(Capítulo de En el vientre de Levyathán)
Volvamos, entonces. Seguiré escribiéndolo todo, cada cosa; de ese modo no quedarán resquicios. Aún estoy en Bahía. Todavía trabajo en lo del viejo y concurro con alguna periodicidad a la editorial. Me había prometido, más de una vez, que a partir de un día cualquiera no volvería a pisar el bar; no volvería a ver sus mesas cubiertas con aquellos horribles manteles plásticos ni bebería más de sus alcoholes rancios. Sin embargo, me encuentro otra vez aquí. Una vez más, estoy acodado en la barra, como protegiendo con cariño la compañía de esa copa cargada de whisky o de mezcal. Quizás sea la última, me miento. A mi lado están Francisco Gillardi y Darío Fonseca. Francisco es profesor de historia, aunque trabaja en una oficina del Estado haciendo certificaciones, tomando reclamos y denuncias, y, la mayor parte del tiempo, perdiendo el tiempo. Así es como se refiere a su trabajo. -Voy, me siento y espero a que el tiempo pase- dice.- Lo que espero, es el momento de irme. Desde que llego. Cuando firmo la entrada, me meto en un paréntesis y espero a que el paréntesis se cierre. Hasta el día siguiente. Y mientras tanto, dejo que mi espíritu se horade pensando tonterías, cosas inútiles, inventos que nunca llegaré a realizar, revolcadas con mujeres que están fuera de mi alcance. O pensando en nada. Porque a veces, viejo, no pienso absolutamente nada. La oficina te va comiendo el cerebro, las neuronas se necrosan. Así que, eso que los filósofos o los psicólogos creen imposible, se vuelve un hecho: ¡Claro que se puede pensar en nada! Ya los quisiera ver a esos idiotas, trabajando en la administración pública durante un par de años. Nada de Oriente. Nada de tao. Para llegar al estado de iluminación de los monjes asiáticos no ha de seguirse ningún método de meditación o ayuno. El tao resulta de trabajar entre papeles, en la administración pública. Al principio uno se refugia en la fantasía, en la imaginación. Oleadas de ideas ridículas te invaden. Y es divertido. Los primeros meses, quiero decir. Pero algo después, esas mismas vías de escape se vuelven el infierno. No puedes abandonar la convicción de que es pura ilusión. ¡Engaño! ¡Como la vida misma! Entonces el cerebro se revela y se obstina en ya, ni siquiera, proporcionarte aquellas imágenes. Así que te quedas mirando la pared aceitosa, pintada de gris o de marrón, con la mente ciega, en un limbo, una pausa eterna-.
Así habla el profesor cuando se ha bebido un par de copas. Se sienta y habla. Y yo sencillamente lo escucho. Hasta que deviene el silencio. El profesor tiene un carácter manso, benevolente. Antes de que lo reasignaran en esa repartición, trabajaba como inspector de tránsito. Conoce “la calle”. Sin embargo, hay en él también, algo de aristocrático. Es una cosa que no puede definirse, pues no se limita a un gesto o a un signo, es algo menor, casi invisible. Quiero decir, se trata de un aspecto solapado, un modo de vibrar, la sutileza en los gestos, en definitiva, algo que está presente en cada actitud y que es sencillo reconocer en toda su persona: hay antecesores, recuerdos, linajes, argots familiares. Es alguien “con clase”.
Darío, en cambio, deja entrever en detalles nimios su origen de familia trabajadora. Sacrificio. Esfuerzo. Voluntad. Son términos que componen su vocabulario corriente. Darío es detective privado. Nunca nos explicó cómo devino en semejante profesión. Es curioso conocer a un detective privado en Bahía de la Asunción; tiene algo de ridículo, como lo tendría que alguien diga estar preparándose para ser astronauta en Santiago del Estero o La Rioja. Sin embargo, cuando describe los avatares de su actividad, uno no puede menos que sorprenderse. Lejos de lo que se esperaría o de lo que nos han enseñado las películas de Hollywood, la profesión de detective es muchas veces más aburrida de lo que uno esperaría. Y los trabajos, nada tienen de heroicos. Más bien son cosas dignas de comedia: los servicios solicitados por pequeños comerciantes que lo contratan para saber, a ciencia cierta, el tamaño de su cornudez; padres que piden investigar a madrastras infieles y a hijos traidores; hijos que inician investigaciones para descubrir las perfidias de sus progenitores; empleados que se preparan para enterrar a sus empleadores y buscan pruebas que sirvan a sus abogados para tramitar jugosas indemnizaciones; jefes que procuran, creando intrigas, hallar las justificaciones para despedir a sus subalternos sin pagarles un centavo. -Así es con todo, siempre igual- explica Darío.
Aquí, en la barra del bar, hablamos de nimiedades o nos mofamos. Y nos reímos. Nos mofamos y nos reímos, porque no nos tomamos demasiado en serio. Darío y el profesor no me toman en serio, ni yo a ellos. En este lugar, para ser honesto, nadie toma en serio a nadie. Creo que eso es lo mejor del asunto. Es algo que posibilita la embriaguez y es también, a su modo, una forma de sinceridad… A un costado, en una de las mesas, una chica se levanta, baila, se contornea. Mueve sus caderas, su pelvis y sus hombros. Los pechos empujan la colorida blusa. Darío y yo la observamos y sonreímos, dejando caer, rápido, nuestro aliento sobre la barra, adentro de los vasos. Los tipos que la rodean se enfervorizan, nos miran desafiantes, aplauden, canturrean. Las demás mujeres, tres chicas de unos veinticinco años, la observan y sus miradas revelan desprecio, rencor o tal vez una envidia tímida.
En este lugar, la decepción nunca es menor. Ni el aburrimiento. Podemos anticipar los movimientos. Creo que esa, es una de las pocas habilidades que desarrollamos los borrachos. Y es que la barra de un bar es una especie de observatorio antropológico. Mientras pienso en estas cuestiones, pido un bourbon. La bailarina revolea su cabellera y da grititos, se ríe. Es claro que está atenta, que procura percatarse de si es tenida en cuenta. Darío levanta el vaso y propone un brindis. Con desvergüenza dirigimos hacia ella nuestros ojos y así los mantenemos durante algún rato, mientras chocamos las copas. -Por las cacatúas- dice Darío. -Y por los cacahuates- agrega Francisco. -Y por los alcahuetes- corrijo yo. Algunos de los muchachos que han rodeado a la muchacha se encrespan, se levantan, nos hacen gestos sutiles de amenaza. Nos reímos.
Sabemos que todo terminará ahí. No habrá sexo, ni habrá peleas de gravedad. Todo será un desafío, una prueba. Y no nos interesa otra cosa, ni a nosotros ni a ellos. De seguro, en un rato, alguno de esos muchachos se acercará e intentará seducir a la chica. La criatura, luego de seguir con la comedia durante una hora o más, con un profundo gesto de desprecio, hará a un lado al cortejante para marcharse, finalmente, con algún otro; alguien de otra mesa, o uno de los nuevos mozos contratado por Porrúa. Los más borrachos gritarán groserías, harán gestos obscenos, quizás tiren alguna botella o se vomiten encima. Puede que alguno hasta intente probar su hombría, invitando a pelear a otro infeliz. O tal vez, sea la chica la que se vomite encima. Que sea una u otra cosa, cambiará muy poco del conjunto. Lo sabemos. Y no nos importa. Por eso podemos participar del embauque, hacer un guiño, reírnos, responder a algún insulto pero sin darle verdadera importancia. A veces, es a Darío al que le gusta abrir la cancha. Es su forma. Es bajo de estatura y menudo; y sus gestos suaves no permiten anticipar que sus músculos puedan adquirir la tonicidad y la velocidad del escorpión, cuando se apresta al pugilato. Cada tanto ocurre (como quizás hoy suceda) que se permite un convite, primero presumiendo con alguna chica, la que baila, por ejemplo, o cualquier otra. Ese será tan sólo el preámbulo; luego, procurará que lo provoquen. Y algún infeliz caerá en la trampa. El incauto empezará a mirarlo fijo, a hacerle muecas, pasará por un costado, le derramará el vaso de whisky. Antes de eso, Darío ya habrá ido al baño un par de veces y habrá vuelto tieso, listo para entablar el duelo. Un duelo que no pasará de una invitación amable, de su parte, para salir hasta la calle. Allí, después de abofetear al eunuco y de inmovilizarlo con un golpe en la tráquea o las rodillas, pasará a mostrarle su revólver calibre 38, ya sea enfundado dentro del chaleco, o poniéndole el cañón entre los ojos. Después, Darío lo invitará al acuerdo. Y el tipito, humillado, fingirá aceptar. Ya lo he dicho, nuestras peleas nunca son graves. Ambos hombres volverán a entrar. Darío pedirá su última copa, la beberá, nos hará un saludo y se irá a dormir. Y el hombrecito se quedará sentado y manso, junto a sus amigos, procurando pasar desapercibido durante lo que quede de la noche.
Pero hasta ahora, Darío no se ha retirado. Y no ha habido una escena de pugilato. Los muchachos del fondo gritan alguna que otra cosa, pero sin ánimo beligerante, no realmente. La chica continúa bailando, dejando ver sus hombros desnudos y mirándonos con algún descaro. El profesor y yo nos mantenemos ajenos, en silencio. Yo atiendo a mi vaso y reflexiono, observando el líquido ámbar y los hielos. Alguna vez leí que el fondo de un vaso es el espacio en el que, a cada cual, se le revela todo su pasado. Pero no quiero ponerme melancólico. Levanto mi cabeza. Junto a Francisco se ha sentado Erica, la novia de uno de los cocineros. Hablan de películas, creo que de comedias estadounidenses. Los escucho para distraerme e introduzco algún que otro bocadillo. Nada importante. También yo bailoteo, muestro el hombro, arrojo, a mi modo, miradas de conquistador. En lo profundo, sin embargo, soy consciente de que me tiene sin cuidado el resultado de esta clase de actos. Aquí todos nosotros somos conscientes, y a cada uno le importa igualmente un bledo, lo que pase o lo que deje de suceder; lo que pueda o no producir algún dicho o algún gesto cualquiera. Es una forma de suicidio existencial, de anosmia o decoloración moral. Por alguna razón, todos hemos terminado aquí, en este sucucho. Pero entre esos todos, solo algunos, sin embargo, llevamos el estigma. Se nos puede identificar fácilmente pues somos como un mobiliario más del lugar, como parte del paisaje. Los demás en cambio son, como decirlo… un mero artilugio decorativo, algo ajeno y prescindible; como la bailarina, por ejemplo, o los cuatro tipos que le hacen fiesta. O las otras muchachas que la miran con desprecio y rencor. ¡Y la vieja pintarrajeada que ocupa la mesa del fondo! Aunque no, tal vez, la vieja es más parecida a nosotros. También ella está derrotada. Y no derrotada de esto o de aquello, sino más bien derrotada de cualquier posibilidad, desde antes. Porque es así: no es que nos falte algo, no se trata de eso. Ninguno de los que estamos en este lugar, nos sentimos desahuciados por no haber alcanzado o por no haber llegado. Se trata más bien de una renuncia anterior, más primordial. Es el carácter mismo de inalcanzable; la angustia de saber que todo es mucho más vacuo de lo que la mayoría, los que habitan el mundo de afuera, quieren creer. Para cada uno de los que venimos a sentarnos en esta barra, hay una desilusión que es previa a cualquier intento. Se trata de una especie de hastío anticipado. Creo que así lo definiría Rosa. Cuando atendemos a una mujer de ojos tiernos y carnes trémulas, no podemos evitar pensar que es la cáscara de una anciana, probablemente resentida y envidiosa. Lo entendemos desde antes. Miramos nuestras copas y podemos adivinar, además de un pasado que es correr tras el viento, un futuro en exceso predecible.
-Debiesen comenzar por obligarnos, de niños, a leer el Eclesiastés- dijo, alguna noche, Horacio- Es el único capítulo bíblico que es indispensable leer. La muchacha de nalgas y pechos contorneados y vibrantes, se ha arrimado a Darío, quien le invita un trago. Aquí viene. Quizás en un rato, alguno se levante a pelear, o quizás más tarde, ellos copulen. Finalmente, puede que un accidente haga que se casen. O no. De cualquier forma el desamor triunfará. Es previsible. Basta mirar en derredor. -Hace falta la necedad de un burro, para convencerse de que a nosotros no va a ocurrirnos lo que ha ocurrido a la humanidad toda- ha dicho Francisco cierta vez -¿Acaso vemos amores que duren para siempre? ¿Acaso vemos a sapos transformarse en príncipes? Muy por el contrario, lo que sucede es siempre al revés: princesas que se vuelven brujas y príncipes que se convierten en gordos alcohólicos. Nosotros, en cambio, y me refiero a quienes habitamos cada noche esta barra- siguió diciendo- acometemos contra cualquier insinceridad. Nos mostramos como somos. O mejor aún: nos mostramos peor. Permitimos que nos adivinen, que cada quien nos vea como llegaremos a ser. El alcohol tiene, en este sentido, una cualidad inimitable. Posee el poder de deformar el rostro y enrojecer la piel, de secar los riñones y el hígado. Cada noche, uno puede verse envejecer en el espejo. Cada noche, podemos ver un indicio de lo que llegaremos a ser. En el mejor de los casos, puede que hasta nos vomitemos y caguemos encima. De este modo, conseguimos anticipar los momentos finales, esos en que nos pareceremos casi un calco de lo que en un comienzo fuimos, la última ceremonia, un pedazo de carne magullada, ningún pensamiento, solo el miedo primordial. Y la confusión. Eso mismo es lo que gana uno en una noche de borrachera. Eso mismo es lo que se nos representa cuando vemos al fantasma insidioso que procura engañarnos tras el hombro semidesnudo de una mujer que bailotea, entre las mesas, sea para entregarse o para no hacerlo. Y pienso que es por eso que no nos importa- ha dicho.
Nada significa, sin embargo, que no podamos sentirnos alguna vez, vulnerables o tristes. De hecho, la tristeza nos rodea y amamanta, nos vigila, se esconde en cada botella de esta barra; nos anuda en nuestros silencios y nos desintegra en cada una de las humoradas mediante las cuales expresamos nuestra negación, nuestra absoluta negación a hablar realmente en serio. Aquí nadie lo hace. Y es que sentimos que la mejor forma de “ennoblecer” nuestra condición, es descreer de lo que decimos y somos. No hallamos mejor forma de comunicarnos que intercalando bromas e ironías. O permaneciendo en silencio. Así lo hicimos cuando el hijo de Emanuel falleció, por ejemplo. Nos abrazamos. Cantamos. Contamos chistes. Y nos quedamos en silencio. Así es como nos gusta. O bien, eso es lo único que somos capaces de hacer. Eso y beber.