por fuera. Me quedé con ganas de haberlo conocido y conversar con él, quizás después de su final, incluso.

Alicia Osipovich.

Una ficción histórica exquisita

Excelente como la autora articula un hecho histórico con un relato de ficción.

Una narrativa atrapante y un final sorprendente, sello distintivo de la escritora Ana Lanfranconi.

Diego