Jaime mi hermano mayor impuso orden en la casa. Sé hizo cargo de nosotras después de que papá nos abandonara de un día para el otro. Él quedó al mando. Empoderado supuestamente por su rol masculino. Tenía que dirigir a la tropa dañada, a las sobrevivientes desvalidas de aquella batalla inexplicable.
Él no demostraba sus sentimientos.
Mamá ocultaba su culpa diciéndonos que hubiera sido preferible su ausencia y no la de papá.
Yo era la que callaba todo. Solo escuchaba el zumbido de una mosca dentro de esas cuatro paredes peladas. La casa de los gritos se había convertido en un santuario silencioso y frio.
Mis padres peleaban por todo. Cada noche gritaban casi hasta la madrugada. Las contiendas terminaban con el llanto de mamá y el portazo de papá.
Hasta que el portazo fue uno final.
Después de aquel acontecimiento “inesperado”, mi hermano se convirtió en un ser extraño. Con sus lentes de aumento colgados de la nariz, con su flequillo lacio y largo que le cubría la mitad de la cara. Me daba miedo su mirada.
No nos escuchaba. Casi no nos hablaba. Se había transformado en un perfecto autista.
Le molestaba mi presencia. Mamá decía que yo era la fiel imagen de papá, que tenía sus mismos ojos, su perfil, hasta su carácter impredecible. Yo era la mimada de papá y creo que Jimmy me odiaba por eso.
Los días se hacían demasiado largos, las semanas eran eternas. Los meses interminables.
Había pasado casi un año desde la ausencia de papá. Jimmy lo buscaba por todos lados. Sin tener noticias.
Mamá decía que estaba confundida, que quería dejar de sufrir. Que preferiría caerse de este mundo. Yo no entendía demasiado sus palabras, pero si pude registrar los hechos. Apenas había cumplido mis quince años cuando comprendí el significado de esa maldita frase “Caerse del mundo”.
Mamá se quedó dormida sobre su cama con un frasco de pastillas vacío en una mano y la foto de papá en la otra. Había dejado una nota, en la que nos contaba el porqué de sus peleas constantes. En la carta decía que papá, mi adorado y cariñoso papá, tenía otra familia paralela con hijos y todo.
Quedamos destruidos, Jimmy, como lo llamaban y yo. Separadamente juntos.
Solo nos comunicábamos para las cosas imprescindibles. ¿Qué comemos hoy? O ¿Tenés que comprar leche? y nada más. Palabras vacías, tan vacías como nuestras vidas.
Jimmy era severo y malhumorado.
La casa estaba triste, hasta las moscas parecían detectar nuestras vibraciones negativas. El aire era cada día más irrespirable. A veces me preguntaba si sería por la suciedad que había en mi cuarto o en mi baño.
A ninguno de los dos se nos daba bien por los quehaceres domésticos.
Mi malestar pasaba por otro lado. Por el estómago. Comía y vomitaba. Ponía mis dos dedos, el índice y el medio bien adentro de la garganta y todo lo que apenas entraba salía en cuestión de segundos.
Comencé a pintar mis propios vómitos. Era algo nuevo, distinto. Atractivo.
Los granos de choclo caían enteros y sin masticar, Los trozos de carne más rojos que cuando entraron, las arvejas también, más verdes. Me fascinaban los colores, permanecían intactos.
Contado así tan crudamente suena asqueroso, pero a mí esas imágenes me producían placer.
La sensación de extirpar el dolor era maravillosa.
Los dos comenzamos a expulsar rencores, Jimmy tenía el cuerpo lleno de ronchas gigantes y rojas. Cada uno sacaba la porquería a su manera.
Era difícil que dos adolescentes procesaran tanto en tan poco tiempo.
La familia que nos quedaba nos hizo a un lado, la hermana de mamá argumentó que debía ocuparse de sus nietos y no tenía tiempo de visitarnos. La única tía de papá se murió y no supimos nada más de esa parte.
Las cuentas y los reclamos de pago no se hicieron esperar. Resbalaban como cometas por debajo de la puerta. La plata que mamá escondía en la lata de criollitas ya se estaba agotando. Los vecinos también protestaban por el olor a podrido que emanaba de nuestra puerta.
Una noche Jimmy también se fue sin avisar. Sin despedirse.
Me quedé sola. Toda mi casa se llenó de huecos y zumbidos.